07 marzo, 2015

Yo también opino sobre Cincuenta sombras de Grey

Desde mi exilio búlgaro, mientras intento inculcar la lengua de Cervantes a los adolescentes patrios, he asistido a la explosión en Internet del furor y la indignación hacia Fifty Shades of Grey, basada, como ya sabrán ustedes, en el libro homónimo. De hecho, no veía yo desde Twilight tal explosión de odio hacia una película. Y yo me pregunto, si Hollywood ya nos tiene acostumbrados a sus producciones, no particularmente feministas, no particularmente nada, ¿por qué esta en concreto ha recabado legiones de haters, miles de parodias e incluso ha movilizado a las actrices porno?




Antes de nada, primera aclaración: no he leído el libro ni visto la película, pero como estoy lejos de mi patria me siento impelida a hacer algo tan español como opinar sin tener ni puta idea, porque, al fin y al cabo, para eso se tiene un blog. Segunda aclaración: mis intereses por el feminismo y los estudios de género me llevan a cometer actos absurdos, como hacer tesis doctorales, publicar artículos que nadie lee e interesarme por fenómenos de la cultura popular como el que nos ocupa. Tercera aclaración: yo siempre he sido más de Sacher Masoch, que ya inventó este tema en 1862, así como de los deliciosos casos clínicos que los médicos europeos del siglo XIX se empeñaban en narrar, alcanzando unos niveles de pornografía mucho más entretenidos.
Dicho esto, al grano que voy y expongo ya mi teoría, que en realidad no es mía y nos remite otra vez al siglo XIX:

las mujeres no saben leer

Ojo, que no lo digo yo. Lo dijo Flaubert cuando escribió Madame Bovary a mediados del XIX. ¿Mujeres y novelas románticas? ¡¡Cuidado!! Miren lo que pasa, las interpretan mal, confunden la ficción con la realidad, no entienden nada y luego todo son adulterios, ruinas económicas y suicidios por arsénico. Las mujeres, claro está, siempre han tenido fama de malas hermeneutas. También lo dijo Galdós, cuando escribió La desheredada en 1881: fíjense en esa pobre desgraciada de Isidora Rufete*, que ha leído mil y un folletines y, como Emma Bovary, ha pensado que eran la pura verdad y que ella era la hija pródiga de una aristócrata. Debido a esa nefasta actitud se ha acabado convirtiendo, ¡sorpresa! en una prostituta. También algo parecido insinuó otro insigne padre de la novela decimonónica, Leopoldo Alas, "Clarín", cuando puso a Ana Ozores, la protagonista de La Regenta, a leer a Fray Luis de León, Santa Teresa o San Juan de la Cruz: obviamente la pobre Ana no entendió nada, y a lo único que le condujeron sus edificantes lecturas fue a tirarse al guapo del pueblo, y a casi cepillarse paralelamente al cura del mismo pueblo. 
La lista de ejemplos podría ser muy larga y quizá, si han tenido el cuajo de leer hasta aquí, se estarán preguntando qué tiene esto que ver con el empotrador de Christian Grey. De hecho, con él no tiene que ver nada, pero sí mucho con las mujeres que lo ven como tal. Y es que el mundo cincuenta-sombras-de-Grey-es-una-mierda mantiene exactamente la misma premisa que los venerables escritores citados: las mujeres que ven dichas películas, que leen novelas románticas y que en general consumen ficción que entra de algún modo u otro bajo la compleja etiqueta de lo "femenino" se creen que sus lecturas son reales, que aparecerá un maromo a azotarlas, se las chuscará y luego las paseará en su jet privado... Ello conduce directamente a otra premisa que estoy hasta el chirri de oír: 

las mujeres consumen mierda cultural 

Evidentemente, como somos unas hermeneutas lamentables y no sabemos entender nada de lo que leemos, sólo nos gustan porquerías como las novelas románticas (sean del XX o del XIX), las películas de Sandra Bullock, Twilight y la cincuenta sombras de marras. Se trata de una asunción tan extendida que está incorporada casi siempre a la mayoría de parodias que he visto un Youtube. Alerta a partir del minuto 1.08:



La imagen no puede estar más clara. Sí, ya sé que es una parodia, que es humor y tal... pero estoy un poco hasta el moño del mismo humor de siempre, privilegiado, hecho por hombres occidentales y más previsible que una fecha de caducidad. Conste que esta visión de la mujer como idiota cultural es aplicada también, como ya señaló sesudamente la gran Rita Felski, al modo de relacionarse con la cultura de las clases bajas y en general, de las masas. Y es que, queridas y queridos, el ser un intelectual es lo que tiene: uno debe señalar a aquellos pobres desgraciados excluidos del selecto círculo de los que entienden a Joyce y decir, miren, aquí tenemos a la clase obrera, o a las mujeres, o a X alienado por la basura cultural que produce [inserte aquí su malo malísimo particular, normalmente Hollywood o la industria editorial].  Porque queremos una revolución, sí, pero ya si eso que la hagan los intelectuales, que la clase obrera no ha leído suficiente y ya no digamos las amas de casa, que si no acuérdate del 36, que ellas eran las que votaban a la derecha... ¿Eh, Pablo Iglesias?


¿Y qué dice el feminismo...?

Pues así, en general, el feminismo dice esto y todo lo contrario porque, a ver si nos vamos enterando, el feminismo no es un credo monolítico en el que todas quemamos nuestros sujetadores, enseñamos las tetas a lo Femen y nos dejamos crecer los pelos del sobaco. Aunque en cierto modo, aplaudimos a aquellas que lo hacen... y a aquellas que no. El feminismo, como el vello de mis axilas, no es uno, si no muchos y muy variables. Si eso ya lo buscan en la Wikipedia, que yo por dar clases magistrales suelo cobrar dinero. 
Sin embargo, he detectado cierta tendencia general en los feminismos cibernáuticos que sigo basada en poner a parir Cincuenta sombras de Grey, con pocas fisuras respecto a los discursos más habituales en torno a la alienación cultural, añadiendo en estos casos una visión en la que se afirma con alarmante unanimidad que tanto el libro como la película producen mujeres sumisas que reproducen los esquemas patriarcales de género. Incluso una revista que me parece un modelo bastante digno para aproximarse al feminismo como Píkara anunciaba el otro día por FB su intención de aproximarse al "fenómeno" de forma un poco más abierta, metiendo en mi opinión estrepitosamente la pata en el intento:**


¿Perdón? ¿Debo daros las gracias, hermanas, por no sacar el "feministómetro"? ¿Soy menos feminista porque no veo cine independiente? Honestamente, jartita estoy de que, precisamente desde una posición básicamente caracterizada por su maldita y constante revisión de las identidades, ahora resulte que para ser buena feminista haya que encajar en un perfil determinado. Lo siento amigas: no soy lesbiana (la mayoría del tiempo), ni me rapo el pelo, ni vegana, ni poliamorosa. Ni me gusta el cine alternativo por pesado y cansino y, es más, tengo una relación monógama con un varón blanco y, que me conste, heterosexual. Y estoy un poco hasta el coño de que el feminismo, en lugar de tender puentes de solidaridad, comprensión y celebración con todas esas mujeres que han disfrutado, se han tocado, han sido tocadas y han ido a la ferretería secretamente a comprarse una cuerda después de ver la película, las trate como a incultas catetas que no merecen entender un buen libro. ¿Ah, calla, eso no es lo que hacía el machirulismo de toda la vida?

concluyendo...

