24 diciembre, 2013

Felices fiestas


Como cada año, servidora les desea unas felices fiestas y próspero 2014, en esta ocasión patrocinadas por la alegría erótico festiva de la revista Vida Galante (1898-195). Sobre todo, en lo que se refiere a terminar estos días cual las muchachas de vida alegre que ilustran esta imagen. 


Portada de Vida Galante, 24 de diciembre de 1889. Aunque el texto no va firmado, me juego una mano a que pertenece a mi querido Eduardo Zamacois.

Transcripción del texto: 

NOCHEBUENA
Apuradas las heces del deleite, él se quedó dormido con los brazos apoyados en la mesa, mientras una joven, con el rostro desfigurado por los amagos de la borrachera y descubiertas las morbideces del seno tentador, le bautiza vaciándole sobre la cabeza una botella de champagne: sentada en el suelo aparece otra mujer, con los brazos caídos, la ardiente boca entreabierta, los ojos fijos: allá, en el fondo, se dibuja la silueta de un hombre que se apoya en la pared luchando contra el mareo: debajo de la mesa se ven dos piernas femeninas... Aquello parece el rincón más secreto del manicomio...
La Nochebuena se viene,
La Nochebuena se va....
¡Excelsior, voto a Dios! Gocemos, puesto que la sangre moza reclama un puesto en el banquete de la bacanal humana y el Almanaque también prescribe la alegría; demos de lado los torcedores recuerdos del ayer, levantemos la copa bienhechora del contento para brindar por el porvenir, por las esperanzas vírgenes, por todo lo que aparece engalanado con los orientalescos hechizos de la promesa... y celebremos con una carcajada la muerte del año que está agonizando. ¡Ha llegado el momento solemne de reír! No son únicamente los hijos que viven al amparo de sus padres y los burgueses mimados por la fortuna, para quienes la existencia es como jardín amenísimo plantío ubérrimo de bienandanzas o lago sin tempestades ni peligros, los únicos que tienen  derecho a celebrar la Nochebuena... También los desheredados de la suerte, los que cruzan el mundo el mundo zarandeados por los furiosos vaivenes del vendaval de la vida, los bohemios, sin patria, sin hijos y sin hogar, tienen su Nochebuena.
¿Por qué no? Somos cosmopolitas y en nuestra patria no se pone el sol; el hogar se improvisa; el cariño de los hijos, la ausencia de los padres, se remedian con el amor de la mujer... Con abrazos que enardecen la sangre, con besos que escandecen los labios, con apasionados juramentos que enloquecen el cerebro y acicatan el corazón con oleadas de fe... La mujer es nuestra redentora: la mujer que canta y ríe y aturde sujetándonos la cabeza entre sus manos para impedirnos mirar hacia atrás; y si la mujer no basta, sumemos a los deleites de la pasión los places de la mesa y bauticemos el amor con vino... ¡Segador celestial de los recuerdos!
¡Ande, ande, andela marimorena!
¡Ande, ande, ande que hoy es Nochebuena! 

05 diciembre, 2013

Divas olvidadas: Dalida




Para Julia, que me trajo París a casa y me hizo de traductrice.


On a dit de moi que certains soir
je joue Sarah Benhardt 
C'est vrai, c'est vrai.

Dalida, "Comme disait Mistinguett"


