22 diciembre, 2011

Felicitación navideña


 Le couchon danseur* et moi les deseamos felices fiestas y un próspero año nuevo**



* Todos tenemos un mono con platillos en la cabeza a lo Homer Simpson en algún momento de nuestras vidas. Yo tengo al entrañable couchon, en demasiados momentos.

** Con "próspero" entiéndase "no pasar hambre", petición más que razonable con la que está cayendo. 

19 noviembre, 2011

Divina Sarah Bernhardt


Un día, leyendo la página en que Flaubert pinta a Salambó vestida de una tela desconocida, Sarah exclamó: “¡Yo quiero una igual!”. Al cabo de algunas semanas, la tela existía. Ella misma la había formado; ella misma la había ideado. ¿Sabéis cómo? Jean Lorrain va a explicárnoslo: “La trágica —dice— me reveló la metamorfosis de su terciopelo color de hortensia marchita con reglejos azulados, ese terciopelo que parece una ilusión. Para lograr sus matices, tuvo la idea de hacer macerar a martillazos una pieza de terciopelo de Venecia color rosa auroral y luego la sometió a fumigaciones de azufre y de azafrán para darle un tinte nunca visto. Sobre ese tinte, un dibujante ha trazado arabescos y flores de ensueño, animales heráldicos y sombra perversas, con un vaporizador especial.

Enrique Gómez Carrillo, Psicología de la moda femenina, 1907. 

09 noviembre, 2011

México revisited

Llevo dos semanas en México. Vuelvo a la madre patria en breve, y podría haber escrito un estupendo diario de viaje: sobre los retornos a lugares que (casi) se sienten de una, acerca de volver a ver a los viejos amigos, de hacerlos nuevos, o del descubrir, de forma poco cosmopolita, lo mucha que una echa de menos su sofá y sus gatos. Quién sabe, visto el percal del investigador patrio, pudiera ser que en unos años los gatos y yo acabáramos adoptando la nacionalidad mexicana (chilanga hasta la médula, eso sí, nada de provincianismos, por mucho que adore mis poblanos).
De cualquier modo, andaba pensando que el blog hubiera debido ser actualizado dignamente, pero es que no ha sido como la primera vez: en esta ocasión me he dado el placer de volver al lugar ya conocido, sin la prisa por hacer de turista: museos y edificios emblemáticos ya están vistos, y el mayor gusto de todos ha sido el de sentarme a tomar cervezas en mi terraza favorita de Coyoacán, sobrándome los veinte millones restantes de habitantes del DF. Sin revelaciones, ni apasionamientos especiales... solamente una relación que se hace duradera, a fuerza de nostalgias, de distancias y de reencuentros. De México ya no estoy enamorada, es algo mejor: empiezo a sentirme como en casa. Y sabe la Virgen de Guadalupe que volveré, tarde o temprano.
Otra cosa que tiene México es que cada vez que vengo, me da por escuchar rancheras. Porque es un verdadero placer que el DF me espere en el lugar de siempre, con la misma canción, y con la misma gente.


03 julio, 2011

¿Quién dijo cyborg?

Hace calor, es domingo y no tengo otra cosa mejor que hacer que preparar una sesión de un curso de verano en la que me tendré que dedicar a convencer a sus asistentes sobre las maravillas de la artificialidad, el consumo y las siempre conflictivas relaciones que mantienen con el género femenino. Ah, claro, y todo esto contextualizado a finales del siglo XIX, que, total, ya lo habían inventado antes. Como siempre. 
Dejando de lado mi opinión sobre los cursos de verano (en serio, hace calor, además de que valen una pasta y su idiosincrasia no permite profundizar mucho en ningún tema) el asunto siempre me ha interesado y lo he trabajado desde varios frentes en muchas ocasiones. Normalmente la gente suele ponerse de los nervios al encontrarse a una feminista extraña como servidora que les habla del consumo como algo estupendo y divertido que permitía a un montón de señoras del siglo pasado construirse a través de los esplendores de la artificialidad. Supongo que si yo me viera desde fuera también me encontraría rara. Claro que todavía alucinan más cuando ven a mi Guía Espiritual decir que Cindy Sherman es un mal plagio de la Condesa de Castiglione, y que Lady Gaga no ha hecho nada que no hubiera hecho en su día Sarah Bernhardt.
Pero a lo que iba, en realidad, todo esto viene motivado porque preparando el power point, me he ido encontrando unas imágenes que demuestran, one more time, que no hace falta pensar en postmodernos tecnohumanos cuando leemos a Donna Haraway, sino que el asunto de la articialidad y las intervenciones tecnológicas sobre el cuerpo son algo que forma parte de la propia noción de cuerpo. 



