24 marzo, 2010

Augustine, mon amour

Siguiendo con la serie de locas de la historia que nunca seré, pero como las que podría terminar, hoy le toca el turno a mi querida, adorada y anunciada Augustine. Augustine no tiene apellidos, a veces ni tiene nombre, porque debajo de su imagen sólo aparece una X. Pero Augustine fue la estrella del hospital psiquiátrico más famoso del siglo XIX, el hospital de enfermedades mentales de la Salpêtriere. Ingresó con quince años acusando una parálisis del brazo y se convirtió en la musa de Charcot, un psiquiatra de fines de siglo pasado que dedicó toda su vida investigar la histeria, o más bien a inventársela. Charcot fue el maestro de Freud, y aunque nadie se acuerde de él, aprovecho para darles un consejo: cuando alguien diga que Freud revolucionó la psiquiatría del siglo XX está mintiendo. La psiquiatría del siglo XX  la revolucionó el siglo XIX, como todo en esta vida.


Pero volvamos a Augustine y a Charcot. La histeria, enfermedad decimonónica por excelencia, era un acto de teatralidad que a Charcot le vino divinamente para sus lecciones de los martes. En ellas sacaba sus enfermas más representativas y les provocaba ataques cuya escenificación era más que sospechosa, además de muy recurrente. Iconografía religiosa, poses de reinas de teatros... el agradecido cuerpo de las histéricas se ajusta a todo lo que pidan. Entre el elenco de enfermas más exhibidas figuraba como reina indiscutible Augustine, alumna aventajada que podía llegar a ¿sufrir? decenas de ataques en un solo día. Lolita adolescente que tenía obsesionado a Charcot, llegando a preguntarse algunos historiadores de la medicina si el médico terminó enamorado de la paciente. Claro está que, en general, algunos historiadores de la medicina deberían comerse sin aliñar las obras completas de Foucault para empezar a decir cosas interesantes. Es bastante sencillo: la mirada médica vigila. La mirada que vigila también desea. Por eso son tan bellas. Y ahí queda todo. Charcot usaba a Augustine para escribir la histeria, Augustine, amén de drogada, sujeta y maltratada, cumplía con lo que pedía su médico y de este modo evitaba la reclusión en el pabellón de las incurables. A la enferma se le recompensó por su conducta de alumna ejemplar ofreciéndole algunas ventajas, tal y como demuestran algunas fotos en las que viste el uniforme de las asistentes.


La mirada médica del XIX sueña con el control total de los cuerpo femeninos: sea en forma de hermosos cadáveres, como comentaba hace unas semanas, de autómatas, de histéricas o de actrices. Obviamente, la cosa les salió mal por diversos lados: los cadáveres se pueden convertir en zombis, la maquina autómata se rebela y la actriz termina arruinando a todos sus amantes. En cuanto a la histérica, no deja de ser significativo que Augustine acabara fugándose del hospital vestida de hombre. Según narran sus médicos, hubo un primer intento fallido que finalmente tuvo éxito a los pocos días. Que se escapara de la Salpêtrière vestida de hombre y que no se la vuelva a mencionar demuestra una vez más como algunos textos médicos son infinitamente más literarios que muchas novelas plomizas. ¡Ay Augustine! No habrá otra celebrity frenopática como lo fuiste tú.


Nota: las imágenes están sacadas de la Iconographie photographique de la Salpêtrière. Debo amor eterno a los artífices de su digitalización. Casi toda la información relatada está extraída del libro de Didi-Huberman, La invención de la histeria: Charcot y la iconografía fotográfica de la Salpêtrière, de feliz y reciente traducción en Cátedra. 

03 marzo, 2010

Más tiros. Menos burocracia.

Amy Bishop Anderson. Recuerden este nombre porque, además de haberse hecho un hueco en la larga historia de las matanzas estadounidenses, esta mujer acaba de inaugurar una tradición que, creo yo, va a ser amplia y fructífera. Esa mujer de ahí arriba ha sido condenada por los medios de comunicación, lo será pronto por un juez y seguramente terminará sus días frita en la silla eléctrica. Consecuencias normales cuando una se presenta armada en la reunión de departamento y se lia a tiros con sus colegas. Sin embargo, todos estamos equivocados. Esa mujer es una heroína visionaria. Puede que algo tarada, pero eso en todo caso le añade heroicidad, en vez de restársela. Antes de que empiecen a considerarme la nueva Amy Bishop española -en su blog profirió amenazas diversas y admiración hacia asesinos psicópatas, dirán los periódicos algún día- déjenme explicarme. Mis andanzas por el mundo académico me han llevado a la conclusión (y no sólo a mí) que, teniendo en cuenta el grado de alienación al que la universidad puede llegar a someter a un investigador, lo más extraño es, de hecho, que haya tan pocas matanzas como la performada por la Bishop. Tomemos el caso de esta buena señora. Imagínense que ustedes han pasado los últimos veinte años de su vida formándose e investigando para llegar a ser los mejores en su campo. Privaciones, becas míseras, sueldos más míseros, aguante de imbéciles para lograr una publicación, un congreso, otro dato en el currículum, vacaciones escasas. Sin embargo, su intento no ha sido en vano: se ha doctorado en Harvard, la comunidad científica la respeta y se ha convertido en una reputada neuróloga con una amplia trayectoria. Claro, se lo merece. Ahora resulta que, por motivos X, usted debe obtener una plaza de titular en una universidad casposa de Alabama. Recuerde, usted estudió en Harvard, estamos hablando de Alabama. De repente, le comunican que, por oscuros motivos poco académicos -pues es imposible que se deba a motivos de currículum, insisto en lo de "Alabama"- le comunican que no le van a renovar la plaza. Cualquiera de nosotros pensaría en agarrar una escopeta (o sus variantes en forma de motosierra, lanzallamas o granada de mano) y liarse a tiros con esa panda de mediocres que ocupan los despachos adyacentes. Yo misma llevo meses pensando en irrumpir en el AGAUR cargada de dinamita, mientras que las fantasías motosierriles de mi Guía Espiritual son ya un clásico en el imaginario colectivo. La única diferencia con Amy Bishop es que ella sí lo hizo, apuntando concienzudamente a las cabezas de sus ya ex compañeros de despacho con un revólver de 9 mm. 

Sí, queridos, Amy Bishop me fascina tanto como los criminales, locos y degenerados del XIX. Y su envidiable acción no deja de ser una muestra de que las teorías lombrosianas sobre el medio están más en boga que nunca: el mundo académico crea alienación, criminalidad y psicopatías de toda clase. La pregunta que me hago es ¿cuánto tardará en aparecer nuestro psicópata patrio? Porque, no lo duden, la Bishop ha instaurado una tradición que no ha hecho más que empezar: becarios sin beca, doctorandos parias, doctores en paro... dejad las lamentaciones, el alcoholismo, los trabajos de mierda y la diplomacia a un lado. Agarrad lo primero que tengáis a mano y dadle sentido a vuestra existencia. Más tiros. Menos burocracia.