21 diciembre, 2010

Quiero ser santa

Gian Lorenzo Bernini, El éxtasis de Santa Teresa, s. XVII

En estas épocas de recogimiento y buenos deseos, acude a mí, por motivos congresiles que no vienen al caso, un renovado interés por algo que hubiera jurado caía fuera de todo mi interés: la mística. No teman que mi ateísmo recalcitrante no se ha visto afectado por el momento, pero es que una a veces siente tentaciones al finisecular modo: ¿acaso no terminó Huysmans hincando las rodillas ante la cruz? Aunque una duda mucho de que acabe tomando opciones tan radicales, más que nada porque la fe es un don que no poseo, no deja de ser interesante preguntarse por qué toda una patulea de señores decadentes de repente se vio atacada por un fervor que ni Santa Teresa. Yo reconozco que mis hobbies no son preocisamente populares, pero queridos, la mística está de moda. Y es que ya lo decía la Pardo, que el misticismo decadente no dejar de ser una especie de religiosidad invertida. La Pardo, qué grande era y cuánto mataría yo por tomarme un café con ella: una señora católica gallega rodeada de catetos que no tenía problema en decir que Barbey D'Aurevilly era un estupendo creyente, gran escritor y mejor persona. Pero claro, la crítica literaria, que miente más que habla, se limita a decir que mi doña Emilia era una lectora inconsistente y ecléctica (estoy citando literalmente de un artículo cuya referencia me callo). La cosa es que cuando una se topa con montón de gabachos decadentes que, de repente, abrazan la religión como si no hubiera un mañana pues claro, se inquieta. Y es que ya lo dice Bourget, cuando su racional, frío y positivista filósofo de Le Disciple acaba la novela entre lágrimas pensando en un dios que literalmente orina en la boca del positivismo científico: "Tu ne me chercherais pas si tu ne m'havais pas trouvé" [No me hubieras buscado si no pensabas encontrarme]. Bueno quizá literalmente no, pero es que yo soy muy del tremendismo. ¿Y el amado e idolatrado Jean Des Esseintes? El personaje más decadente, citado, manoseado y a menudo sobrevalorado de la literatura de fin de siglo, después de pasar casi cuatrocientas páginas jugando al dandismo y haciendo  unos experimentos sinéstesicos con absenta y opio que para mí los quisiera yo, termina implorando piedad a dios: 
Dans deux jours, je serai à Paris; allons, fit-il, tout est bien fini ; comme un raz de marée, les vagues de la médiocrité humaine montent jusqu'au ciel et elles vont engloutir le refuge dont j'ouvre, malgré moi, les digues. Ah! le courage me fait défaut et le cœur me lève! Seigneur, prenez pitié du chrétien qui doute, de l'incrédule qui voudrait croire, du forçat de la vie qui s'embarque seul, dans la nuit, sous un firmament que n'éclai- rent plus les consolants fanaux du vieil espoir! (Huysmans, À Rebours)
[Dentro de dos días estaré ya en París. Todo se ha terminado; como un maremoto, las olas de la mediocridad humana suben hasta el cielo y van a sepultar el refugio cuyos diques estoy abriendo, muy a pesar mío. ¡Ah! ¡Me falta valor y me duele el alma! Señor, ten piedad de este cristiano que duda, de este incrédulo que quisiera creer, de este galeote de la vida que se embarca, en plena noche, solo, bajo un firmamento que ya no iluminan los daros consoladores de la antigua esperanza!]
Jeanne Mammen, Woman at the Cross, 1908