Finales del XIX. Las imágenes son una muestra de dos de los muchos anuncios en prensa que anunciaban productos para mejorar el pecho femenino. Ni cirugía estética ni leches. Electricidad. Pastillas. Lo de la electricidad es algo especialmente fascinante, ya que los finiseculares la usaban tanto para curar la locura como para ponerle a una tetas nuevas. A lo que quiero llegar con esto es a la conclusión de siempre: la postmodernidad ya existía hace cien años. Porque al ver estas imágenes no puedo evitar, primero, acordarme de Nip/Tuck y lo mucho que echo de menos al Dr. Troy. Segundo, volver a la idea de que cyborgs somos todos (ponerle música kumbayá y cantar agarrados de las manos) y que por lo tanto un cyborg no es un robocop, sino cualquier cuerpo que aspira a ser algo más que un filete. Tercero, en realidad todo este post es una excusa para colgar imágenes frikilológicas que me fascinan, porque yo me voy a inclinar más en el curso hacia las señoras en pantalones y las señoras desnudas. De hecho, a ellas me las guardo para el próximo post, porque entre mi regularidad actualizando y este estúpido calor, las voy a necesitar. 
Les invitaría a todos a venir al curso, pero por lo visto la UAB, en su siempre acogedora política de hacer caja, me ha puesto problemas para traer gente que no haya soltado el dineral que vale el curso. Así, que, en todo caso, invitaré a beber a todo el que se persone después, prometiendo a cualquier interesado que puedo improvisar gratis y en versión cerveza-en-la-mano-cigarro-en-la-otra la misma conferencia, seguramente en una versión bastante mejorada. 

05 junio, 2011

Fe de erratas

Como recitificar es de sabias, y yo aspiro a que el sistema académico me ratifique como tal, debo decir en aras de la verdad ficción que servidora, quien en el anterior post bramó en contra de Ortega y Gasset y sus discípulos, descubrió hace poco que citaba con fruicción al mismo en nada más y nada menos que un comentario de texto de último año de carrera sobre la novela del XIX. 
Todo vino por culpa de un acto de fe de relectura de una serie de exámenes y ejercicios que hice en mi último año de carrera. Nuestra querida Montse Amores, que nos tenía por alumnas aventajadas, tuvo a bien a retornarnos hace poco a mi señora compañera de piso y a mí toda la producción que con sangre, sudor y lágrimas le ofrecimos en una asignatura de narrativa del XIX que cursamos el último año de nuestras malogradas carreras. Obviamente, releer lo que decía sobre el XIX en el (in)feliz tiempo que no sabía que me iba a dedicar a ello era un acto demasiado obsceno para pasarlo de largo. Así que la citada Sra. de Bringas y yo nos pusimos manos a la obra, previa ingesta de una botella de vino, y cuál fue nuestra sorpresa al descubrir que nuestro nivel de pedantería en cuarto de carrera rozaba lo insoportable. 
A lo que iba, dentro de mis insulsas reflexiones sobre la formación de la novela decimonónica, descubrí con horror que citaba una y otra vez las Meditaciones del El Quijote con ánimo de demostrar, supongo, mi vasta cultura y el amplio dominio de la intertextualidad que creía poseer. Curiosamente, eso me lleva a dos reflexiones: la primera, que hacerse mayor implica adquirir la escalofriante conciencia de saber que en el pasado fuiste una pimpina, con la escalofriante sospecha de que en un futuro pensaré lo mismo sobre el presente. La segunda, que hoy en día sigo haciendo lo mismo, pero con más gracia: fingir que se sabe más de lo que realmente se sabe, a través del excelso arte de la nota al pie de página. Y eso, señores y señoras, se llama tesis doctoral. Así que cuando mis alumnos me vuelvan a citar con fruicción a Ortega y Gasset, no me quedará otra esperanza que la de pensar que en un futuro quizá lleguen a ser concientes de su pedantería. Y eso, para los tiempo que corren, ya es mucho optimismo. 

