25 diciembre, 2014

Felices fiestas





Como cada año, aprovecho para desearles 

Felices fiestas y un próspero 2015

Habida cuenta de la que está cayendo, les invito a seguir soñando por encima de sus posibilidades, y luego si eso ya veremos. 

Fuente imagen: Wellcome Images

19 junio, 2014

6 motivos para volverse un poco anglófilo

Por circunstancias de la vida, he pasado el último mes en Winterfell Leeds, una ciudad antiguamente industrial, hoy estudiantil, y fea de cojones, en el norte de Inglaterra. Lo normal en estos casos es poner a parir el horrendo clima, la grasienta comida y lo poco agraciados que son los hijos de la pérfida Albión. Felicidades, joven español, ya eres tan original como el resto de tus compatriotas que aspiran a servir cafés en Londres mientras ponen a parir un lugar que, a diferencia de la madre patria, les ofrece trabajo precario y posibilidades, no siempre reales, de aprender inglés. Allá tú con tu nivel medio y tu añoranza del sol y el jamón. Yo, por mi parte, voy a romper una lanza en favor de esta patria extraña en la que conducen al revés y han tenido el santo morro de desarrollar sin vergüenza ninguna un término como overseas para designar a todos aquellos seres que, incomprensiblemente, no viven en una maldita isla. Ahí van seis pedestres razones para ser un poco anglófilo. Que me perdonen los franceses, con lo que yo los quiero y la caña que les he metido en este blog. 

Sí, también inventaron lo del keep calm.

6. El curry 
Vale, la comida inglesa es una mierda, aunque esté harta de ver a un montón de españoles como moi-même comer fish and chips a dos carrillos y hartarse de hamburguesas cerdas en un pub, que por otro lado es uno de los mejores placeres de la vida. El espíritu imperialista de la Gran Bretaña, consecuencia de dos elementos clave para desarrollar un auténtico poder postcolonial, a saber, que el país es una mierda y ellos son una panda de ladrones, ha convertido las Islas en el paraíso de la comida que antaño preparaban únicamente en sus colonias. En un terreno relativamente pequeño y sin los molestos inconvenientes de ir a la India (hay indios, y la mayoría son pobres) cualquier puede ponerse las botas con toda clase de currys de cualquier parte del Indostán. Los hay para todos los gustos: vegetarianos, con carne, más o menos picantes y a precios más que razonables. Así que tú, gordo español, deja de dar por culo con el jamón y abraza las ventajas del postcolonialismo. 

5. La educación
Los españoles somos marchosos, fiesteros y abiertos de mente. O eso dicen las agencias de turismo que atraen a jóvenes británicos a emborracharse hasta el coma etílico todos los veranos en Barcelona. Lo que no dicen es que somos unos maleducados. Impresión que mis queridos franceses también comparten. Aquí no funciona el gritar, levantar la mano y exigir la cuenta. Ni el pegar codazos en el metro. Es verdad que pueden ser unos auténticos y gélidos cabrones, pero un inglés siempre te tratará con respecto, de dirá sorry, thank you, may I... aunque te esté apuñalando. Y ya saben ustedes lo importantes que considero yo las formas. 

4. Las colas
Curiosa costumbre de la que los catetos españoles tendemos a reírnos y que desespera a los británicos cuando vienen a comer paella congelada y a pagar un riñón por una sangría Don Simón a nuestro incomparable país. Olvídense de hacerse los listos en una barra de bar: los camareros controlan quién va primero, e incluso en un estado alcohólico, por otra parte habitual en un pub, a un inglés jamás se le ocurrirá colarse y pedir su doceava pinta antes que tú. Cosa muy de agradecer cuando dos cientas personas se agolpan en busca de alcohol en un espacio pequeño. 

3. El clima
Vale, el clima es una mierda, no hay discusión posible. El cielo suele ser gris, llueve y un español recién llegado no entiende la capa de superpoderes que protege a los ingleses y que les evita llevar paraguas. Hasta que un día hace viento, te jode el paraguas y empiezas a renovar todo tu vestuario pensando en lo prácticas que son las capuchas. Concedido. Pero también es cierto que los humanos, por el momento, no somos gremlins, y no pasa nada si nos mojamos, incluso después de la medianoche. Además, gracias a ese clima-de-mierda que tanto nos gusta criticar el verde predomina incluso en ciudades grises de cuerpo y espíritu como Leeds. Y a veces sale el sol, y entonces de repente todo adquiere un color nuevo y a uno se le ensanchece el alma un poquito, que diría Jebediah Springfield. 

