30 abril, 2009

Indignada me hallo


1. Mi procesador de textos no admite la palabra performatividad. Que baje la Butler y lo vea.

2. En Sé lo que hicisteis han contratado a Paquirrín.

3. Mi vecina de arriba sigue con su fetichista e inexplicable obsesión por andar con tacones en casa.

¿A quién diablos le importa la peste porcina? Perra vida...

24 abril, 2009

La Rosa - Poema de Sant Jordi

Has fet parlar massa de tu, del teu perfum, de la teva beutat. No val la pena! Però que consti, des d'ara, que sempre el meu instint ha estat de fer-te malbé; que t'he esfullat, que t'he premut dins la mà fins a deixar-te sense respiració, que no t'he respectat amb aquella mena d'adoració estúpida amb què t'anomenen els altres, amb què parlen de tu uns quants poetes desgraciats que també has seduït. Ja ens coneixem! Conec bé els teus encisos, les teves arts, la teva perversitat, i no m'arreplegaràs! Tu ets una d'aquelles noies que tota la vida semblen dir-te sí, et donen esperances, van passant temps i et corben l'espinada inútilment. Conec la teva col.lecció de vestits esplendorosos, les teves faldilles innumerables: -però les cuixes, no les trobem mai. Ja n'hi ha prou, del teu imperi, de la teva tirania! M'avergoneix d'haver-se deixat, per un moment, endur per la música del teu rostre. Si et trobo un altre cop et masegaré, com quan era infant, et llençaré al toll i t'anomenaré pel teu nom veritable, perquè ets la puta rosa!

Josep Palau i Fabre, Càncer

Traducción

Has hecho hablar demasiado de ti, de tu perfume, de tu belleza. ¡No vale la pena! Pero que conste, desde ahora, que mi instinto siempre ha sido el de romperte; que te he deshojado, que te he apretado en la mano hasta dejarte sin respiración, que no te he respetado con aquel tipo de adoración estúpida con la que te nombran otros, con la que hablan de ti unos cuantos poetas desgraciados que también has seducido. ¡Ya nos conocemos! Conozco bien tus encantos, tus artes, tu perversidad, y no me cogerás! Eres una de esas mujeres que parecen decirte siempre que sí, dándote esperanzas, para traicionarte inútilmente. Conozco tu colección de vestidos esplendorosos, tus faldas innumerables: aunque la piernas, nunca las encontramos. ¡Ya es suficiente de tu imperio, de tu tiranía! Me avegüenzo de haberme dejado llevar, durante un momento, por la música de tu rostro. Si te encuentro otra vez de destrozaré, como cuando era un niño, te tiraré a un charco y te llamaré por tu verdadero nombre, ¡por qué eres la puta rosa!

22 abril, 2009

Sant Jordi, primer intento

Sí, ya sé que Sant Jordi es mañana. Pero en Sant Jordi nunca compro libros, a pesar de un tentador 10% de descuento. No me gustan las colas, ni las aglomeraciones, ni los libros de Ruiz Zafón. Pero sí me gusta Sant Jordi. Para un filólogo el día del libro viene a ser como la semana santa para un católico sevillano. Una excusa para no trabajar, salir a la calle, gastar dinero y terminar en un bar. Y tengo la manía de regalar libros. Para qué negarlo, saber de literatura implica tener idea de qué regalarle a quién. Cosa que a veces no ocurre al contrario, especialmente a la hora de regalarme libros que ya tengo. No obstante, nunca se ha dado la desgracia de que alguien me regale El Código da Vinci. Desgracia, sobre todo, para el inocente que osara tal empresa, que iba a terminar comiéndose todas las rosas de las Ramblas, una a una y con espinas.
Ante esta perspectiva, he sacrificado lo que podría haber sido una hermosa mañana decimonónica y me he ido de compras a la única librería que tenemos en Terrassa. El hecho de que en una ciudad de 200.000 habitantes haya una sola librería que pueda llamarse como tal dice mucho del lugar en el que vivo. Y aún así, se trata de una de las librerías más patéticas e ineficaces que he visto nunca, poblada de niñatos que no diferenciarían El Quijote de un manual de autoayuda sobre como convertirse en una mujer multiorgásmica. No obstante, debo reconocer que disfruto, por ejemplo, pidiendo por las poesías de Jaime Gil de Biedma y viendo como las buscan en el estante de narrativa. Como no me van a hacer ningún descuento por decirles que Las personas del verbo no es una novela, dejo que sufran y se desesperen mientras la cola augmenta peligrosamente. Ya, como placer perverso es bastante cutre, pero es MI placer perverso. Y estar en el paro es muy duro.
Después de mi sesión de subida de autoestima en la que me he demostrado que sé más de literatura que los libreros de mi pueblo, ha venido la parte de la locura crematística. Tengo un problema: por cada libro que le compro a alguien, encuentro diez que me gustan a mí. El problema es que nadie adivina nunca qué libros realmente me apetece leer o necesito -aunque siempre termine recibiendo regalos interesantes- así que al final termino comprándomelos yo. Hoy me he emocionado ante el estante de Foucault. No ha sido tanto por libros como por la mera existencia del estante. Este máster me arrastrará a la locura, lo veo.
Mañana, segunda parte: ya que estaremos en Sant Jordi, el mejor poema que se ha escrito nunca sobre una rosa. Lo sé, como técnica para crear suspense no vale mucho.