06 mayo, 2011

La culpa de todo la tienen los vanguardistas


Con esta frase resumía mi hermana del alma (y de piso) el estupor que me generan ciertos sujetos subculturales, o quizá demasiado culturales, en la peor acepción del término, entre cuyos ejemplares se encuentran varios de mis alumnos. Me explicaré: la docencia es un mundo maravilloso en el que una llega a clase con la intención de explicarle a sus alumnos -que presupone jóvenes de su tiempo- que hay ciertos conceptos como los de autor, alta cultura y canon literario que no están tan claros como parecen. Es ese mismo mundo maravilloso en el que servidora descubre que sus alumnos tienen las mismas ideas que ostenta el más rancio de los filólogos. Y de ahí la reflexión que pronunció mi hermana del alma y que da título a este post. Porque aunque el mundo gafapastil se crea ultramoderno, resulta que no son más modernos que el señor Ortega y Gasset -al cual me citan con bastante fruicción, por cierto- y que es uno de los principales responsables de ciertas tonterías construidas alrededor de las élites literarias y el experimentalismo novelesco. Dado mi conocimiento, más o menos extenso, del modo en que los textos pululaban antes de que viniera la generación del 27 a joder las cosas, debo decir:

- Que Ortega y Gasset fue un señor cansino que presuponía la literatura como un arte experimental e igual de cansino que él solo apto para unos pocos. 
- Que antes de la generación del 27 los escritores publicaban alegremente en revistas pornográficas, y encima se vanagloriaban de ello. 
- Que Cernuda es un pesado, y no me convencerán de lo contrario. 


Dicho esto, voy al asunto que me ocupa. Los presupuestos de Ortega y de los escritores que pululaban a su alrededor pueden entenderse como una especie de origen nefasto del producto gafapastil cultureta que Barcelona fomenta especialmente. Se trata de sujetos que están convencidos de su supremacía intelectual y que son capaces de citar en una misma frase a Goddard, a la Nocilla Generation y a Derrida sin que se les caiga la cara de vergüenza. Tienen sus propios templos, como el CCCB, la librería Central del Raval y la filmoteca. Y a pesar de enorgullecerse de leer a Wittgenstein y a Proust no son capaces de pensar en el rídiculo lugar que ocupan en un sistema cultural que los ha convertido en una parodia de sí mismos, y que obviamente se aprovecha de su estupidez supina para lograr que se dejen el sueldo en el Fnac comprando las cinematografía completa de Ingar Bergman. Y de todo eso, queridos, tienen la culpa los vanguardistas: porque fue la generación del 27 (si es que existe tal cosa), la que empezó a hablar de un arte alejado de las masas. De hecho, fue la que se inventó el concepto de "masa"; eso sí, mientras jugaban a fascinarse y crear una mitología de la masa misma. Lo que hizo Lorca con los gitanos es lo mismo que hacen determinados payasos con la fascinación por algunos productos televisivos cuya visión y admiración pueden catalogarla con etiquetas que oscilan entre la ironía y el culto. Como bien me hizo ver mi Guía Espiritual (la cual también iría a mearse en la tumba de Ortega con sumo gusto), ¿por qué True Blood sí y Crepúsculo no? Una cuestión con la que disfruto bastante poniendo nerviosos a mis alumnos... e incluso a mí misma. Volviendo al sujeto gafapastil, díscipulo trasnochado de Ortega sin que él lo sepa (no son TAN cultos como quieren hacer creer), he llegado a la conclusión de que ya he soportado a demasiados. Al próximo que me hable de Kieslowski, le contesto algo sobre la epistemología del héroe postmoderno según los estudios de género encarnado en Belén Esteban. Claro que al igual lo consideran un rasgo de ironía kitsch contemporánea. Estoy jodida.

Nota para navegantes: al final mis alumnos sí entendieron ciertas nebulosas; son unas cabecitas pensantes divertídisimas, pero la docencia es lo que tiene, me hace perder y recuperar la fe en la humanidad de forma simultánea. Cosa que ya es mucho más de lo que se puede decir del resto de actividades de mi vida diaria. Y para que quede constancia, dejo un video fantástico -localizado gracias a un alumno- que explica ciertas cosa sobre la alta cultura mejor de lo que lo hecho yo en mis clases. Bueno... mejor, no. Yo tengo la gracia de la performance.

24 abril, 2011

¿De qué país viene el jamón del país?