Dejen a las mujeres tranquilas: usted no es mejor, ni más feminista, por leer a Henry Miller (mucho más machista que las Sombras, por otra parte) en lugar de Harry Potter.

Las lectoras / espectadoras, no son tan imbéciles como usted cree: nadie que lea Macbeth se convierte en un maltratador por ello, premisa que sí se asume respecto a la cultura popular. 

El consumo, reapropiación e interpretación que realizan las fanses de Grey siempre será variable y complejo y no puede reducirse a un maniqueísmo dicotómico, bueno/malo; machista/feminista; alienante/transgresor.

Feministas: vamos a empezar a valorar el placer como parte intrínseca de cualquier ficción, y a empezar a mirar críticamente como el patriarcado contempla a las consumidoras de ficción. 

En resumen... dejen de tratar a las mujeres estúpidas.

Contenta me tienen. 


* Adivinen por qué mi gato se llama Isidoro. 
** Nada mal el artículo de María Castejón, una de las pocas voces críticas que me he encontrado por la red.

PD.: ¡Feliz casi ocho de marzo! Sigan luchando, por favor, que la batalla es larga.

25 diciembre, 2014

Felices fiestas





Como cada año, aprovecho para desearles 

Felices fiestas y un próspero 2015

Habida cuenta de la que está cayendo, les invito a seguir soñando por encima de sus posibilidades, y luego si eso ya veremos. 

Fuente imagen: Wellcome Images

19 junio, 2014

6 motivos para volverse un poco anglófilo

Por circunstancias de la vida, he pasado el último mes en Winterfell Leeds, una ciudad antiguamente industrial, hoy estudiantil, y fea de cojones, en el norte de Inglaterra. Lo normal en estos casos es poner a parir el horrendo clima, la grasienta comida y lo poco agraciados que son los hijos de la pérfida Albión. Felicidades, joven español, ya eres tan original como el resto de tus compatriotas que aspiran a servir cafés en Londres mientras ponen a parir un lugar que, a diferencia de la madre patria, les ofrece trabajo precario y posibilidades, no siempre reales, de aprender inglés. Allá tú con tu nivel medio y tu añoranza del sol y el jamón. Yo, por mi parte, voy a romper una lanza en favor de esta patria extraña en la que conducen al revés y han tenido el santo morro de desarrollar sin vergüenza ninguna un término como overseas para designar a todos aquellos seres que, incomprensiblemente, no viven en una maldita isla. Ahí van seis pedestres razones para ser un poco anglófilo. Que me perdonen los franceses, con lo que yo los quiero y la caña que les he metido en este blog. 

Sí, también inventaron lo del keep calm.

6. El curry 
Vale, la comida inglesa es una mierda, aunque esté harta de ver a un montón de españoles como moi-même comer fish and chips a dos carrillos y hartarse de hamburguesas cerdas en un pub, que por otro lado es uno de los mejores placeres de la vida. El espíritu imperialista de la Gran Bretaña, consecuencia de dos elementos clave para desarrollar un auténtico poder postcolonial, a saber, que el país es una mierda y ellos son una panda de ladrones, ha convertido las Islas en el paraíso de la comida que antaño preparaban únicamente en sus colonias. En un terreno relativamente pequeño y sin los molestos inconvenientes de ir a la India (hay indios, y la mayoría son pobres) cualquier puede ponerse las botas con toda clase de currys de cualquier parte del Indostán. Los hay para todos los gustos: vegetarianos, con carne, más o menos picantes y a precios más que razonables. Así que tú, gordo español, deja de dar por culo con el jamón y abraza las ventajas del postcolonialismo. 

5. La educación
Los españoles somos marchosos, fiesteros y abiertos de mente. O eso dicen las agencias de turismo que atraen a jóvenes británicos a emborracharse hasta el coma etílico todos los veranos en Barcelona. Lo que no dicen es que somos unos maleducados. Impresión que mis queridos franceses también comparten. Aquí no funciona el gritar, levantar la mano y exigir la cuenta. Ni el pegar codazos en el metro. Es verdad que pueden ser unos auténticos y gélidos cabrones, pero un inglés siempre te tratará con respecto, de dirá sorry, thank you, may I... aunque te esté apuñalando. Y ya saben ustedes lo importantes que considero yo las formas. 

4. Las colas
Curiosa costumbre de la que los catetos españoles tendemos a reírnos y que desespera a los británicos cuando vienen a comer paella congelada y a pagar un riñón por una sangría Don Simón a nuestro incomparable país. Olvídense de hacerse los listos en una barra de bar: los camareros controlan quién va primero, e incluso en un estado alcohólico, por otra parte habitual en un pub, a un inglés jamás se le ocurrirá colarse y pedir su doceava pinta antes que tú. Cosa muy de agradecer cuando dos cientas personas se agolpan en busca de alcohol en un espacio pequeño. 

3. El clima
Vale, el clima es una mierda, no hay discusión posible. El cielo suele ser gris, llueve y un español recién llegado no entiende la capa de superpoderes que protege a los ingleses y que les evita llevar paraguas. Hasta que un día hace viento, te jode el paraguas y empiezas a renovar todo tu vestuario pensando en lo prácticas que son las capuchas. Concedido. Pero también es cierto que los humanos, por el momento, no somos gremlins, y no pasa nada si nos mojamos, incluso después de la medianoche. Además, gracias a ese clima-de-mierda que tanto nos gusta criticar el verde predomina incluso en ciudades grises de cuerpo y espíritu como Leeds. Y a veces sale el sol, y entonces de repente todo adquiere un color nuevo y a uno se le ensanchece el alma un poquito, que diría Jebediah Springfield. 