A veces hay historias y voces que nos atrapan, convirtiéndose en monomanías que pueden durar unos días, unos meses o toda una vida. No, no estoy hablando de la tesis: a la tesis la enganché yo después de muchas lecturas bibliográficas tediosas. No hay magia en hacer un doctorado, niños. Me refiero a otra clase de atracciones, que hacen que nos enamoremos de un personaje novelesco, de un espacio, de una canción o de una voz. Podría hablar de muchos personajes literarios que me han vuelto loca estos últimos años tesísticos, pero estoy cansada de la vida académica y sus sinsabores. 
Hoy prefiero darle vueltas a un personaje que mencioné en mi antepenúltimo post, y que me parece tan desconcertante como fascinante: me refiero a Dalida, una de las damas de la canción francesa, algo que tiene todavía más mérito si pensamos que nació en Egipto, era de origen italiano, y recordamos cómo se las gastan los franceses con su chovinismo exacerbado. Voy a resumir cuatro datos biográficos que están en cualquier Wikipedia de tres al cuarto: nacida en El Cairo en 1933 con el nombre de Iolanda Cristina Gigliotti cuando Egipto estaba bajo dominación británica, llega a ser Miss Egipto antes de mudarse a París y triunfar en el mundo de la canción. Aprovechándose de que la canción italiana estaba de moda y vendiéndole a los franceses lo que pedían -exotismo mediterráneo-, vende más discos que nadie, y durante las décadas siguientes se va reciclando musicalmente, pasando por el pop, el twist y llegando a convertirse en reina de la música disco de los setenta y ochenta. Diva trágica por excelencia: tres de sus principales amantes se suicidan, y ella hace lo mismo en 1987, dejando una de las notas de suicidio más famosas de la historia cultural francesa: Pardonnez-moi, la vie m'est insupportable. 
Dicho esto, que cualquiera con capacidad psicomotriz para teclear puede encontrar en Google, conviene ir a la pregunta fundamental: ¿por qué me encanta Dalida? Y en consecuencia, ¿por qué ustedes deberían amarla con igual fervor? La respuesta es sencilla: porque Dalida es la diva pop por excelencia antes que Madonna y Lady Gaga hiciesen de las suyas. Me explicaré: ya he hablado en algún momento de las celebrities decimonónicas, del uso que hacen ciertas mujeres para crearse un personaje público y excéntrico amado por las masas, algo que las divas pop de hoy en día tienen también muy claro. El feminismo más tradicional usa estos asuntos para hablar de cómo la mujer se convierte en un mero cuerpo objeto y chorradas parecidas. Sin embargo, en ese proceso es la mujer quien negocia su imagen en el espacio público, y que me conste a mí, suele hacerlo en favor de un beneficio propio que le reporta dinero, fama y habitualmente numerosos amantes. Y si creen que convertirse en un producto o icono de la música y la cultura popular es fácil y responde a grandes planes prediseñados por mentes malignas de la industria musical, pregúntense dónde están todos los componentes de todas las ediciones de la Voz de cualquier país en los últimos años. Y luego váyanse al CCCB con sus amigos postmodernos y no me toquen los ovarios.  
Yo, que soy poco moderna pero entiendo muy bien la modernidad, no prescindiría de los pingües beneficios (económicos, profesionales y libidinales) que puede suponer construirse una identidad pública suficientemente atrayente, que es exactamente lo que hizo Dalida: aprovecharse de forma magistral de las corrientes musicales y las modas de cada época y reciclarse hasta límites insospechados cada vez que había un cambio de rumbo en la cultura pop del momento. Tuvo tanto éxito que en 1981 tuvieron que inventar  la categoría de Disco de Diamante sólo para ella, debido a los millones de vinilos que llegó a vender. 
Cómo sé que una imagen vale más que mil palabras (aunque es mentira), no me crean a mí, crean a Youtube, que patrocina el breve repaso que les voy a ofrecer por la versatilidad de esta fascinante señora:

Años 50' y 60'

El rollo italiano de Sophia Loren, Gina Lollobrigida y Claudia Cardinale triunfa en toda Europa, y Francia busca con desesperación a su propia diva mediterránea, pero que cante en francés, que al fin y al cabo no es cosa de ponerse a aprender idiomas. Dalida lo sabe, y les ofrece pura morenez mediterránea cantando en francés, con un acento italiano que juraría estuvo impostando el resto de su vida. 





Sin embargo la moda italiana termina pronto: a Édith Piaff sólo le faltó morirse en 1963 para terminar de convertirse en un mito de la canción francesa que les recordó a los franceses lo mucho que les gustaba mirarse el ombligo. Paralelamente, en los sesenta llegan, además de los Beatles, la moda del twist. La minifalda y las legiones de jovenzanas meneando caderas tenían poco que ver con el estilo de canción y diva que Dalida se había construido. Entre tanto, Dalida se había casado con su descubridor y dicen que también Pigmalión, Lucien Morisse, al que abandona a los pocos meses para irse con un pintor jovenzano: Morisse era director de Radio Europe 1, y por lo visto pone a Dios por testigo de que a Dalida no se la va a volver a escuchar en ninguna emisora de radio sobre la faz de la tierra. El diagnóstico está claro: todo el mundo asume que Dalida está acabada. Pero estamos hablando de una señora que, antes del mayo del 68, se atreve públicamente a dejar a su marido y largarse con mozo más apuesto. Así que, ni corta ni perezosa, se planta dos coletas y lanza un single que no tenía nada que ver con lo que hacía hasta ese momento.




