29 septiembre, 2009

La gran evasión

"Creo que el Principito aprovechó la migración de una bandada de pájaros silvestres para su evasión."

Le robo la frase a la srta. Tergiversanda y a Saint-Exupéry, con un matiz: deberíamos hablar de migración de pájaras, y ellas no tienen nada de silvetres, al contrario, están más que civilizadas. La evasión está planeada para la siguiente semana, momento en el que servidora se subirá a un avión y recorrerá 10.000 kilómetros para ir a un congreso a México a contarles las maravillas del cuerpo en la literatura española del siglo XIX. Obviamente, lo del congreso es una excusa que además me ilumina con un aura académica y pedante para ocultar los pedestres motivos que me llevan a cruzar un oceáno: beber tequila. Y visitar a las susodichas pájaras.
Y es que cuando una se ha pasado un año de máster rodeada de aztecas sin hígado y estudiando el siglo pasado, en la vida quedan muy pocas opciones. Y Huysmans se equivocó al afirmar que a veces hay que elegir entre la pistola y la cruz. En mi caso la culminación lógica era cruzar un oceáno o comprarme un corsé. Y siempre tengo tendencia a empezar por lo más difícil.
De momento, procuro retener lo aprendido en los últimos meses entre vapores alcohólicos en el bar de la estación y el Gato Negro. Sutiles expresiones como "no mames", "chinga su madre" o "pinche pendejo" que demuestran la riqueza cultural de un país con más insultos que el castizo castellano peninsular. De momento y a base de práctica casi forzosa durante este año, sé que los aztecas llaman "chelas" a la cerveza, por lo que, dominando esa palabra clave, vislumbro un horizonte alagüeño: congreso, alcohol, tacos, momias y gripe A. Todo con un punto de exotismo y la posibilidad de que te encañonen para quitarte la cartera en cualquier punto del DF. Según el Ministerio de Exteriores no hay ningún lugar seguro en todo México, afirmación que indigna al sector azteca de los Macumbos, asusta a mi madre y me hace plantear la posibilidad de tragarme el dinero y alojarlo en la seguridad de mi intestino delgado. No obstante, la chilanga con la que voy a pasar los próximos veinte días me asegura que en México las cosas están cambiando, que el otro día les paró un policía y no tuvo que sobornarlo. Y me lo dice desde la cama en la que ha pasado la última semana con gripe A. Me deja mucho más tranquila.
Histerias aparte, les dejo con un patrimonio nacional (que como todo icono mexicano en realidad nació en otro país). Me hacen el favor de brindar por Chavela Vargas, puesto que inexplicablemente la ley no obliga a ello.