2. Las inglesas visten como zorras son increíblemente horteras
Da igual que este sea el país del tweed. Las normas básicas de la armonía estética no rigen la psicología femina inglesa. Curioso, también, porque es sobre todo una cuestión que atañe sobre todo a las mujeres. A primera vista, la combinación de colores propia de un daltónico, el exceso de tacones, maquillaje y minifaldas que dejan poco a la imaginación puede suponer un shock para el español medio, víctima de un imperio Zara que provocó que en España pasásemos de vestir como una república soviética a parecer toda la misma dependienta de boutique con aspiraciones a emular el ñoño estilo de Sara Carbonero. Una vez superado el trauma visual, yo llegué a la conclusión de que era lo más liberador del mundo. Primero, porque a las inglesas les da igual pesar cuarenta que cien quilos: ellas lucirán cacha aunque estemos a cinco bajo cero. Segundo, porque cuando viví en París me sentía una vagabunda con sobrepeso cada vez que salía a unas calles plagas de Carlas Brunis en potencia, caracterizadas por la innegable elegancia francesa y la urgente necesidad de comerse un cocido. Aquí da absolutamente igual lo que me ponga: siempre voy mejor que ellas, y un poquito menos putón. Y a veces incluso las envidio por su infinita capacidad de desprecio a cualquier canon de belleza que suponga tapar un centímetro de piel de más. 

1. Las cervezas, los pubs y el poder empezar a beber a las cuatro de la tarde
En primer lugar, los ingleses beben como si no hubiera un mañana. Y empiezan a hacerlo muy pronto. También es verdad que los pubs cierran pronto, como a las 11, pero a esa hora uno ya está perfectamente borracho para poder haber olvidado todas las penas del día. De hecho, el alcoholismo es uno de los problemas más acuciantes del país, y creo que la esencia está precisamente en eso: en España no te puedes emborrachar un martes, porque empezando con suerte a beber a las 8 de la tarde, al día siguiente no hay manera de ser persona digna. Aquí, si uno se va a dormir toñado a las 10 de la noche, a las 8 de la mañana del día siguiente está como una rosa... y vuelta al pub al salir del trabajo. Además de beber más, beben mejor cerveza que nosotros: una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida ha sido descubrir la infinita variedad de ales que tiene cualquier pub: en cada lugar son distintas, cada pueblo o a veces incluso cada bar tiene sus propias variedades. Y todas suelen estar tremendas. Además, tienen menos graduación que las mierdas (léase especialmente Mahou y San Miguel) que bebemos habitualmente en España, por lo que una puede cascarse alegremente dos litros de cerveza y seguir manteniéndose de pie. God save the Queen*.


* Y no olviden que ellos inventaron el punk.  

20 marzo, 2014

Salamanca. Punto final

Por si no lo saben, en la vida a veces pasan cosas maravillosas. No es lo habitual, pero de repente, una recibe una llamada comunicándole que ha ganado un premio de investigación en su querida Salamanca, y después de años planeando viajes imposibles que nunca se llevan a cabo, de repente se ve plantada en medio de la Plaza Mayor. Debería escribir un post sobre reencuentros, olvidos, viejos rituales y la extraña sensación de llegar a un lugar que es y no es mío al mismo tiempo. Debería hablar de Anaya, de la universidad y del nunca volveré a ser joven que decía Gil de Biedma. Y debería dedicárselo a Lina, que me llevó a bailar. 
Afortunadamente, alguien ha expresado lo mismo mucho antes y mejor que yo:

Salamanca. Punto final

Aún es pronto, me digo,

para hablar de la muerte.
Y, sin embargo, el tono dorado
de esta plaza señala la escasa certidumbre
de las cosas.
Su inexistente voluntad de perdurar
en nosotros.
Aún es pronto y no obstante
me cuesta admitir que todo es nuevamente posible.
Apenas una simple certeza:
la de no ser capaz de reconocerse en lo vivido.

Miro lo que fui, aquí,

y el pasado tiene el mismo color
de los edificios,
la piel ocre de lo que se vivió alguna vez
y ya no puede regresar con la intensidad
de entonces.
Como ese esplendor en el que confié
y del que, ahora, nada queda.
Ni siquiera el saludo tardío
de los que me acompañaron en los soportales.

Observo este lugar y sé que fui él mismo,
fui su camino y su deriva,
fui sus autores: Hierro, Arlt, Valente,
todos los que vinieron por primera vez
a señalarme los límites del mundo.
También el límite de la ciudad.
Fui aquellas reproducciones que en Las Conchas
salían conmigo
y se desplegaban sobre alguna mesa,
en algún café de la zona.
En el Alcaraván, por ejemplo,
donde admiré a Magritte o a Hopper.
Ahora sé que todos escaparon a tiempo,
mucho antes que yo.
Su huida, una rápida y silenciosa cadencia
hacia delante.

Intuyo que ha pasado mucho tiempo, porque es ahora
cuando miro a la ciudad sin nostalgia.
Ahora que la observo ausente, con el temor
de reconocerla un territorio extraño.
El mismo temor que siento
al abandonar una calle del centro
y el mismo que producen sus paseos circulares.
Llegar a un lugar que juzgaba a mucha distancia
y encontrarlo de nuevo me infiere un temor a lo cercano.
Mi camino, desde entonces, se ajusta
a esa premisa: todo paseo tiene su propia frontera.
(El terreno se angosta y me deja solo
nuevamente).

Ya no vivo aquí y, si lo hiciera, nada sería
distinto en apariencia. Como esas casas
que conservan su fachada y guardan en su interior
los escombros de otras casas colindantes.
La maleza, los hierbajos, los despojos de toda una ciudad
en su función de naturaleza muerta.
Observo dentro y veo que mi vida
aquí fue igual: una suma de restos.
Paseos en los márgenes de Canalejas;
conversaciones en algún banco de Alamedilla;
encuentros fugaces sobre las escaleras de Anaya;
la vista imposible de un puerto,
intuido desde cualquier punto de la plaza del Oeste;
la militancia oscura y solitaria detrás de la Casa Lis,
buscando un reflejo que nunca llegó a sus ventanales;
las aguas detenidas del Tormes;
el frío nocturno al regresar de Plasencia.

Por eso, me digo ahora,
sería justo comenzar a hablar de la muerte.
Ha pasado el tiempo y ya va siendo hora
de nombrar las cosas en su medida exacta.
No fue el destino lo que me trajo aquí,
ni siquiera el azar el que me trae de vuelta.
Es, cuesta decirlo, la escasa memoria
de unos años que no consigo olvidar.
Porque nadie es capaz de olvidar la suma de muertes
por las que trascurre su vida.

Alex Chico, Dimensión de la frontera, Sevilla: Isla de la Siltolá, 2011. Reproducido con el amable permiso de su autor. 