12 abril, 2009

La Semana Santa ya no es lo que era... (II)

Releo una y otra vez el post anterior. Seguramente, la descripción de la procesión más erótica de la literatura española. También comprendo que a alguien el fragmento le haya parecido un horror. A mí tambien me parecieron horribles las 1.200 páginas de La Regenta la primera vez que la leí, redimidas al año seguiente por Nuestra Señora de la UAB (acá, Montse Amores) y sus dramatizaciones maravillosas. Imaginaos a servidora y a Rosalía de Bringas extasiadas en clase, con un brillo extraño en la mirada, oyendo leer el fragmento en que Ana Ozores se siente como el puro mojado y consumido de su marido, transmutadas en las damas decimonónicas de provincias que siempre hemos sido. Qué momento.
De ese fragmento de la procesión hay dos aspectos que me encantan. Por un lado, el deseo lésbico de Obdulia, al que, por cierto, aprovecho para sumarme: me pone Ana Ozores. He dicho. Lo interesante del texto es que ni Ana ni la procesión han llegado todavía. Es Obdulia imaginándosela, recorriendo todo su cuerpo, pensando en lo inútil de su carne comparado al erotismo que desprende Ana. Eso es lo que yo llamo un cuerpo espectacularizado. Poco importa que Ana vaya con una túnica de nazareno. Los pies de Ana son el cuerpo de Ana, son Ana, generando significaciones, una detrás de otra, sin que ella pueda hacer nada para remediarlo. Y un apunte importante: en el siglo XIX se leían los pecados en el cuerpo de los penitentes. Los pies desnudos de Ana son de un penitente que ha pecado contra el sexto. Purga tus pecados, y acabarás excitando a toda una ciudad.
Por otro lado, hay algo que siempre he encontrado muy irónico respecto a esta novela. Una de las intenciones de Clarín al escribirla era precisamente criticar como la religión se había convertido en una serie de actos rituales y rutinarios totalmente alejados de la espiritualidad. Es decir, casi toda Vetusta está presa de obsesiones sexuales reprimidas por una doble moral y una religiosidad que se ha olvidado de Dios. No obstante -y esto lo hace contínuamente en la novela- al querer criticar la falta de espiritualidad de Vetusta, terminó escribiendo uno de los pasajes más eróticos de la literatura española. Y tiene gracia, porque en el fondo Clarín era bastante meapilas. Meapilas espiritual, no de iglesia. Un tipo con el que una no se iría de cañas, al fin y al cabo. Otra vez, una brillante demostración de que no se debe hacer mucho caso a eso que llaman "las intenciones del autor".

(Foto: Aitor Pérez. Yo misma, ocultándome con una reproducción de la primera edición de La Regenta, en el Café La Regenta en Salamanca)

08 abril, 2009

La Semana Santa ya no es lo que era...