2. Las inglesas visten como zorras son increíblemente horteras
Da igual que este sea el país del tweed. Las normas básicas de la armonía estética no rigen la psicología femina inglesa. Curioso, también, porque es sobre todo una cuestión que atañe sobre todo a las mujeres. A primera vista, la combinación de colores propia de un daltónico, el exceso de tacones, maquillaje y minifaldas que dejan poco a la imaginación puede suponer un shock para el español medio, víctima de un imperio Zara que provocó que en España pasásemos de vestir como una república soviética a parecer toda la misma dependienta de boutique con aspiraciones a emular el ñoño estilo de Sara Carbonero. Una vez superado el trauma visual, yo llegué a la conclusión de que era lo más liberador del mundo. Primero, porque a las inglesas les da igual pesar cuarenta que cien quilos: ellas lucirán cacha aunque estemos a cinco bajo cero. Segundo, porque cuando viví en París me sentía una vagabunda con sobrepeso cada vez que salía a unas calles plagas de Carlas Brunis en potencia, caracterizadas por la innegable elegancia francesa y la urgente necesidad de comerse un cocido. Aquí da absolutamente igual lo que me ponga: siempre voy mejor que ellas, y un poquito menos putón. Y a veces incluso las envidio por su infinita capacidad de desprecio a cualquier canon de belleza que suponga tapar un centímetro de piel de más. 

1. Las cervezas, los pubs y el poder empezar a beber a las cuatro de la tarde
En primer lugar, los ingleses beben como si no hubiera un mañana. Y empiezan a hacerlo muy pronto. También es verdad que los pubs cierran pronto, como a las 11, pero a esa hora uno ya está perfectamente borracho para poder haber olvidado todas las penas del día. De hecho, el alcoholismo es uno de los problemas más acuciantes del país, y creo que la esencia está precisamente en eso: en España no te puedes emborrachar un martes, porque empezando con suerte a beber a las 8 de la tarde, al día siguiente no hay manera de ser persona digna. Aquí, si uno se va a dormir toñado a las 10 de la noche, a las 8 de la mañana del día siguiente está como una rosa... y vuelta al pub al salir del trabajo. Además de beber más, beben mejor cerveza que nosotros: una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida ha sido descubrir la infinita variedad de ales que tiene cualquier pub: en cada lugar son distintas, cada pueblo o a veces incluso cada bar tiene sus propias variedades. Y todas suelen estar tremendas. Además, tienen menos graduación que las mierdas (léase especialmente Mahou y San Miguel) que bebemos habitualmente en España, por lo que una puede cascarse alegremente dos litros de cerveza y seguir manteniéndose de pie. God save the Queen*.


* Y no olviden que ellos inventaron el punk.  

20 marzo, 2014

Salamanca. Punto final

Por si no lo saben, en la vida a veces pasan cosas maravillosas. No es lo habitual, pero de repente, una recibe una llamada comunicándole que ha ganado un premio de investigación en su querida Salamanca, y después de años planeando viajes imposibles que nunca se llevan a cabo, de repente se ve plantada en medio de la Plaza Mayor. Debería escribir un post sobre reencuentros, olvidos, viejos rituales y la extraña sensación de llegar a un lugar que es y no es mío al mismo tiempo. Debería hablar de Anaya, de la universidad y del nunca volveré a ser joven que decía Gil de Biedma. Y debería dedicárselo a Lina, que me llevó a bailar. 
Afortunadamente, alguien ha expresado lo mismo mucho antes y mejor que yo:

Salamanca. Punto final

Aún es pronto, me digo,

para hablar de la muerte.
Y, sin embargo, el tono dorado
de esta plaza señala la escasa certidumbre
de las cosas.
Su inexistente voluntad de perdurar
en nosotros.
Aún es pronto y no obstante
me cuesta admitir que todo es nuevamente posible.
Apenas una simple certeza:
la de no ser capaz de reconocerse en lo vivido.

Miro lo que fui, aquí,

y el pasado tiene el mismo color
de los edificios,
la piel ocre de lo que se vivió alguna vez
y ya no puede regresar con la intensidad
de entonces.
Como ese esplendor en el que confié
y del que, ahora, nada queda.
Ni siquiera el saludo tardío
de los que me acompañaron en los soportales.

Observo este lugar y sé que fui él mismo,
fui su camino y su deriva,
fui sus autores: Hierro, Arlt, Valente,
todos los que vinieron por primera vez
a señalarme los límites del mundo.
También el límite de la ciudad.
Fui aquellas reproducciones que en Las Conchas
salían conmigo
y se desplegaban sobre alguna mesa,
en algún café de la zona.
En el Alcaraván, por ejemplo,
donde admiré a Magritte o a Hopper.
Ahora sé que todos escaparon a tiempo,
mucho antes que yo.
Su huida, una rápida y silenciosa cadencia
hacia delante.