Haría muchas canciones de este estilo, como ésta y ésta. Pero entre tanto le pasaban cosas que, inevitablemente saltaban a los medios e iban construyendo un personaje público que se iba a caracterizar por un sino trágico que, extraño en un personaje femenino, no iba acompañado de una retórica victimista, sino todo lo contrario: a cada mierda que le pasa, de las cuales haré un resumen rápido, reaparece más empoderada. De sobra conocida es el suicidio de Luigi Tenco, que se pegó un tiro después de quedar eliminado en el Festival de San Remo (aprended Eurovisión) en 1967, el suicidio de su primer marido Lucien Morisse en 1970 y finalmente en 1983 otra vez el suicidio del plomo de Richard Chanfray, su pareja durante durante varios años en los setenta. Entre tanto, ella misma lleva a cabo un primer intento de suicidio con barbitúricos después de lo de Tenco, para después quedarse embarazada de un joven romano, abortar y quedar estéril por culpa de la operación, anécdota que se ha leído como el trasfondo de otra de sus canciones más famosas, Il venait d'avoir dix huit ans. Aunque en realidad la escritura de la letra y el chuscamiento con el mozo romano no tienen nada que ver ni en el tiempo ni en el espacio, la anécdota resulta muy indicativa del continuo entrelazamiento que hará Dalida entre su música, su personaje y lo mucho que le gusta un drama. 

Años 70'
Así, a partir de la crisis con Luigi Tenco y su primer intento de sucidio, reaparece teñida de rubio, vestida de blanco y habiendo leído a Freud, Jung y algún que otro gurú pasado de vueltas: la jovencita egipto-italiana que conquistó París se convierte en una intelectual cuya imagen de vulnerabilidad le permite volver a ocupar su lugar original de diva de la canción a lo Edith Piaff, pero sabiendo idiomas, palabras complejas y oraciones subordinadas. Y cantando cosas como ésta:


Yo que tengo una firme opinión en cuanto a que el teñirse de rubio tiende a quedarle mal a la gente, debo decir que Dalida es de los pocos personajes a los que el rubio les quedaba mejor que el moreno con el que quería pasar por italiana. De hecho, la melena rubia sería una de sus marcas personales durante el resto de su carrera (personal branding lo llaman ahora los modernos), con cierto nivel recurrente de encrespamiento que a mí me parece encantador y que hoy sería imposible de ver en televisión. Igual que su estrabismo: en el mundo en el que vivimos poblado de triunfitos en decadencia y chonis de Qué tiempo tan feliz, hoy es inimaginable que una chica estrábica se convierta en una celebrity. Pero Dalida lo consiguió... ¿por qué? Porque hace cincuenta años todo tenía más buen gusto y porque Dalida tenía personalidad suficiente para saber que una chica debe ser sensible, vulnerable y llorar mucho en la tele. Que nadie me malinterprete: dudo mucho que las apariciones de esta época fuesen mentira. Sencillamente, creo que descubrió muy rápido cómo producir un buen relato de una vida que no carecía de dramas, tragedias y putadas máximas. 
Van pasando los setenta, y Dalida se posiciona como un referente pop de la música francesa: con la exhibición de su renacer físico e intelectual, vestida de blanco y vendiendo la melena rubia (a ver quién triunfa hoy con el pelo encrespado) como rasgo característico, cosecha millones de francos (esa moneda que tenían los franceses mucho más glamourosa que el euro), giras por todo el mundo, apariciones televisivas y un reconocimiento unánime que pocos personajes públicos han llegado a alcanzar.
Sin embargo, los setenta van pasando, y en pésimo anuncio de las décadas siguientes, el mal gusto empieza a invadir la moda, la cultura pop y el mundo en general: la música disco empieza a sonar y Dalida no se queda corta. Por los mismos años en que triunfan los Village People, ella saca, en 1979, la célebre Laissez-moi danser (la graba en tres idiomas a la vez: español, francés, inglés, para tocar todos los mercados), junto con un montón de versiones disco de sus grandes éxitos que la mantienen en el estrellato y la reconvierten en una nueva diva gay de los ochenta, en parte por la dudosa heterosexualidad de su cuerpo de baile, en parte porque se manifestó públicamente a favor de la lucha contra el SIDA, en tiempos y contexto en los que nuestros vecinos franceses eran todavía más rancios que hoy en día con estos temas.