11 enero, 2014

20 (y pico) libros que llevo en el alma

Ronda por Facebook estos días una cadena que reza lo siguiente:
Haz una lista con 10 libros que hayan permanecido contigo. No le eches mucho tiempo; no lo pienses mucho. No tienen por qué ser grandes obras, sólo obras que te hayan marcado. Etiqueta a otros a otras 20 personas, incluyéndome, para que pueda ver tu lista.
A pesar de que me he pasado demasiadas horas de mi vida hablando y leyendo cosas en contra de los cánones y de las listas de títulos literarios, cuando me etiquetaron a mí en la dichosa cadena no pude evitar ponerme a pensar en cómo sería mi lista. Sin embargo, es algo que me da mucha pereza hacer vía Facebook, porque me aburre ensuciar muros ajenos con mis monomanías literarias. Por ello lo voy a hacer aquí, donde además tengo mucho más espacio para divagar sobre ello. Además, diez me parecían muy pocos, y yo no tengo el talento de la síntesis.
Que conste que es sólo una lista personal, subjetiva y tremendamente sujeta a variaciones y cambios temporales, que quiere dar cuenta, de forma muy vaga y aproximada, de veinte libros y algunos más que me han marcado lo suficiente para llevarlos, ya no en el alma, si no en el cuerpo. El orden es un poco azaroso, porque me parece una chorrada soberana pensar en la necesidad de una jerarquía. Espero que disfruten, y nunca olviden mi consejo: jamás tengan sexo con alguien que no tiene libros. 

20. George Martin, la saga de Canción de hielo y fuego
Nadie que haya leído la saga de Martin ha podido seguir con su vida igual que antes. No sólo por los personajes y una trama folletinesca que es imposible abandonar, pero sobre todo porque en estos libros todo lo que se ama tiende a morir, dejándonos a nosotros, pobres lectores, sumidos en la más lamentable de las miserias. Un apunte: viví la muerte de Ned y la Boda Roja en el tren y la gente me miraba raro.

19. Sir Terry Pratchett, en general todas la saga sobre Mundodisco, pero destacaría aquellas centrada en las brujas y en especial Brujerías y Brujas de viaje.
En realidad, esta lista podría muy bien estar formada únicamente por libros de Mundodisco y seguramente sería mucho mejor. Haciendo un sublime esfuerzo de contención (que me perdone la saga de la Guardia, que me ha hecho llorar y reír a partes iguales), he seleccionado dos de mis preferidos sobre las brujas. Básicamente, porque gracias a ellas he aprendido que si hay algo peligroso en un bosque ese oscuro, ese algo debo ser yo.

18. Carmen Martín Gaite, Nubosidad variable
Aquí he hecho otro esfuerzo de contención por no poner media bibliografía de la autora, pero la historia de amistad entre Sofía y Mariana, la presencia de un duende de las palabras llamado Noc y la estructura en torno al género epistolar, que es un modo de escritura al que le tengo particular cariño, hicieron que esta novela me llegara al alma hace años y me acompañara durante mucho tiempo, hasta hoy. 

17. Jaime Gil de Biedma, Las personas del verbo
Aunque la poesía nunca me ha tirado especialmente, en parte porque casi todos los poetas me caen mal, Jaime Gil de Biedma es una excepción forzada, porque nadie ha narrado cómo él lo que es contemplarse ante el espejo después de una noche toledana, justo en ese momento en que una empieza a pensar que ya está mayor para estas cosas.

16. Luis García Montero, Habitaciones separadas
Sí, dadme poesía de la experiencia, de esa que entiendo, y dejadme de chorradas. Este libro de García Montero me apasiona porque hace muchos años, alguien muy listo y muy brillante me brindó uno de los primeros acercamientos a la literatura comparada con sus poemas. Y muchos años después, yo lo seguí usando con mis alumnos, desde el otro lado de la barrera. Además, Luis García Montero le dio el nombre a este blog. Y pienso en este poema cada vez que me subo en un avión. Y porque lo leíamos en voz alta, en el suelo de mi habitación de Salamanca, después de bebernos una botella de vino. 

15. Michel Foucault, Historia de la sexualidadVigilar y Castigar, El nacimiento de la clínica
Hago trampa deliberadamente, porque de Foucault es imposible poner un solo libro. No son novelas, son ensayos, y poco ligeros en la mayoría de los casos. Evidentemente, a Foucault lo he leído por culpa de la vida académica y de la manía de hacer una tesis. Pero me ha servido para mucho más que para hacerme doctora, ya que, básicamente, me ha servido para comprender el mundo en el que vivo. Y no hay más que hablar. 

14. Judith Butler, Deshacer el géneroEl género en disputa
Caso parecido al de Foucault: resulta que hacer una tesis no sólo sirve únicamente para quedarse en paro, sino que a veces es útil para comprender aquello que nos rodea. No es lectura fácil, ni sencilla, pero en el mundo académico -y en el mundo en general- los estudios de género son muy útiles para detectar el nivel de imbéciles misóginos que nos rodean. Problema: sacaréis la motosierra mucho más a menudo después de leer a la Butler.

13. Charlotte Brönte, Jane Eyre
Porque todo el mundo debería poner al menos a una escritora victoriana en su vida, y las hermanas Brönte son lo más. Y porque lloré al leerla y nadie me cree cuando lo digo.

12. Octave Mirbeau, Le jardin des supplices
Si la Brönte me hizo llorar, Mirbeau casi me hace vomitar. Conviene decir que las novelas no sólo se llevan en el alma, si no que también puede llevarse en el cuerpo, y una que me hizo sentirme físicamente mal merecía el honor de estar en esta lista. Publicada en 1899, es un clásico de la literatura francesa de fin de siglo protagonizada, básicamente, por una loca a la que le encanta ver carne y vísceras en todo su esplendor. Nueva demostración de que Cronenberg y el cine de la nueva carne no se inventaron nada nuevo.

11. Gabriel Miró, Las cerezas del cementerio 
Publicada en 1910, encaja perfectamente en lo que yo llamaría una "novela preciosa": porque hay un adulterio del cual su protagonista sale como si nada y está escrita de forma maravillosa. Además, Miró sabía muy bien que los personajes que maltrataban bichos tenían algo malo en el alma. Y porque en realidad le pertenece mucho más a alguien que ha sido imprescindible en mi vida académica, y que sabe más que nadie de Miró. 

10. Benito Pérez Galdós, Tormento y La de Bringas
De nuevo, adulterios y amancebamientos sin fin. He leído tanto a Galdós y sobre Galdós que tenía que estar en la lista, pero el mundo del galdosismo es básicamente un infierno. Claro ejemplo de cómo la academia se puede cargar a un gran autor. 

09. Benito Pérez Galdós, La desheredada
De nuevo, una novela que en la carrera me tuve que leer tres veces, debido a la consistencia de los planes docentes universitarios. Debía aparecer aquí por pura insistencia. Además, la protagonista es una prostituta. 