Y es que de decadentes arrepentidos está el mundo lleno. Ahora, yo me pregunto para mis fueros: ¿arrepentidos? Porque a mí me da, y en eso andaré en los próximos meses, que la línea que separa al satanismo del misticismo es muy delgada. Y es que oponerse al postivismo burgués, tiene mucho que ver con darse a la mística. Porque ahí tenemos a uno de mis personajes favoritos de Emilia Pardo Bazán, Lina Mascareñas -que se llama igual que una salmantina querida a la que irónicamente reubauticé como Fortunata, pero es que los caminos de la onomástica son inescrutables-, una decadente y rica heredera que se dedica a disfrutar de su colección de perlas ante el espejo de su habitación. Tres mediocres amantes y un montón de seda después:
La hórrida erupción brotó con furia. La cara fue presto la de un monstruo. Las moras de las pupilas, de un negro violeta tan intenso, tan fresco, desaparecieron tras el párpado abollonado. [...] Nuevamente percibíla herida en lo secreto del ánimo; y más viva, más cortante, más divinamente dolorosa. [...] Dentro de mí, todo se ilumina. Alrededor, un murmurio musical se alza se alza del suelo abrasado con el calor diurno. No sé dónde me hallo. [...] Venga ignominia, fealdad horrible, dolor, enfermedad, ceguera; venga lo que sea, hiéreme, hazme pedazos... pero no te apartes, quiéreme, acompáñame, porque ya no podría vivir sin ti, sin ti, sin ti...
Y palpitando en mis labios, la queja deliciosa repite, sin pronunciarlo, sin rasgar el aire:
- Dulce Dueño...
¡Ay mi Lina querida! ¿De verdad claudica? Porque yo creo que mi Guía Espiritual tiene razón cuando dice que ciertos arrebatos místicos son rebeliones contra la ordinariez, amén de un proyecto radical de inscripción del propio deseo. Las lecturas obtusas que han hecho de esta novela así parecen demostrarlo. En realidad, no se fíen de casi nada de lo que lean sobre la Pardo Bazán, a no ser que tengan particular interés en aberrarse o en hacer una tesis doctoral. Yo suelo combinar ambos motivos. Y para escandalizar más a algún venerable crítico... ¿no se parece sospechosamente el dolor de Lina a ese "me duele España" de Unamuno sobre el cual se han dicho tantas tonterías? ¿No será que el cuerpo tiene mucho que ver con las crisis espirituales? ¿No tendrá el dolor algo que ver con la crisis de fin de siglo? Reflexiones al respecto próximamente.
Y como los textos son ubicuos y me quedo con la idea de que el misticismo puede ser un proyecto identitario tan subversivo como los devenires perras varios, ahí queda un versión punki que, personalmente, me  da qué pensar.


20 noviembre, 2010

Usted esta aquí


Por aquí rondaré dentro de una semana. Si me ven, invítenme a un trago o péguenme un tiro, habida cuenta de que dudo mucho de que me hinque ante la cruz como Huysmans. Aunque dadas las circunstancias, nunca se sabe. Masas congresiles, allí les espero.

01 noviembre, 2010

Feliz Día de Muertos

Me oyen bien, he dicho Día de Muertos, no Halloween. Castanyada, así escrito en modo catalán, también me vale. Pero para recordar que justo hace un año me paseaba por el país de los aztecas admirando calaveras y comiendo hasta reventar pan de muertos, lo dejaremos así.
 Porque, al fin y al cabo, una ya no tiene edad para descubrir a una panda de críos paseando por el barrio disfrazados. El día que toquen a mi puerta y me pidan truco o trato vislumbro traumas infantiles. Y es que me he descubierto a mí misma criticando a la juventud actual y, horror de los horrores, quedando con loa excompañeras de la carrera para rememorar viejos tiempos: descubrí que estaba mayor cuando nos pusimos a hablar de colchones y de la necesario que es para la espalda un buen descanso. Claro, ayer tuve que ahogar mis penas en moscatel para resarcirme y al día siguiente una vuelve a comprobar, por enésima vez, que ya está mayor. Y que no tiene un colchón de látex.

Nota: la segunda foto la tomé yo misma en Pipopelandia, también conocido como Puebla, el día de los muertos mexicano. Podria haber escrito un hermoso post sobre las calaveras, las tradiciones mexicanas y el pan de muertos mojado en café para desayunar. Pero es que, creo recordar, ya he incidido demasiado en la idea de que estoy mayor.

19 octubre, 2010

La cosa va de miradas

Acabo de darme cuenta que hace dos meses que no actualizo el blog. Y sí, tengo trabajo acumulado, no tengo tiempo, y estoy localizando todos los barrancos de la UAB para tirarme por ellos. La excusa ante la obscena falta de actualizaciones blogueras se está convirtiendo ya en un género manido. Y como sigo yendo con el tiempo detrás, me excusarán que me limite a dejarles un poema nónico que no tiene desperdicio. Lo siento por mi madre, que a veces entra a leerme y me reprocha que no escriba nunca, cito textualmente, cosas normales. Tendré que pensar en un post comprensible para el día de la madre. Supongo que tengo tiempo de aquí a mayo, o no.
Lo dicho, cumpliendo con mi misión de sacar a la luz toda cosa rara del siglo pasado que me encuentro por las bibliotecas del mundo (quien dice mundo, dice Barcelona)  copio un poema perdido que encontré en una antología de 1891. Todo el mundo la cita mal, aunque en realidad quizá tampoco importe. Hale, en exclusiva primicia nunca antes colgada en red.