Años 80': epílogos y narrativas de decadencia
Como buena relatora de su propia persona, Dalida sabía que toda historia tiene un final, y que ella, como mujer que pasaba de los cuarenta, debía plantearse otro tipo de identidad: vuelve a hacer cine (no había hecho películas desde sus años en Egipto), y contra todo pronóstico es aclamada por la crítica en la película Le sixième jour, dirigida por el egipcio Youssef Crahine en 1986 (un año antes del suicidio de la cantante). Resulta significativo que sus declaraciones más famosas sobre la película sean aquéllas en las que dice lo bien que se sintió dejando de ser Dalida
De hecho, su suicidio me parece una de las muertes menos imprevistas de la historia de la música. Ya he mencionado su capacidad para convertirse en un productora magistral de su propia persona pública, y creo que su muerte no puede desligarse de una mitología creada por ella misma. Si echamos un vistazo a los títulos de sus canciones en los ochenta, no queda mucho espacio para la ambigüedad: Fini la comédie, Mourir sur scéne y mi favorita, como estudiosa de las imágenes culturales de la enfermedad que soy, y que me pone los pelos como escarpias:



La narrativa biográfica que se ha construido en torno a su personaje, y que ella misma fomentaba, presenta más de una cuestión interesante: se dice que se mató marcada por el suicidio de sus tres grandes amantes y por la imposibilidad de encontrar el amor en su vida; se han hecho metáforas con su esterilidad muy poco agudas, en las que se la cataloga como madre entregada a su público, y ella misma afirmaba que je suis mariée avec la chanson con cierta sorna ante entrevistadores cansinos. Pero lo cierto es que en medio de ese relato trágico hubo cientos de amantes de carácter mucho más erótico festivo, entre los que se cuenta el expresidente François Mitterrand. Me temo también que a Dalida le importaba un pimiento no tener hijos porque estaba demasiado ocupada siendo una celebrity. Tampoco se suicidió por amor (dicen que porque el médico con el que salía no la llamó), si no más bien porque había envejecido y sospecho que estaba hasta el mismísimo coño de ser Dalida, pero seguramente tampoco quería ser Iolanda, ni mucho menos cualquier otra persona normal y corriente.
Lo que está claro, y por eso la amamos -y si no lo hacen deberían ir empezando- es que además de resultar una continuadora maravillosa del legado de señoras como Sarah Bernhardt, antecedió a las grandes celebridades modernas del pop. Por ello, y por otras razones que serían muy largas de detallar, empiecen ya a escucharla. Y luego, como siempre, denme la razón. 