08. Cervantes, El Quijote
Después de tantos años hablando sobre el canon y desmontando el concepto de clásico de la literatura, incluir en esta lista a Cervantes me haría merecedora del oprobio generalizado. Pero qué quieren, estudié Filología Hispánica. Y básicamente, la novela me recuerda a los profesores maravillosos que me hablaron de ella. A Alberto Blecua, que paraba la clase para salir a fumar. A Lina Rodríguez, que me enseñó que lo importante era la actitud ante la vida que se podía leer en ella, porque básicamente en El Quijote se puede proyectar cualquier cosa, y Lina proyectaba su carácter, y eso también era adorable, y además yo era más joven y menos pesimista. Incluso a Carme Riera, que además de darnos mucho miedo, también enseñaba de miedo. Además, también hay prostitutas, aunque menos que en las novelas del XIX.

07. Almudena Grandes, Modelos de mujer
Fue uno de los primeros libros "de mayores" que recuerdo leer, debía tener doce o trece años, y lo que hoy cultivo como exquisita misantropía de la cual me enorgullezco era en aquel entonces inseguridad y timidez preadolescente. Encontrar un libro de relatos (que le robé a mi madre) en el que aparecieran un montón de figuras femeninas perdedoras como yo misma me hizo seguir confiando más en la literatura que en los humanos. Y así me ha ido.

06. Emile Zola, Nana 
Sale otra prostituta. Y no se puede hablar de putas del siglo XIX (que ya ven que es un tema que me atrae) sin mencionar esta novela. A pesar de lo que digan, mi querido Emile es mucho más divertido que Galdós y que Clarín, básicamente porque es mucho más pervertido. ¿Quieren saber por qué? Lean esta novela.

05. Joris K. Huysmans, À rebours
La primera vez que la leí me pareció un coñazo soberano. Gracias a dios tuve el tino suficiente de no mencionárselo a mi directora de tesis, que me hubiera arrojado al arroyo. Me callé, seguí trabajando, y pronto descubrí la suprema verdad: esta novela es uno de los mejores textos escritos durante el fin de siglo, sin la cual no se puede entender nada de nada. Además, todos llevamos a un pequeño Des Esseintes en el alma que quiere encerrarse en casa, cubrirse de joyas y beber absenta.

04. José María Llanas Aguilaniedo, Del jardín del amor
Con Esther Tusquets aprendí que existían lesbianas en la literatura. Con Marguerite Radcliffe Hall descubrí que existían lesbianas inglesas vintage. Y con esta descubrí que la literatura española no tenía nada que envidiar a los cabritish. Prometo que un día le dedicaré a mi querido Llanas Aguilaniedo un post como dios manda. Se trata de un escritor muy desconocido, también del fin de siglo, que escribió tres novelas maravillosas y con el que mi tía March y yo estamos un pelín obsesionadas. Además, esta novela, que se publicó en 1902, está protagonizada por la que en mi opinión es una de las lesbianas más interesantes de la literatura española.

03. Emilia Pardo Bazán, Dulce dueño
Esta novela es la prueba palpable de una de las mayores mentiras que cuentan los libros de historia de la literatura española, según los cuales Emilia Pardo Bazán era una escritora naturalista. No, no, no... y te lo certifico. No hay prostitutas, pero hay misticismo, locura, sedas y joyas a raudales. Razones de peso. 

02. Leopoldo Alas, "Clarín", La Regenta
Vetusta, la capital provinciana en la que se enmarca esta novela, siempre me ha parecido un trasunto de Terrassa. A primera vista en esta novela parece que no pasa nada. Y a segunda, una comprueba que, efectivamente, no pasa nada, más allá del enésimo adulterio. Y esa es una de las novelas mejor escritas de la literatura española. En serio, léanla y sabrán qué se siente los días de lluvia. Y de igual modo que en el caso de Galdós, eviten la gran mayoría de estudios críticos sobre Clarín, siempre y cuando no sean de Sergio Beser. 

01. Gustave Flaubert, Madame Bovary
A pesar de que Flaubert dijo aquello de Madame Bovary c'est moi, lo cierto es que estaba equivocado: Madame Bovary es, sobre todo, de las mujeres. Leerla permite entender la mayoría de tópicos en torno a la feminidad relacionados con el consumo, la lectura, la locura y el matrimonio. Todos odian a Emma Bovary, pero yo la adoro, porque me dirán ustedes qué hubieran hecho casadas con un paleto y confinadas el resto de sus días en un pueblucho de la Francia profunda. Obviamente, dilapidar una fortuna, cometer numerosos adulterios y terminar suicidándose con arsénico. Eso es ser una señora. 

24 diciembre, 2013

Felices fiestas


Como cada año, servidora les desea unas felices fiestas y próspero 2014, en esta ocasión patrocinadas por la alegría erótico festiva de la revista Vida Galante (1898-195). Sobre todo, en lo que se refiere a terminar estos días cual las muchachas de vida alegre que ilustran esta imagen. 


Portada de Vida Galante, 24 de diciembre de 1889. Aunque el texto no va firmado, me juego una mano a que pertenece a mi querido Eduardo Zamacois.

Transcripción del texto: 

NOCHEBUENA
Apuradas las heces del deleite, él se quedó dormido con los brazos apoyados en la mesa, mientras una joven, con el rostro desfigurado por los amagos de la borrachera y descubiertas las morbideces del seno tentador, le bautiza vaciándole sobre la cabeza una botella de champagne: sentada en el suelo aparece otra mujer, con los brazos caídos, la ardiente boca entreabierta, los ojos fijos: allá, en el fondo, se dibuja la silueta de un hombre que se apoya en la pared luchando contra el mareo: debajo de la mesa se ven dos piernas femeninas... Aquello parece el rincón más secreto del manicomio...
La Nochebuena se viene,
La Nochebuena se va....
¡Excelsior, voto a Dios! Gocemos, puesto que la sangre moza reclama un puesto en el banquete de la bacanal humana y el Almanaque también prescribe la alegría; demos de lado los torcedores recuerdos del ayer, levantemos la copa bienhechora del contento para brindar por el porvenir, por las esperanzas vírgenes, por todo lo que aparece engalanado con los orientalescos hechizos de la promesa... y celebremos con una carcajada la muerte del año que está agonizando. ¡Ha llegado el momento solemne de reír! No son únicamente los hijos que viven al amparo de sus padres y los burgueses mimados por la fortuna, para quienes la existencia es como jardín amenísimo plantío ubérrimo de bienandanzas o lago sin tempestades ni peligros, los únicos que tienen  derecho a celebrar la Nochebuena... También los desheredados de la suerte, los que cruzan el mundo el mundo zarandeados por los furiosos vaivenes del vendaval de la vida, los bohemios, sin patria, sin hijos y sin hogar, tienen su Nochebuena.
¿Por qué no? Somos cosmopolitas y en nuestra patria no se pone el sol; el hogar se improvisa; el cariño de los hijos, la ausencia de los padres, se remedian con el amor de la mujer... Con abrazos que enardecen la sangre, con besos que escandecen los labios, con apasionados juramentos que enloquecen el cerebro y acicatan el corazón con oleadas de fe... La mujer es nuestra redentora: la mujer que canta y ríe y aturde sujetándonos la cabeza entre sus manos para impedirnos mirar hacia atrás; y si la mujer no basta, sumemos a los deleites de la pasión los places de la mesa y bauticemos el amor con vino... ¡Segador celestial de los recuerdos!
¡Ande, ande, andela marimorena!
¡Ande, ande, ande que hoy es Nochebuena! 