EL OJO HUMANO

Esas cejas simétricas, iguales, 
no son más que eminencias transversales
en donde el vello brota
para impedir, con admirable acierto,
que del sudor la corrosiva gota
pueda escurrir y ciegue el ojo, abierto.
Y esa pupila juvenil y viva
que de pronto se apaga o resplandece,
y alegre o amorosa o pensativa
brilla, se borra, fluye, 
baja, se eleva, torna, desaparece,
viene y va, llora y ríe, gira y huye...
¡A tu examen la entrego!
¡Esa movilidad maravillosa
es, no más, de seis músculos el juego!
Mira el globo del ojo, ese puñado
de materia nerviosa...
¡Y no un sol en las cuencas encerrado!
Aquí en mitad de estas blancuras,
de la córnea el esférico casquete...
¡Dióptrico juguete... 
no estrella viva, como tú aseguras!
A tu mente romántica y lozana
esto parecerá tosco y prosaico...
Pero aguarda, y contempla esa membrana
que semeja un mosaico:
es la retina humana.
¡Mira qué pequeñez y qué grandeza!
Y mira como encaja en la retina
el misterioso nervio que termina
en donde el alma empieza.

Gonzalo de Castro, Dédalo: poesías, Madrid: Impresiones y Timbrador de R. González, 1891

Que la obsesión de los finiseculares por la mirada llega a límites insospechados es algo que mi Guía Espiritual sabe muy bien. Problemas tuvieron cuando se pusieron a analizar dónde terminaba el nervio y empezaba el alma, pobrecicos, terminaron todos locos: Baraduc empezó retratando la enfermedad y decidió que era más interesante fotografiar el aura, Lombroso consultaba a una  medium y  a acabó escribiendo sobre espiritismo e incluso mi querido Llanas Aguilaniedo terminó más ido que una cabra. Afortunadamente, señoras como la Condesa de Castiglione, en la imagen, tenían muy claro que todo se trataba de un juego y que era cuestión de posar, sonreír y por supuesto, mirar a la cámara.

31 julio, 2010

Jane Austen's Fight Club


Un día de estos me lío y no respondo...


Jane Austen's Fight Club from Keith Paugh on Vimeo.

26 julio, 2010

De mayor quiero ser yaciente


Flor de histeria también me valdría, por tomar las palabras del siempre citado en exceso Rubén Darío. De hecho, el abandono evidente del blog es una evidencia de por qué necesito yacer urgentemente. Una mudanza y el trato habitual con el gremio de profesionales técnicos patrios -destacan albañiles, fontaneros y antenistas- la dejan a una con ganas de emular a la afortunada dama cuya imagen encabeza este texto. Es que el asunto de las mujeres postradas da para mucho. Vale que encarnan una serie de fantasías masculinas harto reprobables sobre la pasividad de los cuerpos femeninos. Vale que he descubierto que Bram Dijkstra es un hombre y eso me ha llevado a cierto estado de shock. Vale que me han dado una beca de investigación, recurso mediante, y eso es para celebrarlo bebiéndose hasta las copas de los árboles. Pero, o quizá debido a ello, a una le quedan ganas de convertirse en un cuerpo postrado en el  nuevo sofá de tres metros de largo y dedicarse a actos de autocontemplación que poco encajan en las veleidades patriarcales del fin de siglo. Me explicaré. La abundancia de imágenes finiseculares de mujeres tiradas por los suelos es escalofriante. Y sí, suelen responder a ciertos miedos de la época sobre el descontrol de los cuerpos. Sin embargo, también actúan como cuerpos maravillosos tan ensimismados consigo mismos, que al final corren el riesgo de terminar ajenos a la mirada masculina que los construye. De eso saben mucho las divas decimonónicas que tanto le gustan a mi guía espiritual, y sobre las que prometo un post en breve.
Pero yo quería hablar de postraciones imposibles. Digo imposibles porque a pesar de que andamos en plena época vacacional y según mi tele todo el mundo está de vacaciones y hace calor (que suerte que me avisen, no vaya a ser que se me ocurriera salir con abrigo de armiño a la calle), yo no lo estoy. Eso es algo que cuesta de transmitir. Que en pleno mes de agosto resida en mi casa y no vaya a trabajar no significa que esté de vacaciones. Significa que estoy trabajando en un entorno no hostil. Y yacer en el sofá leyendo a según que insignes polígrafos españoles no conduce al reposo, sino a la ira. Dicho esto, tampoco entiendo la obsesión que hay en este país por irse de vacaciones en agosto. Meterse en lugares en los que hay más gente de lo habitual nunca fue una de mis actividades de preferencia. En general, la gente nunca ha sido una de mis preferencias. Y, viendo de nuevo a la señorita de arriba, no me digan que no les entran ganas de estirarse en un diván y soñar con que tienen la ropa adecuada para emularla. A mí sí.

