19 octubre, 2010

La cosa va de miradas

Acabo de darme cuenta que hace dos meses que no actualizo el blog. Y sí, tengo trabajo acumulado, no tengo tiempo, y estoy localizando todos los barrancos de la UAB para tirarme por ellos. La excusa ante la obscena falta de actualizaciones blogueras se está convirtiendo ya en un género manido. Y como sigo yendo con el tiempo detrás, me excusarán que me limite a dejarles un poema nónico que no tiene desperdicio. Lo siento por mi madre, que a veces entra a leerme y me reprocha que no escriba nunca, cito textualmente, cosas normales. Tendré que pensar en un post comprensible para el día de la madre. Supongo que tengo tiempo de aquí a mayo, o no.
Lo dicho, cumpliendo con mi misión de sacar a la luz toda cosa rara del siglo pasado que me encuentro por las bibliotecas del mundo (quien dice mundo, dice Barcelona)  copio un poema perdido que encontré en una antología de 1891. Todo el mundo la cita mal, aunque en realidad quizá tampoco importe. Hale, en exclusiva primicia nunca antes colgada en red.




EL OJO HUMANO

Esas cejas simétricas, iguales, 
no son más que eminencias transversales
en donde el vello brota
para impedir, con admirable acierto,
que del sudor la corrosiva gota
pueda escurrir y ciegue el ojo, abierto.
Y esa pupila juvenil y viva
que de pronto se apaga o resplandece,
y alegre o amorosa o pensativa
brilla, se borra, fluye, 
baja, se eleva, torna, desaparece,
viene y va, llora y ríe, gira y huye...
¡A tu examen la entrego!
¡Esa movilidad maravillosa
es, no más, de seis músculos el juego!
Mira el globo del ojo, ese puñado
de materia nerviosa...
¡Y no un sol en las cuencas encerrado!
Aquí en mitad de estas blancuras,
de la córnea el esférico casquete...
¡Dióptrico juguete... 
no estrella viva, como tú aseguras!
A tu mente romántica y lozana
esto parecerá tosco y prosaico...
Pero aguarda, y contempla esa membrana
que semeja un mosaico:
es la retina humana.
¡Mira qué pequeñez y qué grandeza!
Y mira como encaja en la retina
el misterioso nervio que termina
en donde el alma empieza.

Gonzalo de Castro, Dédalo: poesías, Madrid: Impresiones y Timbrador de R. González, 1891

Que la obsesión de los finiseculares por la mirada llega a límites insospechados es algo que mi Guía Espiritual sabe muy bien. Problemas tuvieron cuando se pusieron a analizar dónde terminaba el nervio y empezaba el alma, pobrecicos, terminaron todos locos: Baraduc empezó retratando la enfermedad y decidió que era más interesante fotografiar el aura, Lombroso consultaba a una  medium y  a acabó escribiendo sobre espiritismo e incluso mi querido Llanas Aguilaniedo terminó más ido que una cabra. Afortunadamente, señoras como la Condesa de Castiglione, en la imagen, tenían muy claro que todo se trataba de un juego y que era cuestión de posar, sonreír y por supuesto, mirar a la cámara.