05 diciembre, 2013

Divas olvidadas: Dalida




Para Julia, que me trajo París a casa y me hizo de traductrice.


On a dit de moi que certains soir
je joue Sarah Benhardt 
C'est vrai, c'est vrai.

Dalida, "Comme disait Mistinguett"


A veces hay historias y voces que nos atrapan, convirtiéndose en monomanías que pueden durar unos días, unos meses o toda una vida. No, no estoy hablando de la tesis: a la tesis la enganché yo después de muchas lecturas bibliográficas tediosas. No hay magia en hacer un doctorado, niños. Me refiero a otra clase de atracciones, que hacen que nos enamoremos de un personaje novelesco, de un espacio, de una canción o de una voz. Podría hablar de muchos personajes literarios que me han vuelto loca estos últimos años tesísticos, pero estoy cansada de la vida académica y sus sinsabores. 
Hoy prefiero darle vueltas a un personaje que mencioné en mi antepenúltimo post, y que me parece tan desconcertante como fascinante: me refiero a Dalida, una de las damas de la canción francesa, algo que tiene todavía más mérito si pensamos que nació en Egipto, era de origen italiano, y recordamos cómo se las gastan los franceses con su chovinismo exacerbado. Voy a resumir cuatro datos biográficos que están en cualquier Wikipedia de tres al cuarto: nacida en El Cairo en 1933 con el nombre de Iolanda Cristina Gigliotti cuando Egipto estaba bajo dominación británica, llega a ser Miss Egipto antes de mudarse a París y triunfar en el mundo de la canción. Aprovechándose de que la canción italiana estaba de moda y vendiéndole a los franceses lo que pedían -exotismo mediterráneo-, vende más discos que nadie, y durante las décadas siguientes se va reciclando musicalmente, pasando por el pop, el twist y llegando a convertirse en reina de la música disco de los setenta y ochenta. Diva trágica por excelencia: tres de sus principales amantes se suicidan, y ella hace lo mismo en 1987, dejando una de las notas de suicidio más famosas de la historia cultural francesa: Pardonnez-moi, la vie m'est insupportable. 
Dicho esto, que cualquiera con capacidad psicomotriz para teclear puede encontrar en Google, conviene ir a la pregunta fundamental: ¿por qué me encanta Dalida? Y en consecuencia, ¿por qué ustedes deberían amarla con igual fervor? La respuesta es sencilla: porque Dalida es la diva pop por excelencia antes que Madonna y Lady Gaga hiciesen de las suyas. Me explicaré: ya he hablado en algún momento de las celebrities decimonónicas, del uso que hacen ciertas mujeres para crearse un personaje público y excéntrico amado por las masas, algo que las divas pop de hoy en día tienen también muy claro. El feminismo más tradicional usa estos asuntos para hablar de cómo la mujer se convierte en un mero cuerpo objeto y chorradas parecidas. Sin embargo, en ese proceso es la mujer quien negocia su imagen en el espacio público, y que me conste a mí, suele hacerlo en favor de un beneficio propio que le reporta dinero, fama y habitualmente numerosos amantes. Y si creen que convertirse en un producto o icono de la música y la cultura popular es fácil y responde a grandes planes prediseñados por mentes malignas de la industria musical, pregúntense dónde están todos los componentes de todas las ediciones de la Voz de cualquier país en los últimos años. Y luego váyanse al CCCB con sus amigos postmodernos y no me toquen los ovarios.  
Yo, que soy poco moderna pero entiendo muy bien la modernidad, no prescindiría de los pingües beneficios (económicos, profesionales y libidinales) que puede suponer construirse una identidad pública suficientemente atrayente, que es exactamente lo que hizo Dalida: aprovecharse de forma magistral de las corrientes musicales y las modas de cada época y reciclarse hasta límites insospechados cada vez que había un cambio de rumbo en la cultura pop del momento. Tuvo tanto éxito que en 1981 tuvieron que inventar  la categoría de Disco de Diamante sólo para ella, debido a los millones de vinilos que llegó a vender. 
Cómo sé que una imagen vale más que mil palabras (aunque es mentira), no me crean a mí, crean a Youtube, que patrocina el breve repaso que les voy a ofrecer por la versatilidad de esta fascinante señora:

Años 50' y 60'

El rollo italiano de Sophia Loren, Gina Lollobrigida y Claudia Cardinale triunfa en toda Europa, y Francia busca con desesperación a su propia diva mediterránea, pero que cante en francés, que al fin y al cabo no es cosa de ponerse a aprender idiomas. Dalida lo sabe, y les ofrece pura morenez mediterránea cantando en francés, con un acento italiano que juraría estuvo impostando el resto de su vida. 





Sin embargo la moda italiana termina pronto: a Édith Piaff sólo le faltó morirse en 1963 para terminar de convertirse en un mito de la canción francesa que les recordó a los franceses lo mucho que les gustaba mirarse el ombligo. Paralelamente, en los sesenta llegan, además de los Beatles, la moda del twist. La minifalda y las legiones de jovenzanas meneando caderas tenían poco que ver con el estilo de canción y diva que Dalida se había construido. Entre tanto, Dalida se había casado con su descubridor y dicen que también Pigmalión, Lucien Morisse, al que abandona a los pocos meses para irse con un pintor jovenzano: Morisse era director de Radio Europe 1, y por lo visto pone a Dios por testigo de que a Dalida no se la va a volver a escuchar en ninguna emisora de radio sobre la faz de la tierra. El diagnóstico está claro: todo el mundo asume que Dalida está acabada. Pero estamos hablando de una señora que, antes del mayo del 68, se atreve públicamente a dejar a su marido y largarse con mozo más apuesto. Así que, ni corta ni perezosa, se planta dos coletas y lanza un single que no tenía nada que ver con lo que hacía hasta ese momento.