07 julio, 2010

Enredada


Pertenezco a un red de redes que utiliza modelos rizomáticos deleuzianos para interactuar virtualmente con un entramado de nódulos sociales, los cuales, a su vez, están insertos en una retícula que se expande sobre una malla de relaciones que tiende a +/- infinito y que promueve la transferencia del conocimiento y la comunicación en un proceso de construcción colectiva. O sea, estoy más sola que la una.


Y, de paso, disculpas por el abandono del blog.

15 mayo, 2010

Cátedra de estudios aberrantes

 
Situada en un enclave privilegiado, la Cátedra de Estudios Aberrantes ofrece un espacio único para aquellos investigadores que, hartos de la estrechez de miras de la academia o huidos de la justicia por prender fuego a alguna institución pública, deseen un lugar tranquilo e higiénico para llevar a cabo una investigación.
 En la imagen superior, mi Guía Espiritual en una de sus habituales sesiones 
en la Cátedra ante un grupo de jóvenes e impresionadas acólitas.
 
Su localización exclusiva la convierte en un espacio ideal para realizar todo tipo de proyectos. En pleno parque de Collserola, el antiguo sanatorio de tuberculosos se erige como una joya arquitectónica construida siguiendo los estrictos principios que dominaban el siglo pasado: higiene y disciplina. Los distintos miembros de la Cátedra podrán gozar de la injustamente denostada higiene finisecular en sus propias carnes, empleando sus cuerpos para llevar a cabo un ejercicio de investigación histórica en toda regla. En un futuro, la Cátedra plantea añadir a esta experiencia el uso del bromuro, el mercurio o las duchas frías, a fin de mantener un espíritu acorde con el lugar en el que desarrolla sus actividades.

Uno de los investigadores de la Cátedra, 
en un momento de distensión del duro trabajo diario.
 
El programa de la Cátedra de Estudios Aberrantes se basa en la interdisciplinariedad radical y obligatoria y parte de sencilla premisa de que el mundo dejó de ser interesante después de 1912. Cualquier investigación que se presente deberá seguir, como mínimo, una de esas dos proposiciones. Estos puntos de partida han permitido crear un ambicioso programa cuyas líneas de investigación generales se especifican a continuación.

- Curvas intelectuales: el traje académico contemporáneo.  Partimos del concepto de que el cuerpo de la mujer académica ha devenido en los últimos años un grado cero, un punto ciego del discurso contemporáneo sobre la moda en el que los pantalones de pinza se revelan como un lugar discursivo neutro. El objetivo de este seminario es demostrar como la academia crea uniformes, desarticulando el concepto de comodidad y elevando a la enésima potencia la noción de superficialidad. Porque no sólo las chonis poligoneras merecen la atención de los estudios culturales.

- Vestidos decorosos (I): el corsé. Con ánimo de enervar los espíritus del feminismo más folclórico, este seminario introductorio pretende enseñar las claves básicas del buen vestir, así como realizar un primer acercamiento a las nociones de decoro y etiqueta. Partimos de un presupuesto sencillo: un corsé  convierte a cualquiera en mejor persona. 

- Vestidos decorosos (II): pasión erótica por las telas de mujer. Lectura obligatoria de toda la la obra de Gatian de Clerambault. Para superar este curso es obligatorio recitar de memoria uno de los relatos  histéricos incluidos en Pasión erótica por las telas la mujer (1908).

- Lecciones de los lunes. Siguiendo la estela dejada por Charcot en la Salpêtrière,  todos los lunes se dedicarán al estudio de la histeria. Incluye terapia de grupo en la que los investigadores podrán ladrar y berrear todas sus quejas.

- Instrucción militar básica. La Cátedra apuesta por una interdisciplinariedad radical que, habida cuenta de cómo está el patio, considera imprescindible formar a sus miembros en actos tan necesarios como lanzamiento de granadas, montaje de fusiles y manejo elemental de lanzallamas. En este seminario se incluye una formación complementaria que incluye el despiece de extremidades con motosierra y el vandalismo contra instituciones públicas de primer nivel.

- Yo también soy un ángel: macramé, ganchillo, restauración de muebles y jardinería. Asumiendo que los miembros de la Cátedra de Estudios Aberrantes jamás podrán desarrollar una carrera académica, el centro ofrece nociones elementales para convertirse en un ángel del hogar. Partimos de la idea de que, quizá, encerrarse en una casa a plantar bulbos tampoco está tan mal. Las clases se estructuran en tres bloques. 1. Costura fina. 2. Restauración de mobiliario antiguo, con especial énfasis en la eliminación de carcoma. 3. Jardinería finisecular: el fascinante mundo de los lirios.