08 agosto, 2013

Swimming pools

we snuck into the swimming pool
you dove headfirst, I waded in
the scent of chlorine upon our skin 
Hace ya muchos días que llegó ese primer día de verano, de otro verano en el que me he vuelto a olvidar de las celebraciones de San Juan, de sentir aquella sensación extraña en que la piel indica la llegada del verano, o siquiera de una resaca que parece necesaria un día como hoy. Han pasado muchas cosas, en cierto modo bastante irrelevantes, como el hacerme doctora y que se mude la gente y que se hunda España, y más relevantes, como que empieza a haber demasiada gente a la que ya no se puede volver a ver. Recuerdo que el verano pasado, por estas fechas, me traje a mi amigo Madrileño (que en realidad no es de Madrid) a cenar a casa de mis padres, porque, como él dice, entrar en casa de unos padres y abrir la nevera da sensación de plenitud. Y supongo que ambos íbamos muy necesitados de eso. Un año después, él se ha ido a vivir a Berlín, yo soy doctora, ya no tengo trabajo y seguimos yendo necesitados de muchas cosas. 
En compensación a tanto desprecio por el mes de agosto, me he instalado sin ritual ninguno una piscina en la azotea, que es como un jacuzzi, pero de plástico, sin burbujas y para pobres. Una nueva manera de beber, pero en remojo y con la posibilidad de meter la cabeza bajo el agua, que en el fondo es una opción mucho más cómoda que hacerlo bajo la tierra. Las piscinas, igual que las casas de los padres, siempre aluden a recuerdos similares, como el de las neveras llenas, los sofás cómodos, el olor a cloro y las picaduras de avispa. Meterse en una piscina, en cierto, es volver a casa de los padres, y en mi caso, es intentar recordar que hace años había veranos y neveras llenas.

05 mayo, 2013

Top 5 de divas italianas

Para el Joven Padawan, cada vez que oigo a la Carrá.

Antes de que la MTV inventara Jersey Shore, existía Italia. A pesar de mi francofilia, el exceso de despechugue que trae la primavera me hace siempre pensar en las ciudades decadentes y las feminidades excesivas del país vecino. Frente a pánfilas francesitas que pronuncian bien las erres y tienen cara de no haber roto un plato como de Juliette Binoche, Audrey Tatou o Carla Bruni, Italia, como España, es el país del kitsch y el despelote. De igual modo, y aunque los franceses crean que se inventaron la décadence, no hay nada más decadente que una villa napolitana cerca del mar. Y ellos, además, tienen a D'Annunzio, que además escribir novelas finiseculares maravillosas, terminaría apoyando a Mussolinni y fotografiándose en calzoncillos para expresar su amor a la patria. Si eso no es decadencia que baje dios y lo vea.

D'Annunzio también fue una diva italiana, pero él nunca lo supo.

Pero a lo que vamos: como ya demostró Telecinco en sus días de gloria, los italianos inventaron el destape de señoras que no se saltaban ninguna comida del día y le pusieron unas gafas grandes de Armani. Recuerden que me refiero a un país en el que Rocco Sifredi podría ser presidente. Ahí va mi top 5, sin ninguna pretensión de exaustividad, de mis italianas favoritas de la vida:

Cuando fumar te liberaba.

5. Sophia Loren

Porque es la Marilyn Monroe italiana y por su falta de vergüenza a la hora de no morirse y convertirse en un trozo de silicona recauchutada que se pasea por cualquier programa de televisión, la Loren merecía estar aquí como un modelo ineludible de feminidad excesiva que no se corta un pelo por la edad y por la cercanía de su piel al cuero. 



4. Claudia Cardinale

Claudia Cardinale está en esta lista, como el resto de integrantes, por motivos personales totalmente peregrinos: cuando adolescente cursaba en el instituto una optativa sobre historia del cine impartida por una señora que por el modo en que organizaba la asignatura, estoy segura que odiaba el cine. Tuvimos que ver la película de Il Gatopardo y hacer un trabajo al respecto. Frustrada porque únicamente me habían puesto un aprobado -era así de repelente- en el primer trabajo, me alquilé la película y me la examiné escena por escena, convirtiéndome en una mini experta en la historia de la reunificación italiana. La película, me aburrió y llegué a odiarla de tanto analizarla. Lo único que me salvó de la desesperación fue la Cardinale, lo divina que aparece en esa película y mi espíritu tempranamente lésbico a la hora de deleitarme con divas de la época.



No pregunten el por qué del oso con pechos detrás. 

3. Sabrina Ferilli

Descubrimiento reciente: Sabrina Ferilli es una actriz pésima, pero encarna todos los tópicos de la italiana buenorra a la que tenemos que amar. Además, es hija de un líder comunista italiano que no tiene pudor ninguno en mostrar las dotes al mundo que la naturaleza y algún cirujano le han otorgado, para celebrar la victoria en la liga de fútbol italiana de la Roma. Busquen a alguna de las actrices patrias izquierdosas que se atreva a hacer lo mismo aquí y no lo encontrarán, son demasiado dignas ellas. La Ferilli no, y la queremos por eso.