Haría muchas canciones de este estilo, como ésta y ésta. Pero entre tanto le pasaban cosas que, inevitablemente saltaban a los medios e iban construyendo un personaje público que se iba a caracterizar por un sino trágico que, extraño en un personaje femenino, no iba acompañado de una retórica victimista, sino todo lo contrario: a cada mierda que le pasa, de las cuales haré un resumen rápido, reaparece más empoderada. De sobra conocida es el suicidio de Luigi Tenco, que se pegó un tiro después de quedar eliminado en el Festival de San Remo (aprended Eurovisión) en 1967, el suicidio de su primer marido Lucien Morisse en 1970 y finalmente en 1983 otra vez el suicidio del plomo de Richard Chanfray, su pareja durante durante varios años en los setenta. Entre tanto, ella misma lleva a cabo un primer intento de suicidio con barbitúricos después de lo de Tenco, para después quedarse embarazada de un joven romano, abortar y quedar estéril por culpa de la operación, anécdota que se ha leído como el trasfondo de otra de sus canciones más famosas, Il venait d'avoir dix huit ans. Aunque en realidad la escritura de la letra y el chuscamiento con el mozo romano no tienen nada que ver ni en el tiempo ni en el espacio, la anécdota resulta muy indicativa del continuo entrelazamiento que hará Dalida entre su música, su personaje y lo mucho que le gusta un drama. 

Años 70'
Así, a partir de la crisis con Luigi Tenco y su primer intento de sucidio, reaparece teñida de rubio, vestida de blanco y habiendo leído a Freud, Jung y algún que otro gurú pasado de vueltas: la jovencita egipto-italiana que conquistó París se convierte en una intelectual cuya imagen de vulnerabilidad le permite volver a ocupar su lugar original de diva de la canción a lo Edith Piaff, pero sabiendo idiomas, palabras complejas y oraciones subordinadas. Y cantando cosas como ésta:


Yo que tengo una firme opinión en cuanto a que el teñirse de rubio tiende a quedarle mal a la gente, debo decir que Dalida es de los pocos personajes a los que el rubio les quedaba mejor que el moreno con el que quería pasar por italiana. De hecho, la melena rubia sería una de sus marcas personales durante el resto de su carrera (personal branding lo llaman ahora los modernos), con cierto nivel recurrente de encrespamiento que a mí me parece encantador y que hoy sería imposible de ver en televisión. Igual que su estrabismo: en el mundo en el que vivimos poblado de triunfitos en decadencia y chonis de Qué tiempo tan feliz, hoy es inimaginable que una chica estrábica se convierta en una celebrity. Pero Dalida lo consiguió... ¿por qué? Porque hace cincuenta años todo tenía más buen gusto y porque Dalida tenía personalidad suficiente para saber que una chica debe ser sensible, vulnerable y llorar mucho en la tele. Que nadie me malinterprete: dudo mucho que las apariciones de esta época fuesen mentira. Sencillamente, creo que descubrió muy rápido cómo producir un buen relato de una vida que no carecía de dramas, tragedias y putadas máximas. 
Van pasando los setenta, y Dalida se posiciona como un referente pop de la música francesa: con la exhibición de su renacer físico e intelectual, vestida de blanco y vendiendo la melena rubia (a ver quién triunfa hoy con el pelo encrespado) como rasgo característico, cosecha millones de francos (esa moneda que tenían los franceses mucho más glamourosa que el euro), giras por todo el mundo, apariciones televisivas y un reconocimiento unánime que pocos personajes públicos han llegado a alcanzar.
Sin embargo, los setenta van pasando, y en pésimo anuncio de las décadas siguientes, el mal gusto empieza a invadir la moda, la cultura pop y el mundo en general: la música disco empieza a sonar y Dalida no se queda corta. Por los mismos años en que triunfan los Village People, ella saca, en 1979, la célebre Laissez-moi danser (la graba en tres idiomas a la vez: español, francés, inglés, para tocar todos los mercados), junto con un montón de versiones disco de sus grandes éxitos que la mantienen en el estrellato y la reconvierten en una nueva diva gay de los ochenta, en parte por la dudosa heterosexualidad de su cuerpo de baile, en parte porque se manifestó públicamente a favor de la lucha contra el SIDA, en tiempos y contexto en los que nuestros vecinos franceses eran todavía más rancios que hoy en día con estos temas.



Años 80': epílogos y narrativas de decadencia
Como buena relatora de su propia persona, Dalida sabía que toda historia tiene un final, y que ella, como mujer que pasaba de los cuarenta, debía plantearse otro tipo de identidad: vuelve a hacer cine (no había hecho películas desde sus años en Egipto), y contra todo pronóstico es aclamada por la crítica en la película Le sixième jour, dirigida por el egipcio Youssef Crahine en 1986 (un año antes del suicidio de la cantante). Resulta significativo que sus declaraciones más famosas sobre la película sean aquéllas en las que dice lo bien que se sintió dejando de ser Dalida
De hecho, su suicidio me parece una de las muertes menos imprevistas de la historia de la música. Ya he mencionado su capacidad para convertirse en un productora magistral de su propia persona pública, y creo que su muerte no puede desligarse de una mitología creada por ella misma. Si echamos un vistazo a los títulos de sus canciones en los ochenta, no queda mucho espacio para la ambigüedad: Fini la comédie, Mourir sur scéne y mi favorita, como estudiosa de las imágenes culturales de la enfermedad que soy, y que me pone los pelos como escarpias:



La narrativa biográfica que se ha construido en torno a su personaje, y que ella misma fomentaba, presenta más de una cuestión interesante: se dice que se mató marcada por el suicidio de sus tres grandes amantes y por la imposibilidad de encontrar el amor en su vida; se han hecho metáforas con su esterilidad muy poco agudas, en las que se la cataloga como madre entregada a su público, y ella misma afirmaba que je suis mariée avec la chanson con cierta sorna ante entrevistadores cansinos. Pero lo cierto es que en medio de ese relato trágico hubo cientos de amantes de carácter mucho más erótico festivo, entre los que se cuenta el expresidente François Mitterrand. Me temo también que a Dalida le importaba un pimiento no tener hijos porque estaba demasiado ocupada siendo una celebrity. Tampoco se suicidió por amor (dicen que porque el médico con el que salía no la llamó), si no más bien porque había envejecido y sospecho que estaba hasta el mismísimo coño de ser Dalida, pero seguramente tampoco quería ser Iolanda, ni mucho menos cualquier otra persona normal y corriente.
Lo que está claro, y por eso la amamos -y si no lo hacen deberían ir empezando- es que además de resultar una continuadora maravillosa del legado de señoras como Sarah Bernhardt, antecedió a las grandes celebridades modernas del pop. Por ello, y por otras razones que serían muy largas de detallar, empiecen ya a escucharla. Y luego, como siempre, denme la razón. 