- Diseño y construcción de autómatas. Todo miembro de la Cátedra es un investigador serio. Y todo investigador serio lleva en su interior un positivista loco. Como toda persona de ciencia, los alumnos aprenderán a realizar sus propias creaciones, con el pedagógico objetivo de demostrar que la naturaleza es muy mejorable. La Cátedra no se responsabiliza de los autómatas vueltos contra sus creadores. La muerte de éstos a manos de autómatas irritados es responsabilidad exclusiva de los alumnos.


NOTA FINAL: La Cátedra de Estudios Aberrantes mantiene unas normas internas sobre el vestir algo estrictas. Desengañadas sus fundadoras sobre la noción de democracia, se decidió imponer una dictadura radical en este aspecto que, si bien atenta contra ciertas premisas contemporáneas, es un favor al buen gusto. Por ello, los investigadores del centro están obligados a vestir dentro de sus dependencias chaqué, deshabillé o corsé. Los miembros que incumplan esta norma serán entregados como alimento a los gatos del lugar de forma fulminante.

24 marzo, 2010

Augustine, mon amour

Siguiendo con la serie de locas de la historia que nunca seré, pero como las que podría terminar, hoy le toca el turno a mi querida, adorada y anunciada Augustine. Augustine no tiene apellidos, a veces ni tiene nombre, porque debajo de su imagen sólo aparece una X. Pero Augustine fue la estrella del hospital psiquiátrico más famoso del siglo XIX, el hospital de enfermedades mentales de la Salpêtriere. Ingresó con quince años acusando una parálisis del brazo y se convirtió en la musa de Charcot, un psiquiatra de fines de siglo pasado que dedicó toda su vida investigar la histeria, o más bien a inventársela. Charcot fue el maestro de Freud, y aunque nadie se acuerde de él, aprovecho para darles un consejo: cuando alguien diga que Freud revolucionó la psiquiatría del siglo XX está mintiendo. La psiquiatría del siglo XX  la revolucionó el siglo XIX, como todo en esta vida.


Pero volvamos a Augustine y a Charcot. La histeria, enfermedad decimonónica por excelencia, era un acto de teatralidad que a Charcot le vino divinamente para sus lecciones de los martes. En ellas sacaba sus enfermas más representativas y les provocaba ataques cuya escenificación era más que sospechosa, además de muy recurrente. Iconografía religiosa, poses de reinas de teatros... el agradecido cuerpo de las histéricas se ajusta a todo lo que pidan. Entre el elenco de enfermas más exhibidas figuraba como reina indiscutible Augustine, alumna aventajada que podía llegar a ¿sufrir? decenas de ataques en un solo día. Lolita adolescente que tenía obsesionado a Charcot, llegando a preguntarse algunos historiadores de la medicina si el médico terminó enamorado de la paciente. Claro está que, en general, algunos historiadores de la medicina deberían comerse sin aliñar las obras completas de Foucault para empezar a decir cosas interesantes. Es bastante sencillo: la mirada médica vigila. La mirada que vigila también desea. Por eso son tan bellas. Y ahí queda todo. Charcot usaba a Augustine para escribir la histeria, Augustine, amén de drogada, sujeta y maltratada, cumplía con lo que pedía su médico y de este modo evitaba la reclusión en el pabellón de las incurables. A la enferma se le recompensó por su conducta de alumna ejemplar ofreciéndole algunas ventajas, tal y como demuestran algunas fotos en las que viste el uniforme de las asistentes.


La mirada médica del XIX sueña con el control total de los cuerpo femeninos: sea en forma de hermosos cadáveres, como comentaba hace unas semanas, de autómatas, de histéricas o de actrices. Obviamente, la cosa les salió mal por diversos lados: los cadáveres se pueden convertir en zombis, la maquina autómata se rebela y la actriz termina arruinando a todos sus amantes. En cuanto a la histérica, no deja de ser significativo que Augustine acabara fugándose del hospital vestida de hombre. Según narran sus médicos, hubo un primer intento fallido que finalmente tuvo éxito a los pocos días. Que se escapara de la Salpêtrière vestida de hombre y que no se la vuelva a mencionar demuestra una vez más como algunos textos médicos son infinitamente más literarios que muchas novelas plomizas. ¡Ay Augustine! No habrá otra celebrity frenopática como lo fuiste tú.


Nota: las imágenes están sacadas de la Iconographie photographique de la Salpêtrière. Debo amor eterno a los artífices de su digitalización. Casi toda la información relatada está extraída del libro de Didi-Huberman, La invención de la histeria: Charcot y la iconografía fotográfica de la Salpêtrière, de feliz y reciente traducción en Cátedra. 