 

Obviamente del país de los jamones infectos. Con esta reflexión que me hacía ayer respecto a la vida y milagros de los jamones (malos), alguien me recordó amablamente que llevaba demasiado tiempo sin actualizar: el título de la última entrada actuaba sin piedad como un dedo acusador que me recordaba mi desidia bloguera. Lo prometido es deuda, y le he regalado al mundo mi brillante reflexión sobre ese tipo de jamón nauseabundo que venden hasta en las gasolineras y que ni siquiera sirve para sustuir la suela de mi zapato. Me acusarán algunos que con la que está cayendo allá fuera no debería andar haciendo apologías de las delicias del embutido ibérico, acusaciones que augmentarán por parte de aquellos que conozcan de primera mano mi exigua nómina de becaria. Y sin embargo, aquellos que me  tratan saben también lo muy en serio que me tomo yo el lujo y la frivolidad, que mi gato no se llama Isidoro Rufete por afán de extravangancia, no señor. Al menos no sólo por eso. El insigne apellido de mi hermoso minino hace honor a Isidora Rufete, protagonista galdosiana de La desheredada (1881) y de mi trabajo final de máster. Si bien es cierto que a día de hoy mi opinión en contra de seguir haciendo trabajos de investigación de Galdós está más que arraigada, debo reconocer que mi admiración por ciertas heroínas decimonónicas -que no por los cansinos de su crítica- no termina de decaer. Básicamente, Isidora Rufete me atrae porque está convencida de que es una aristócrata, y decide vivir como tal a pesar de una insidiosa realidad en la que la falta de dinero y de título nobiliario se empeña en demostrarle lo contrario. 


Más o menos, viene a ser lo que yo, que antes me dejo arrancar la cabeza  que comprar el mal llamado jamón del país, a pesar de que mi nómina se empeñe en recordarme cada mes mi molesta falta de sangre azul. Además, el consumo levanta el país, por lo que estoy segura que mis intentos de vivir por encima de mis posibilidades ayudan a reactivar la economía, cosa que nadie me agradecerá nunca. Putadas de no haber  nacido duquesa, aunque haya por ahí unos cuantos macumbas que amablemente así me apoden. Aristócrata o no, el aprender a morir con las joyas puestas como Santa Catalina no es algo con lo que nace. Que se lo digan a Isidora Rufete, que terminó metida a puta, una salida muy digna tanto para heroínas del XIX como para becarias precarias como una servidora. 


Y para compensar el discurso sobre cuestiones tan pedestres como el jamón y mi falta de sangre azul, dejo tres imágenes de una auténtica Duquesa, Violet Lindsay Manners, Duquesa de Rutland (1856-1937), aristócrata finisecular como dios manda, diletante como dios manda y dedicada en cuerpo y alma a la ajetrada vida de ser aristócrata. Como dios manda.

08 marzo, 2011

Feliz ocho de marzo

Porque cuando una se dedica a lo que se dedica, tampoco está de más recordar que otras no pudieron acceder a los placeres de tener que sorportar un montón de intelecualidades masculinas que te tratan con condescendencia por ser joven y ser mujer. Y es que las maravillas de ser una becaria que además intenta buenamente hacer estudios de género son infinitas. En homenaje a las señoras sufragistas con las que en realidad tengo una relación un tanto problemática, resumiré mis motivos para seguir dedicándome en cuerpo y alma al feminismo:

1. Idiotas que me dicen que están en contra del feminismo porque no creen que la mujer sea superior al hombre, evidenciando una ignorancia temeraria sobre lo que significan los estudios de género. 

2. Catedráticos que le preguntan a mi Guía Espiritual cuándo leerá la tesis, porque en sus estrechas mentes es imposible asumir la idea de que una mujer que viste botas militares sea doctora. Algún día esas botas pisotearán cabezas, yo lo sé.

3. Mentes obtusas que se quejan de que el feminismo es una moda académica, o hablan de ello sin haber leído en su vida nada a lo que se le pueda llamar estudios de género.

4. Mentes todavía más obtusas que me alertan de que los estudios de género solo se ocupan de la mujer.

5. Todos aquellos que leen a Harold Bloom, y se lo creen. 

6. Catedráticos que, no lo olviden, son un sueldo de muchos miles de euros con patas, me miran con cara de nada cuando menciono a Judith Butler o cualquier teórica feminista de la que no han oído hablar. O de la cual han oído hablar mal (véase punto 3).

7. Subnormales que usan el término "literatura de mujeres". 

8. Catedráticos -remito al punto seis sobre su sueldo- que me han confesado orgullosos que a pesar del feminismo ellos consideran un signo de respeto abrirme la puerta cuando entro en cualquier lugar. 

9. Feministas folclóricas que se creen que el mundo es una útero gigante y llaman "copa lunar" a un tapón antihigiénico que por decoro no voy a decir para qué sirve. Busquen, busquen en google.