Intuyo que ha pasado mucho tiempo, porque es ahora
cuando miro a la ciudad sin nostalgia.
Ahora que la observo ausente, con el temor
de reconocerla un territorio extraño.
El mismo temor que siento
al abandonar una calle del centro
y el mismo que producen sus paseos circulares.
Llegar a un lugar que juzgaba a mucha distancia
y encontrarlo de nuevo me infiere un temor a lo cercano.
Mi camino, desde entonces, se ajusta
a esa premisa: todo paseo tiene su propia frontera.
(El terreno se angosta y me deja solo
nuevamente).

Ya no vivo aquí y, si lo hiciera, nada sería
distinto en apariencia. Como esas casas
que conservan su fachada y guardan en su interior
los escombros de otras casas colindantes.
La maleza, los hierbajos, los despojos de toda una ciudad
en su función de naturaleza muerta.
Observo dentro y veo que mi vida
aquí fue igual: una suma de restos.
Paseos en los márgenes de Canalejas;
conversaciones en algún banco de Alamedilla;
encuentros fugaces sobre las escaleras de Anaya;
la vista imposible de un puerto,
intuido desde cualquier punto de la plaza del Oeste;
la militancia oscura y solitaria detrás de la Casa Lis,
buscando un reflejo que nunca llegó a sus ventanales;
las aguas detenidas del Tormes;
el frío nocturno al regresar de Plasencia.

Por eso, me digo ahora,
sería justo comenzar a hablar de la muerte.
Ha pasado el tiempo y ya va siendo hora
de nombrar las cosas en su medida exacta.
No fue el destino lo que me trajo aquí,
ni siquiera el azar el que me trae de vuelta.
Es, cuesta decirlo, la escasa memoria
de unos años que no consigo olvidar.
Porque nadie es capaz de olvidar la suma de muertes
por las que trascurre su vida.

Alex Chico, Dimensión de la frontera, Sevilla: Isla de la Siltolá, 2011. Reproducido con el amable permiso de su autor. 

11 enero, 2014

20 (y pico) libros que llevo en el alma

Ronda por Facebook estos días una cadena que reza lo siguiente:
Haz una lista con 10 libros que hayan permanecido contigo. No le eches mucho tiempo; no lo pienses mucho. No tienen por qué ser grandes obras, sólo obras que te hayan marcado. Etiqueta a otros a otras 20 personas, incluyéndome, para que pueda ver tu lista.
A pesar de que me he pasado demasiadas horas de mi vida hablando y leyendo cosas en contra de los cánones y de las listas de títulos literarios, cuando me etiquetaron a mí en la dichosa cadena no pude evitar ponerme a pensar en cómo sería mi lista. Sin embargo, es algo que me da mucha pereza hacer vía Facebook, porque me aburre ensuciar muros ajenos con mis monomanías literarias. Por ello lo voy a hacer aquí, donde además tengo mucho más espacio para divagar sobre ello. Además, diez me parecían muy pocos, y yo no tengo el talento de la síntesis.
Que conste que es sólo una lista personal, subjetiva y tremendamente sujeta a variaciones y cambios temporales, que quiere dar cuenta, de forma muy vaga y aproximada, de veinte libros y algunos más que me han marcado lo suficiente para llevarlos, ya no en el alma, si no en el cuerpo. El orden es un poco azaroso, porque me parece una chorrada soberana pensar en la necesidad de una jerarquía. Espero que disfruten, y nunca olviden mi consejo: jamás tengan sexo con alguien que no tiene libros. 

20. George Martin, la saga de Canción de hielo y fuego
Nadie que haya leído la saga de Martin ha podido seguir con su vida igual que antes. No sólo por los personajes y una trama folletinesca que es imposible abandonar, pero sobre todo porque en estos libros todo lo que se ama tiende a morir, dejándonos a nosotros, pobres lectores, sumidos en la más lamentable de las miserias. Un apunte: viví la muerte de Ned y la Boda Roja en el tren y la gente me miraba raro.

19. Sir Terry Pratchett, en general todas la saga sobre Mundodisco, pero destacaría aquellas centrada en las brujas y en especial Brujerías y Brujas de viaje.
En realidad, esta lista podría muy bien estar formada únicamente por libros de Mundodisco y seguramente sería mucho mejor. Haciendo un sublime esfuerzo de contención (que me perdone la saga de la Guardia, que me ha hecho llorar y reír a partes iguales), he seleccionado dos de mis preferidos sobre las brujas. Básicamente, porque gracias a ellas he aprendido que si hay algo peligroso en un bosque ese oscuro, ese algo debo ser yo.