03 marzo, 2010

Más tiros. Menos burocracia.

Amy Bishop Anderson. Recuerden este nombre porque, además de haberse hecho un hueco en la larga historia de las matanzas estadounidenses, esta mujer acaba de inaugurar una tradición que, creo yo, va a ser amplia y fructífera. Esa mujer de ahí arriba ha sido condenada por los medios de comunicación, lo será pronto por un juez y seguramente terminará sus días frita en la silla eléctrica. Consecuencias normales cuando una se presenta armada en la reunión de departamento y se lia a tiros con sus colegas. Sin embargo, todos estamos equivocados. Esa mujer es una heroína visionaria. Puede que algo tarada, pero eso en todo caso le añade heroicidad, en vez de restársela. Antes de que empiecen a considerarme la nueva Amy Bishop española -en su blog profirió amenazas diversas y admiración hacia asesinos psicópatas, dirán los periódicos algún día- déjenme explicarme. Mis andanzas por el mundo académico me han llevado a la conclusión (y no sólo a mí) que, teniendo en cuenta el grado de alienación al que la universidad puede llegar a someter a un investigador, lo más extraño es, de hecho, que haya tan pocas matanzas como la performada por la Bishop. Tomemos el caso de esta buena señora. Imagínense que ustedes han pasado los últimos veinte años de su vida formándose e investigando para llegar a ser los mejores en su campo. Privaciones, becas míseras, sueldos más míseros, aguante de imbéciles para lograr una publicación, un congreso, otro dato en el currículum, vacaciones escasas. Sin embargo, su intento no ha sido en vano: se ha doctorado en Harvard, la comunidad científica la respeta y se ha convertido en una reputada neuróloga con una amplia trayectoria. Claro, se lo merece. Ahora resulta que, por motivos X, usted debe obtener una plaza de titular en una universidad casposa de Alabama. Recuerde, usted estudió en Harvard, estamos hablando de Alabama. De repente, le comunican que, por oscuros motivos poco académicos -pues es imposible que se deba a motivos de currículum, insisto en lo de "Alabama"- le comunican que no le van a renovar la plaza. Cualquiera de nosotros pensaría en agarrar una escopeta (o sus variantes en forma de motosierra, lanzallamas o granada de mano) y liarse a tiros con esa panda de mediocres que ocupan los despachos adyacentes. Yo misma llevo meses pensando en irrumpir en el AGAUR cargada de dinamita, mientras que las fantasías motosierriles de mi Guía Espiritual son ya un clásico en el imaginario colectivo. La única diferencia con Amy Bishop es que ella sí lo hizo, apuntando concienzudamente a las cabezas de sus ya ex compañeros de despacho con un revólver de 9 mm. 

Sí, queridos, Amy Bishop me fascina tanto como los criminales, locos y degenerados del XIX. Y su envidiable acción no deja de ser una muestra de que las teorías lombrosianas sobre el medio están más en boga que nunca: el mundo académico crea alienación, criminalidad y psicopatías de toda clase. La pregunta que me hago es ¿cuánto tardará en aparecer nuestro psicópata patrio? Porque, no lo duden, la Bishop ha instaurado una tradición que no ha hecho más que empezar: becarios sin beca, doctorandos parias, doctores en paro... dejad las lamentaciones, el alcoholismo, los trabajos de mierda y la diplomacia a un lado. Agarrad lo primero que tengáis a mano y dadle sentido a vuestra existencia. Más tiros. Menos burocracia.

19 enero, 2010

Cadáveres exquisitos

"What a magnificent body! Shouldn't I like to see it on the dissecting-table!" (Turgenev, Padres y hijos)