10. Profesores de universidad que me han comparado el santo grial con una vagina (sí, lo he vivido).

HE DICHO.


02 marzo, 2011

Emborráchate, Lili Marleen


Ignorante de mí, yo siempre pensé que Lili Marleen pertenecía a Marlene Dietrich por derecho propio, igual que Drácula pertenecerá a Bela Lugosi por mucho que se entrometa Brad Pitt o igual que a mí debería pertenecerme un título nobiliario, y no uno de filóloga. Sin embargo, gracias a mis experimentos docentes una indaga en los textos que ya creía conocer, les da la vuelta y termina metida en un viaje por youtube que, aunque jamás evitará que siga arrodillada a los pies de la Dietrich por toda la eternidad (que me perdonen la Castiglione y la Bernhardt), te hace descubrir unos doscientas reescrituras de ese personaje abstracto, militar y antaño fascistoide llamado Lili Marleen.
Los que me conocen ya saben lo que me gusta a mí una versión musical. Digo versión, no atentando musical al estilo de Operación Triunfo. Bien lo saben en Salamanca, por donde ronda una grabación de un programa de Radio Universidad que espero que nunca cruce el Tormes y en el que me dedico a plasmar mis obsesiones con las reescrituras musicales. Bien lo sabe también mi querida Fortu, custodia de ese documento inédito, que además de enseñarme a leer a Cervantes me enseñó mucho de la vida y más todavía de música. Pero a lo que iba, la cuestión es que una se topa con viejos textos que se repiten  y que se reactualizan. Puede ser por el fondo marcial que siempre tuvo la canción, que se renueva con mi admiración in crescendo a cualquier sistema jerárquico que se precie; puede ser porque me trae recuerdos salmantinos o quizá simplemente porque, como la versión de Interterror, este fin de semana pienso emular a la Lili Marleen más punki de todas. La cuestión es que no me resisto aquí a poner mis versiones preferidas. 
Un primer lugar y encabezando la lista por derecho propio, dispuesta a bailar sobre la tumba de Audrey Hepburn, mi querida, amada e idolatrada Marleen Dietrich. Que a diferencia de lo que cree mi santa madre, estuvo lejos de apoyar a Hitler: a pesar de ser alemana, se nacionalizó estadounidense pronto, llegando incluso a cantarle a las tropas americanas durante la II Guerra Mundial. A quién le importa, la Dietrich es divina, además de ser una imagen reapropiada últimamente por las estudios gays. Marlene, inspirando a las divas y poniendo a las lesbianas desde tiempos inmemoriales:



Como la ubicuidad de los textos es una cosa maravillosa, paseando por youtube encontré una versión que, si bien prescinde del glamour y la sexualidad equívoca de la Dietrich, entronca sin embargo con otro de mis poemas favoritos. Y es que los punkis son gente que versionan sin pudor cualquier cosa que le eches por delante y además, lo hacen bien, llevándome a la conclusión que frente a tanto poeta petardo que ronda por esos mundos de dios, los punkis son una gente que sabe leer los textos mejor que muchos presuntos postmodernos.



Embórrachate, Lili Marleen, podría ser el lema de algunas de mis noches, pero también podría serlo del poema de Jaime Gil de Biedma con el que termina la entrada. Porque la Lili Marleen de Interterror y la de Biedma son la misma, una prostituta envejecida y medio loca que ronda por un Berlín decadente. Y porque yo sé, dado mi morboso interés por los personajes locos de la tradición occidental, que podría ser yo la que terminara acodada en la barra del bar y jugueteando con un guante negro que pasó mejores épocas. De terciopelo, eso sí. Y es que me hago mayor.

Ruinas del tercer reich
Todo pasó como él imaginara,
allá en el frente de Smolensk.
Y tú has envejecido -aunque sonrías
wie einst, Lili Marlen.
            
Nimbado por la niebla, igual que entonces,
surge ante mí tu rostro encantador
contra un fondo de carros de combate
y de cruces gamadas en la Place Vendôme.
            
En la barra del bar -ante una copa-
plantada como cimbel,
obscenamente tú sonríes.
A quién, Lili Marlen?
            
Por los rusos vencido y por los años,
aún el irritado corazón
te pide guerra. Y en las horas últimas
de soledad y alcohol,
            
enfurecida y flaca, con las uñas
destrozas el pespunte de tu guante negro,
tu viejo guante de manopla negro
con que al partir dijiste adiós.