Yo lo cantaré el día de mi defensa de tesis.

2. Dalida

Iolanda Cristina Giliotti, en realidad es más francesa que italiana, aunque nació en Egipto y luego triunfó en París vendiéndose precisamente como dama italiana que le pasó la mano por la cara a divas como mi también idolatrada Edith Piaff. ¿Por qué la queremos? Porque ser una italiana nacida en colonias y poner París a tus pies no es moco de pavo. Y porque nos encanta el drama, y su vida supera cualquier ficción: los tres grandes amantes que se le conocen se suicidaron y ella, con cincuenta años y dispuesta no convertirse en Sophie Loren o en una loca racista como Briggitte Bardot, se hinchó a barbitúricos y se fue a dormir, dejando la que considero es la nota de suicidio más efectiva de la historia: "Pardonnez-moi, la vie m'est insupportable". Y contra esas razones, poco más hay que discutir. 



El cuerpo de baile más heterosexual de la historia.


1. Rafaella Carrá

La diva, la indiscutible, la número uno de cualquier lista de italianas que se precie. Ni es morena, ni tetuda, pero la Carrá ha sabido rodearse de un ambiente de verbena kitsch que resume mejor que nada el espíritu de fiesta que admiramos a nuestros vecinos italianos. Hay muchas razonas para amarla, que aquí quiero reducir a tres: nadie ha tenido un cuerpo de baile tan gay como el suyo, nadie tiene canciones tan perfectas para coronar una borrachera y nadie puede hacer esos movimientos de cabeza sin joderse las cervicales. Rafaella, te queremos, y no hay más que hablar. 

29 marzo, 2013

Animalidades


Ella es consciente de su superioridad. 

Para aquellos que están habituados a mi carácter poco afable, suele resultar una sorpresa el ir paseando por la calle y que la visión de mamíferos de cuatro patas -suelen ser gatos y perros, pero admito con entusiasmo otras especies menos favorecidas por los caprichosos gustos humanos- me convierta en un loca cursi que empieza a hablar con voz aguda y de deshace en prodigalidades hacia el bicho en cuestión. A menudo se me ha señalado que este amor desmesurado hacia los bichos contrasta con mi desmesurado odio hacia la humanidad. Es posible que no hiciera falta, pero este post quiere confirmar las sospechas y plantear una justificación lo menos racional posible al respecto, así como sublimar mis naturales impulsos de llenar el muro de Facebook con fotos de mis gatos.
Vayamos por partes: sí, me gustan los bichos. Me caen bien los mamíferos que no hablan, en general. Me gusta su mirada leal (perros) o despreciativa (mis gatos), me gusta, si son salvajes, que rehuyan tu humana y a menudo molesta presencia. Qué quieren que les diga, pero yo a menudo me siento identificada. 
No quiero, sin embargo, que se equivoquen: no soy una hippie abraza-árboles que cree que los antibióticos son veneno, ni que comer carne sea delito, ni que separar la basura orgánica del resto es una cuestión de vida o muerte. Mi perspectiva sobre la ecología difiere de Greenpeace, básicamente en lo que concierne a la peace, puesto que, como dice mi tía March, la postura más ecológica del mundo consiste en defender la total aniquilación de la raza humana. 
Así que amor a los animales, efectivamente, está íntimamente relacionado con mi desprecio hacia la gente: un bicho no te decepciona, no te explota (bueno, mis gatos sí), no expresa su opinión pensando en que a mí debe importarme, no conoce la hipocresía y no ha inventado cosas como instagram, los cupcakes o la lechuga iceberg. Así que, efectivamente, cuándo se me indica con cierto espíritu crítico que me gustan más los animales que los humanos, la respuesta es sí, y cuánto mayor sea el tono de reproche de mi interlocutor, en mayor grado consideraré su estulticia. 

Ésta es la cara de desprecio a la que me refería.

