20 marzo, 2014

Salamanca. Punto final

Por si no lo saben, en la vida a veces pasan cosas maravillosas. No es lo habitual, pero de repente, una recibe una llamada comunicándole que ha ganado un premio de investigación en su querida Salamanca, y después de años planeando viajes imposibles que nunca se llevan a cabo, de repente se ve plantada en medio de la Plaza Mayor. Debería escribir un post sobre reencuentros, olvidos, viejos rituales y la extraña sensación de llegar a un lugar que es y no es mío al mismo tiempo. Debería hablar de Anaya, de la universidad y del nunca volveré a ser joven que decía Gil de Biedma. Y debería dedicárselo a Lina, que me llevó a bailar. 
Afortunadamente, alguien ha expresado lo mismo mucho antes y mejor que yo:

Salamanca. Punto final

Aún es pronto, me digo,

para hablar de la muerte.
Y, sin embargo, el tono dorado
de esta plaza señala la escasa certidumbre
de las cosas.
Su inexistente voluntad de perdurar
en nosotros.
Aún es pronto y no obstante
me cuesta admitir que todo es nuevamente posible.
Apenas una simple certeza:
la de no ser capaz de reconocerse en lo vivido.

Miro lo que fui, aquí,

y el pasado tiene el mismo color
de los edificios,
la piel ocre de lo que se vivió alguna vez
y ya no puede regresar con la intensidad
de entonces.
Como ese esplendor en el que confié
y del que, ahora, nada queda.
Ni siquiera el saludo tardío
de los que me acompañaron en los soportales.

Observo este lugar y sé que fui él mismo,
fui su camino y su deriva,
fui sus autores: Hierro, Arlt, Valente,
todos los que vinieron por primera vez
a señalarme los límites del mundo.
También el límite de la ciudad.
Fui aquellas reproducciones que en Las Conchas
salían conmigo
y se desplegaban sobre alguna mesa,
en algún café de la zona.
En el Alcaraván, por ejemplo,
donde admiré a Magritte o a Hopper.
Ahora sé que todos escaparon a tiempo,
mucho antes que yo.
Su huida, una rápida y silenciosa cadencia
hacia delante.

Intuyo que ha pasado mucho tiempo, porque es ahora
cuando miro a la ciudad sin nostalgia.
Ahora que la observo ausente, con el temor
de reconocerla un territorio extraño.
El mismo temor que siento
al abandonar una calle del centro
y el mismo que producen sus paseos circulares.
Llegar a un lugar que juzgaba a mucha distancia
y encontrarlo de nuevo me infiere un temor a lo cercano.
Mi camino, desde entonces, se ajusta
a esa premisa: todo paseo tiene su propia frontera.
(El terreno se angosta y me deja solo
nuevamente).

Ya no vivo aquí y, si lo hiciera, nada sería
distinto en apariencia. Como esas casas
que conservan su fachada y guardan en su interior
los escombros de otras casas colindantes.
La maleza, los hierbajos, los despojos de toda una ciudad
en su función de naturaleza muerta.
Observo dentro y veo que mi vida
aquí fue igual: una suma de restos.
Paseos en los márgenes de Canalejas;
conversaciones en algún banco de Alamedilla;
encuentros fugaces sobre las escaleras de Anaya;
la vista imposible de un puerto,
intuido desde cualquier punto de la plaza del Oeste;
la militancia oscura y solitaria detrás de la Casa Lis,
buscando un reflejo que nunca llegó a sus ventanales;
las aguas detenidas del Tormes;
el frío nocturno al regresar de Plasencia.

Por eso, me digo ahora,
sería justo comenzar a hablar de la muerte.
Ha pasado el tiempo y ya va siendo hora
de nombrar las cosas en su medida exacta.
No fue el destino lo que me trajo aquí,
ni siquiera el azar el que me trae de vuelta.
Es, cuesta decirlo, la escasa memoria
de unos años que no consigo olvidar.
Porque nadie es capaz de olvidar la suma de muertes
por las que trascurre su vida.

Alex Chico, Dimensión de la frontera, Sevilla: Isla de la Siltolá, 2011. Reproducido con el amable permiso de su autor.