08 agosto, 2013

Swimming pools

we snuck into the swimming pool
you dove headfirst, I waded in
the scent of chlorine upon our skin 
Hace ya muchos días que llegó ese primer día de verano, de otro verano en el que me he vuelto a olvidar de las celebraciones de San Juan, de sentir aquella sensación extraña en que la piel indica la llegada del verano, o siquiera de una resaca que parece necesaria un día como hoy. Han pasado muchas cosas, en cierto modo bastante irrelevantes, como el hacerme doctora y que se mude la gente y que se hunda España, y más relevantes, como que empieza a haber demasiada gente a la que ya no se puede volver a ver. Recuerdo que el verano pasado, por estas fechas, me traje a mi amigo Madrileño (que en realidad no es de Madrid) a cenar a casa de mis padres, porque, como él dice, entrar en casa de unos padres y abrir la nevera da sensación de plenitud. Y supongo que ambos íbamos muy necesitados de eso. Un año después, él se ha ido a vivir a Berlín, yo soy doctora, ya no tengo trabajo y seguimos yendo necesitados de muchas cosas. 
En compensación a tanto desprecio por el mes de agosto, me he instalado sin ritual ninguno una piscina en la azotea, que es como un jacuzzi, pero de plástico, sin burbujas y para pobres. Una nueva manera de beber, pero en remojo y con la posibilidad de meter la cabeza bajo el agua, que en el fondo es una opción mucho más cómoda que hacerlo bajo la tierra. Las piscinas, igual que las casas de los padres, siempre aluden a recuerdos similares, como el de las neveras llenas, los sofás cómodos, el olor a cloro y las picaduras de avispa. Meterse en una piscina, en cierto, es volver a casa de los padres, y en mi caso, es intentar recordar que hace años había veranos y neveras llenas.

05 mayo, 2013

Top 5 de divas italianas

Para el Joven Padawan, cada vez que oigo a la Carrá.

Antes de que la MTV inventara Jersey Shore, existía Italia. A pesar de mi francofilia, el exceso de despechugue que trae la primavera me hace siempre pensar en las ciudades decadentes y las feminidades excesivas del país vecino. Frente a pánfilas francesitas que pronuncian bien las erres y tienen cara de no haber roto un plato como de Juliette Binoche, Audrey Tatou o Carla Bruni, Italia, como España, es el país del kitsch y el despelote. De igual modo, y aunque los franceses crean que se inventaron la décadence, no hay nada más decadente que una villa napolitana cerca del mar. Y ellos, además, tienen a D'Annunzio, que además escribir novelas finiseculares maravillosas, terminaría apoyando a Mussolinni y fotografiándose en calzoncillos para expresar su amor a la patria. Si eso no es decadencia que baje dios y lo vea.

D'Annunzio también fue una diva italiana, pero él nunca lo supo.

Pero a lo que vamos: como ya demostró Telecinco en sus días de gloria, los italianos inventaron el destape de señoras que no se saltaban ninguna comida del día y le pusieron unas gafas grandes de Armani. Recuerden que me refiero a un país en el que Rocco Sifredi podría ser presidente. Ahí va mi top 5, sin ninguna pretensión de exaustividad, de mis italianas favoritas de la vida:

Cuando fumar te liberaba.

5. Sophia Loren

Porque es la Marilyn Monroe italiana y por su falta de vergüenza a la hora de no morirse y convertirse en un trozo de silicona recauchutada que se pasea por cualquier programa de televisión, la Loren merecía estar aquí como un modelo ineludible de feminidad excesiva que no se corta un pelo por la edad y por la cercanía de su piel al cuero. 



4. Claudia Cardinale

Claudia Cardinale está en esta lista, como el resto de integrantes, por motivos personales totalmente peregrinos: cuando adolescente cursaba en el instituto una optativa sobre historia del cine impartida por una señora que por el modo en que organizaba la asignatura, estoy segura que odiaba el cine. Tuvimos que ver la película de Il Gatopardo y hacer un trabajo al respecto. Frustrada porque únicamente me habían puesto un aprobado -era así de repelente- en el primer trabajo, me alquilé la película y me la examiné escena por escena, convirtiéndome en una mini experta en la historia de la reunificación italiana. La película, me aburrió y llegué a odiarla de tanto analizarla. Lo único que me salvó de la desesperación fue la Cardinale, lo divina que aparece en esa película y mi espíritu tempranamente lésbico a la hora de deleitarme con divas de la época.



No pregunten el por qué del oso con pechos detrás. 

3. Sabrina Ferilli

Descubrimiento reciente: Sabrina Ferilli es una actriz pésima, pero encarna todos los tópicos de la italiana buenorra a la que tenemos que amar. Además, es hija de un líder comunista italiano que no tiene pudor ninguno en mostrar las dotes al mundo que la naturaleza y algún cirujano le han otorgado, para celebrar la victoria en la liga de fútbol italiana de la Roma. Busquen a alguna de las actrices patrias izquierdosas que se atreva a hacer lo mismo aquí y no lo encontrarán, son demasiado dignas ellas. La Ferilli no, y la queremos por eso.



Yo lo cantaré el día de mi defensa de tesis.

2. Dalida

Iolanda Cristina Giliotti, en realidad es más francesa que italiana, aunque nació en Egipto y luego triunfó en París vendiéndose precisamente como dama italiana que le pasó la mano por la cara a divas como mi también idolatrada Edith Piaff. ¿Por qué la queremos? Porque ser una italiana nacida en colonias y poner París a tus pies no es moco de pavo. Y porque nos encanta el drama, y su vida supera cualquier ficción: los tres grandes amantes que se le conocen se suicidaron y ella, con cincuenta años y dispuesta no convertirse en Sophie Loren o en una loca racista como Briggitte Bardot, se hinchó a barbitúricos y se fue a dormir, dejando la que considero es la nota de suicidio más efectiva de la historia: "Pardonnez-moi, la vie m'est insupportable". Y contra esas razones, poco más hay que discutir. 



El cuerpo de baile más heterosexual de la historia.


1. Rafaella Carrá

La diva, la indiscutible, la número uno de cualquier lista de italianas que se precie. Ni es morena, ni tetuda, pero la Carrá ha sabido rodearse de un ambiente de verbena kitsch que resume mejor que nada el espíritu de fiesta que admiramos a nuestros vecinos italianos. Hay muchas razonas para amarla, que aquí quiero reducir a tres: nadie ha tenido un cuerpo de baile tan gay como el suyo, nadie tiene canciones tan perfectas para coronar una borrachera y nadie puede hacer esos movimientos de cabeza sin joderse las cervicales. Rafaella, te queremos, y no hay más que hablar.