Me temo que los consejos espirituales sobre investigación que recibo últimamente, y cuya máxima se resume en la metodología de la lectura a cascoporro, me están llevando por un camino extraño. Ya sé, que prometí hablar de mi querida Augustine en el próximo post, pero una nueva obsesión se ha erigido en el horizonte y tengo que saciarla de alguna manera: las imágenes de disecciones anatómicas en el siglo XIX. Como tema de obsesión yo sé que suena raro, por no decir inquietante. Peores miradas me echa la tipa de la biblioteca cuando le doy las listas de libros del fondo antiguo para pedir al almacén. La cuestión es que en el siglo pasado muestran un interés mucho más preocupante que el mío por representar a los forenses en plena faena, desmontando, observando, fijando y -por qué no- generando toda una legión de cuerpos femeninos. Y es que el arte del despiece de cadáveres es algo que ha funcionado desde siempre, aunque con distintos matices. Quizá las imágenes más famosas son las del siglo XVI, sobre todo las de los tratados anatómicos de Vesalio. Sin embargo, mi odio ancestral a los renacentistas, a pesar de lo maravillosa de puede llegar a ser De humani corporis fabrica, me obliga a saltar a imágenes mucho más morbosas, perversas e inquietantes. Resulta que la representación del cuerpo femenino en plena disección es un tema histórico específicamente decimonónico. Al igual que en la novela y en los tratados médicos, la ciencia permea cualquier producto cultural y configura una mirada obsesionado con el cuerpo femenino. Si la mujer representa por excelencia la naturaleza, lo atávico y el estado más puro de primitivismo, la medicina se empeñará en escrutar ese misterio orgánico hasta límites inimaginables.
La ciencia decimonónica (y la ciencia a secas, sólo que como nadie duda tan a menudo de su utilidad autorreflexionan menos que las letras) se caracteriza por una serie de metáforas de género bastante obvias. La mirada del venerable forense es, a todas luces, cualquier cosa menos inocente. Las fantasías del discurso masculino se congregan en una serie de cadáveres femeninos extremadamente bellos. Por un lado, el escrutinio del cuerpo en nombre de la ciencia, la obsesión por desvelar una naturaleza femenina codificada como una diferencia irreductible. Por otro, una mirada sexualizada. El deseo siempre tiene género, por más que mi querida Lady Bergman se empeñe en decir lo contrario. Y el deseo en este caso se convierte en un dispositivo de poder sobre el cuerpo femenino. Sexualidad y medicina van de la mano y corroboran mi teoría , mencionada a menudo, de que en el siglo pasado eran todos una panda de depravados.

Con una puesta en escena similar a las exhibiciones de la histeria, en la imagen superior ni siquiera vemos un rostro más o menos bello. Vemos un pecho impúdico que basta para hacer alusión al género femenino, rodeado de miradas que son de todo menos científicas. O quizá, precisamente, son totalmente científicas. Y no mientan, nosotros nos convertismos en cómplices de esa mirada que disciplina en la misma medida que desea. La Mulvey diría que ahora mismo estoy haciendo gala de una mirada transvestida al afirmar que -no me lo nieguen- esos cadáveres son bellos, divinos y exquisitos. Y que la abuelita Ofelia de los prerrafaelitas se queda un tanto descafeínada al compararla con mis damas naturalistas.


Sin embargo, mi cadáver favorito pertenece, por raro que parezca, a un español. Enrique Simonet (1866-1927) pintó un cuadro cuya mala leche sólo ha sido emulada cien años después por los guionistas de Nip/Tuck. Sé que tiendo a hacer asociaciones extrañas pero es que ésta está justificadísima. La imagen se llama Anatomía del corazón, pero por una suerte de confabulación extraña aparece en casi todos los catálogos con el título de ¡Y tenía corazón!, juzguen ustedes mismos por qué...


Lo que decía, una sublime mala leche: si no entiendes el alma de una mujer, disecciona su corazón. La imagen tiene tantas lecturas que hasta marea. Por un lado, se suele leer como un aviso moral a las mujeres de vida disipada: por mucha belleza y éxito que tengáis acabaréis siendo carne de ciencia, os guste o no. Aunque hay otras lecturas que a mí me resultan mucho más divertidas. No me dirán que no es inevitable pensar en perversiones necrofílicas por muy seria que sea la cara del señor médico. Si me pongo en plan foucaltiana, obvio que aquí tenemos a la mirada clínica en todo su esplendor ejerciendo el poder y el control sobre un cuerpo femenino que aparece silenciado y disciplinado. Por otro lado, es evidente que estos cadáveres son un campo de estudio de los más interesante para los estudios de género. Más allá del poder que ejerce una racionalidad marcada en masculino con los cuerpos sexuados en femenino a mí me interesa más el hecho de cómo un cuerpo femenino se convierte en un espacio para el espectáculo. Eso está clarísimo en el cuerpo histérico y en muchos personajes literarios pero... ¿qué hay de los cadáveres? ¿No son cuerpos demasiado parecidos a la enferma o a la automáta? ¿No terminan ostentando una centralidad, generando un deseo que, cuanto menos resulta amenazador? ¿Se levantarán algún día y les devorarán los sesos a los venerables forenses? Preguntas, demasiadas preguntas...

Y el que quiera hacerme feliz y ganarse mi amor eterno puede regalarme esto. Amazon siempre termina sorprendiendo.

13 enero, 2010

Of course I am an hysterical


Llamadme Augustine y deseadme suerte en el star system frenopático, AGAUR mediante. Próxima entrega de las locas de la historia sobre las estrellas de la Salpetrière: Augustine, o como convertirse en la celebrity del manicomio.