18. Carmen Martín Gaite, Nubosidad variable
Aquí he hecho otro esfuerzo de contención por no poner media bibliografía de la autora, pero la historia de amistad entre Sofía y Mariana, la presencia de un duende de las palabras llamado Noc y la estructura en torno al género epistolar, que es un modo de escritura al que le tengo particular cariño, hicieron que esta novela me llegara al alma hace años y me acompañara durante mucho tiempo, hasta hoy. 

17. Jaime Gil de Biedma, Las personas del verbo
Aunque la poesía nunca me ha tirado especialmente, en parte porque casi todos los poetas me caen mal, Jaime Gil de Biedma es una excepción forzada, porque nadie ha narrado cómo él lo que es contemplarse ante el espejo después de una noche toledana, justo en ese momento en que una empieza a pensar que ya está mayor para estas cosas.

16. Luis García Montero, Habitaciones separadas
Sí, dadme poesía de la experiencia, de esa que entiendo, y dejadme de chorradas. Este libro de García Montero me apasiona porque hace muchos años, alguien muy listo y muy brillante me brindó uno de los primeros acercamientos a la literatura comparada con sus poemas. Y muchos años después, yo lo seguí usando con mis alumnos, desde el otro lado de la barrera. Además, Luis García Montero le dio el nombre a este blog. Y pienso en este poema cada vez que me subo en un avión. Y porque lo leíamos en voz alta, en el suelo de mi habitación de Salamanca, después de bebernos una botella de vino. 

15. Michel Foucault, Historia de la sexualidadVigilar y Castigar, El nacimiento de la clínica
Hago trampa deliberadamente, porque de Foucault es imposible poner un solo libro. No son novelas, son ensayos, y poco ligeros en la mayoría de los casos. Evidentemente, a Foucault lo he leído por culpa de la vida académica y de la manía de hacer una tesis. Pero me ha servido para mucho más que para hacerme doctora, ya que, básicamente, me ha servido para comprender el mundo en el que vivo. Y no hay más que hablar. 

14. Judith Butler, Deshacer el géneroEl género en disputa
Caso parecido al de Foucault: resulta que hacer una tesis no sólo sirve únicamente para quedarse en paro, sino que a veces es útil para comprender aquello que nos rodea. No es lectura fácil, ni sencilla, pero en el mundo académico -y en el mundo en general- los estudios de género son muy útiles para detectar el nivel de imbéciles misóginos que nos rodean. Problema: sacaréis la motosierra mucho más a menudo después de leer a la Butler.

13. Charlotte Brönte, Jane Eyre
Porque todo el mundo debería poner al menos a una escritora victoriana en su vida, y las hermanas Brönte son lo más. Y porque lloré al leerla y nadie me cree cuando lo digo.

12. Octave Mirbeau, Le jardin des supplices
Si la Brönte me hizo llorar, Mirbeau casi me hace vomitar. Conviene decir que las novelas no sólo se llevan en el alma, si no que también puede llevarse en el cuerpo, y una que me hizo sentirme físicamente mal merecía el honor de estar en esta lista. Publicada en 1899, es un clásico de la literatura francesa de fin de siglo protagonizada, básicamente, por una loca a la que le encanta ver carne y vísceras en todo su esplendor. Nueva demostración de que Cronenberg y el cine de la nueva carne no se inventaron nada nuevo.

11. Gabriel Miró, Las cerezas del cementerio 
Publicada en 1910, encaja perfectamente en lo que yo llamaría una "novela preciosa": porque hay un adulterio del cual su protagonista sale como si nada y está escrita de forma maravillosa. Además, Miró sabía muy bien que los personajes que maltrataban bichos tenían algo malo en el alma. Y porque en realidad le pertenece mucho más a alguien que ha sido imprescindible en mi vida académica, y que sabe más que nadie de Miró. 

10. Benito Pérez Galdós, Tormento y La de Bringas
De nuevo, adulterios y amancebamientos sin fin. He leído tanto a Galdós y sobre Galdós que tenía que estar en la lista, pero el mundo del galdosismo es básicamente un infierno. Claro ejemplo de cómo la academia se puede cargar a un gran autor. 

09. Benito Pérez Galdós, La desheredada
De nuevo, una novela que en la carrera me tuve que leer tres veces, debido a la consistencia de los planes docentes universitarios. Debía aparecer aquí por pura insistencia. Además, la protagonista es una prostituta. 