25 enero, 2013

5 mitos que nadie te contó sobre París

Para el que creyese que mi estancia en París se iba a convertir en una fértil crónica sobre la capital del siglo XIX, siento decepcionarlo. Para eso pueden leer a Hemingway y Henry Miller y ver la película de turno de Woody Allen. En todos esos textos encontrarán los tópicos que buscan sobre la ciudad, amén de múltiples descarríos machistas que satisfarán de sobra sus expectativas. Sin embargo, yo he venido aquí a hablar de mi libro, a realizar mis habituales despotricaciones lapidarias sobre el país vecino, y de paso, elevar un tanto la moral nacional propia. Olviden por un momento que París es más limpio, que los franceses son más educados y que su educación pública no es un asco, e inflámense de espíritu nacional, tan Spanish style, que nos recorre cada vez que oímos las miserias del vecino. Porque ahí van cinco cosas que nadie les habrá contado de París, seguramente, porque tampoco le han importado jamás.


Cuando oigo La Marseillase me entran ganas de ser francesa.


1. La burocracia. 
Si pensabas, joven parado español [inserte aquí su identificación nacional], que el vuelva usted mañana era una cuestión patria, y que esto-en-Europa-no-pasa, estás totalmente equivocado. La burocracia francesa está diseñada por una mente claramente psicópata destinada a minar la moral de los más débiles. Especialmente si no hablas bien francés. Estoy hablando de un lugar en el que, para que te acepten en una residencia, debes entregar una attestation sus l'honneur en el que prometes por tu honor que tienes dinero suficiente para pagar. También les encantan los certificados médicos: para la vida colectiva, para el deporte, para la música. A un compañero mío contrabajista le pidieron uno para matricularse en el conservatorio. Así son ellos. 

2. Aunque vivas en París, no eres parisino
No te engañes. No lo serás jamás. Lo parisinos son una gente muy suya, odiada por el resto de franceses, que consideran que París abarca sólo un puñado de barrios en los que jamás podrás pagarte un piso. Tampoco te creas que por salir de fiesta por la Rue Mouffetard, el Marais y Châtelet ya has cumplido el acto épico-bohemio de la vida parisina y emulado a tus ídolos literarios. Primero de todo, cambia de ídolos literarios. Segundo, ¿tú has visto algún catalán comiendo en las Ramblas alguna vez? Pues tampoco verás a un francés cerca de Notre Dame. Tampoco conocerás a ninguno, porque no te dirigirán la palabra. 

3. En Francia hay trabajo
Claro que hay trabajo, para ti, joven español emigrante. De canguro y limpiasuelos encontrarás todo el que quieras. Olvídate de cualquier otra cosa sin no hablas un francés perfecto. Y no, hablando catalán no se habla automática francés. Creédme. En París, Europa acaba en los Pirineos, o incluso antes. 

4. Los inventores de las libertades
No hace falta ser un pedante insoportable que ha leído a Lyotard para saber que el asunto la modernidad con la que nos alumbraron nuestros amigos franceses tiene unos cuantos peligros. A pesar del amor que le tienen a su République y sus Lumières, en pocos sitios he visto tanta xenofobia y conservadurismo como  París. Miento, quizá en Vic. Poca gente sabe, por ejemplo, sabe que en el país de la Revolución Francesa los gays tienen prohibido donar sangre.

5. Las buhardillas
El mito del artista en la buhardilla es, en cierto modo, bastante real. Pero no tanto porque sean lugares de inspiración literaria mágica, sino porque solían ser las habitaciones más baratas. De hecho, buscar piso en París es un infierno en el que puedes encontrar agujeros de diez metros cuadrados por más de mil euros al mes. Las buhardillas suelen ser habitaciones pequeñas, situadas en pisos altos sin ascensor, en edificios antiguos viejos en los que, por mucha vida bohemia que uno tenga en mente, puede ser un horror vivir. París está lleno de ese tipo de edificios, y aún así la demanda supera con creces a la oferta de tal modo que el gobierno francés ofrece ayudas al alojamiento de entre cien y dos cientos euros de forma casi automática a estudiantes y trabajadores para pagar el alquiler. Leer a Henry Miller es fantástico, pero tú, seguramente, no escribes como él. Tampoco tienes que sufrir igual.



Pero ellos tienen a Edith Piaf.