Si no me han encerrado antes.

(Imagen: Iconographie photographique de la Salpêtrière, 1878)

10 enero, 2010

Locas de la historia que nunca seré, pero como las que podría terminar: Carlota de Habsburgo

Bien saben los que me conocen que nunca he sido dada a devociones monárquicas, mostrando más bien un ramalazo republicano con preocupante tendencia hacia el uso de la guillotina. Sin embargo, la cosa cambia cuando hablamos de una emperatriz fallida que terminó viuda y loca de castillo en castillo por la decadente Europa de finales del XIX y principios del XX. La locura femenina siempre ha sido muy interesante, todavía más si la situamos en una aristócrata decimonónica, educada en los principios del liberalismo europeo, que termina convertida en emperatriz de México por motivos tan variopintos como los intereses de Napoleón III, las peticiones de las facciones conservadores del país y la propia ambición de poder. Un ejemplo perfecto, tanto del mito exotista en el que Latinoamérica es el lugar al que los europeos vamos a perder la cordura, como del maravilloso mundo de la psiquiatría decimonónica, que construye la idea de locura en torno a la metáfora de género.
Pero volvamos a mi querida Carlota: casada con Maximiliano de Habsburgo y enemiga de la petarda de la Emperatriz Elisabeth -Sissí- en la corte de Viena, en 1864 la pareja viaja a México para ser coronados emperadores del país. Obviamente y conociendo el carácter de los aztecas, a éstos no les hizo mucha gracia que les colocaran a un archiduque austríaco por governante. La pareja se instaló en el Castillo de Chapultepec, en el DF, que a día de hoy permanece en pie y bien cuidado. Y como nunca he pensado que mi espíritu republicano tenga que estar en contradicción con las carrozas de oro, la Macumba Mayor y yo fuimos a visitarlo en mis días mexicanos.


El castillo, invadido por turistas de todo pelaje entre los que me encontraba, tenía la gracia de conservar las dependencias reales con cierto estilo. Después de pasearnos arriba y abajo husmeando salones barrocos, mi anfitriona y yo llegamos a varias conclusiones tajantes, que podrían resumirse en el hecho de que habíamos nacido para ser emperatrices. Sin embargo, mi amada Macumba me dijo que quizá Carlota de Habsburgo no era un modelo a seguir, ya que terminó demente. Sin embargo, ese dato fue lo que me convenció de forma definitiva: el personaje emperatriz-loca es mi aspiración de vida. De castillo recuerdo bien el suelo de mármol al estilo Alicia-en-el-país-de-las-maravillas, que fue decidido unánimemente para decorar nuestras futuras mansiones, así como la carroza de paseo, que hizo exclamar a mi compañera el significativo a la par que elocuente grito de "¡Yo la quiero!".




Volvamos, no obstante, a Carlota de Habsburgo. Mientras Benito Juárez pone al emperador contra las cuerdas, Carlota decide regresar a Europa a pedir ayuda a la rancia aristocracia del viejo continente. Aquí es donde parece empezar la locura de la emperatriz, fomentada por las promesas vanas y los oídos sordos que recibe de líderes como Napoleón III o el Papa Pío IX. En 1867, con Carlota todavía en Europa, el emperador Maximiliano es fusilado en México. A partir de este momento la locura de la viuda parece agravarse hasta su muerte en 1927. Por lo visto andaba por ahí convencida de que seguía siendo emperatriz de México y de que Maximiliano no había muerto (extraña locura, dada la ausencia de vida sexual de la pareja desde 1860. O quizá debido a ello). Su hermano el Conde de Flandes la tenía rodeada de médicos que declararon que estaba como una cabra. Conociendo a los psiquiatras de la época, mataría por leer esos informes. Durante los sesenta años de locura estuvo alojada en tres castillos distintos, el primero en Trieste y los otros dos en Bélgica. Que digo yo, que sesenta años de locura son muchos años, y pasarlos encerrada en palacios aristocráticos con todos los lujos del mundo quizá no está tan mal. Por ello, declaro mi aspiración a convertirme en emperatriz que luego termine histérica vagando su locura por los palacios que hagan falta. Teniendo en cuenta las situaciones kafkianas a las que me ha sometido el AGAUR últimamente, no será difícil llegar a un esplendoroso ataque de histeria. Eso sí, con el valor añadido de la rancia aristocracia.
Y para quitarle brillantina al asunto, les dejo una de las últimos fotos que se tomaron de la emperatriz, en plena decadencia. El parecido con las locas de los psiquiátricos decimonónicos es espeluznante. Pero ya sabe que el régimen de la mirada en el siglo XIX unifica a las histéricas que da gusto.