08. Cervantes, El Quijote
Después de tantos años hablando sobre el canon y desmontando el concepto de clásico de la literatura, incluir en esta lista a Cervantes me haría merecedora del oprobio generalizado. Pero qué quieren, estudié Filología Hispánica. Y básicamente, la novela me recuerda a los profesores maravillosos que me hablaron de ella. A Alberto Blecua, que paraba la clase para salir a fumar. A Lina Rodríguez, que me enseñó que lo importante era la actitud ante la vida que se podía leer en ella, porque básicamente en El Quijote se puede proyectar cualquier cosa, y Lina proyectaba su carácter, y eso también era adorable, y además yo era más joven y menos pesimista. Incluso a Carme Riera, que además de darnos mucho miedo, también enseñaba de miedo. Además, también hay prostitutas, aunque menos que en las novelas del XIX.

07. Almudena Grandes, Modelos de mujer
Fue uno de los primeros libros "de mayores" que recuerdo leer, debía tener doce o trece años, y lo que hoy cultivo como exquisita misantropía de la cual me enorgullezco era en aquel entonces inseguridad y timidez preadolescente. Encontrar un libro de relatos (que le robé a mi madre) en el que aparecieran un montón de figuras femeninas perdedoras como yo misma me hizo seguir confiando más en la literatura que en los humanos. Y así me ha ido.

06. Emile Zola, Nana 
Sale otra prostituta. Y no se puede hablar de putas del siglo XIX (que ya ven que es un tema que me atrae) sin mencionar esta novela. A pesar de lo que digan, mi querido Emile es mucho más divertido que Galdós y que Clarín, básicamente porque es mucho más pervertido. ¿Quieren saber por qué? Lean esta novela.

05. Joris K. Huysmans, À rebours
La primera vez que la leí me pareció un coñazo soberano. Gracias a dios tuve el tino suficiente de no mencionárselo a mi directora de tesis, que me hubiera arrojado al arroyo. Me callé, seguí trabajando, y pronto descubrí la suprema verdad: esta novela es uno de los mejores textos escritos durante el fin de siglo, sin la cual no se puede entender nada de nada. Además, todos llevamos a un pequeño Des Esseintes en el alma que quiere encerrarse en casa, cubrirse de joyas y beber absenta.

04. José María Llanas Aguilaniedo, Del jardín del amor
Con Esther Tusquets aprendí que existían lesbianas en la literatura. Con Marguerite Radcliffe Hall descubrí que existían lesbianas inglesas vintage. Y con esta descubrí que la literatura española no tenía nada que envidiar a los cabritish. Prometo que un día le dedicaré a mi querido Llanas Aguilaniedo un post como dios manda. Se trata de un escritor muy desconocido, también del fin de siglo, que escribió tres novelas maravillosas y con el que mi tía March y yo estamos un pelín obsesionadas. Además, esta novela, que se publicó en 1902, está protagonizada por la que en mi opinión es una de las lesbianas más interesantes de la literatura española.

03. Emilia Pardo Bazán, Dulce dueño
Esta novela es la prueba palpable de una de las mayores mentiras que cuentan los libros de historia de la literatura española, según los cuales Emilia Pardo Bazán era una escritora naturalista. No, no, no... y te lo certifico. No hay prostitutas, pero hay misticismo, locura, sedas y joyas a raudales. Razones de peso. 

02. Leopoldo Alas, "Clarín", La Regenta
Vetusta, la capital provinciana en la que se enmarca esta novela, siempre me ha parecido un trasunto de Terrassa. A primera vista en esta novela parece que no pasa nada. Y a segunda, una comprueba que, efectivamente, no pasa nada, más allá del enésimo adulterio. Y esa es una de las novelas mejor escritas de la literatura española. En serio, léanla y sabrán qué se siente los días de lluvia. Y de igual modo que en el caso de Galdós, eviten la gran mayoría de estudios críticos sobre Clarín, siempre y cuando no sean de Sergio Beser. 

01. Gustave Flaubert, Madame Bovary
A pesar de que Flaubert dijo aquello de Madame Bovary c'est moi, lo cierto es que estaba equivocado: Madame Bovary es, sobre todo, de las mujeres. Leerla permite entender la mayoría de tópicos en torno a la feminidad relacionados con el consumo, la lectura, la locura y el matrimonio. Todos odian a Emma Bovary, pero yo la adoro, porque me dirán ustedes qué hubieran hecho casadas con un paleto y confinadas el resto de sus días en un pueblucho de la Francia profunda. Obviamente, dilapidar una fortuna, cometer numerosos adulterios y terminar suicidándose con arsénico. Eso es ser una señora.