Como una ola de admiración precedía al fúnebre cortejo; antes de llegar la procesión a una calle, ya se sabía en ella, por las apretadas filas de las aceras, por la muchedumbre asomada a ventanas y balcones que «la Regenta venía guapísima, pálida, como la Virgen a cuyos pies caminaba». No se hablaba de otra cosa, no se pensaba en otra cosa. Cristo tendido en su lecho, bajo cristales, su Madre de negro, atravesada por siete espadas, que venía detrás, no merecían la atención del pueblo devoto; se esperaba a la Regenta, se la devoraba con los ojos... En frente del Casino, en los balcones de la Real Audiencia, otro palacio churrigueresco de piedra obscura, estaban, detrás de colgaduras carmesí y oro, la gobernadora civil, la militar, la presidenta, la Marquesa, Visitación, Obdulia, las del barón y otras muchas damas de la llamada aristocracia por la humilde y envidiosa clase media. Obdulia estaba pálida de emoción. Se moría de envidia. «¡El pueblo entero pendiente de los pasos, de los movimientos, del traje de Ana, de su color, de sus gestos!... ¡Y venía descalza! ¡Los pies blanquísimos, desnudos, admirados y compadecidos por multitud inmensa!». Esto era para la de Fandiño el bello ideal de la coquetería. Jamás sus desnudos hombros, sus brazos de marfil sirviendo de fondo a negro encaje bordado y bien ceñido; jamás su espalda de curvas vertiginosas, su pecho alto y fornido, y exuberante y tentador, habían atraído así, ni con cien leguas, la atención y la admiración de un pueblo entero, por más que los luciera en bailes, teatros, paseos y también procesiones... ¡Toda aquella carne blanca, dura, turgente, significativa, principal, era menos por razón de las circunstancias, que dos pies descalzos que apenas se podían entrever de vez en cuando debajo del terciopelo morado de la nazarena! «Y era natural; todo Vetusta, seguía pensando Obdulia, tiene ahora entre ceja y ceja esos pies descalzos, ¿por qué? porque hay un cachet distinguidísimo en el modo de la exhibición, porque... esto es cuestión de escenario». «¿Cuándo llegará?» preguntaba la viuda, lamiéndose los labios, invadida de una envidia admiradora, y sintiendo extraños dejos de una especie de lujuria bestial, disparatada, inexplicable por lo absurda. Sentía Obdulia en aquel momento así... un deseo vago... de... de... ser hombre.

Leopoldo Alas, "Clarín", La Regenta, vol. 2

(Foto: Aitor Pérez)

05 abril, 2009

Domingo primaveral...

...ideal para sentarse en el escritorio a leer cualquier teoría -preferentemente en inglés, para facilitar las cosas- sobre aspectos de hace 150 años. La inspiración divina ahora se llama lectura de bibliografía. Y mis queridas decimonónicas todavía me siguen planteando muchas dudas, cosa que en el fondo, es una ventaja, porque podré dedicar mi trabajo de investigación a redactar todos mis delirios mentales sobre el cuerpo de las señoras burguesas.
No obstante, reconozco que de vez en cuando también me doy una vuelta por el siglo XXI. Especialmente por los bares del siglo XXI. Aspirante a recibir la nacionalidad mexicana honorífica, he descubierto que los extraños habitantes de la tierra del Chavo del 8 poseen un estómago genéticamente distinto que les permite tragar sin límite cuantos litros de cerveza se les pongan por delante, combinar patatas bravas y mojitos o chupar la botella de tequila cual seno materno. Chicos de ciencias, que sé que los temas de tesis doctoral están mal en todos sitios, ahí tenéis un campo por explorar. No, no hace falta que me deis las gracias.
Mientras tanto, y felizmente acompañada por la expedición multicultural máster and comander, me dedico a reconquistar mi espacio natural en la ciudad condal: las mesas de los bares. Especialmente las mesas de los bares de cañas a un euro. No, no pienso decir dónde está ese edén. Por desgracia, el final de curso planea amenazador e impone sus rutinas: abandonar el derroche y el exceso aristocrático y adoptar las prácticas burguesas de ahorro y trabajo. Al menos durante más de 48 horas. Ahí quedan cuatro fotos de mi juventud perdida...

Aquí, nuestro ángel guardián dándose cuenta de que le ha tocado la generación de alumnos más alcohólica de las historia. Afortunadamente, esa mesa es sólo una mínima parte de lo que fue el cuerpo del delito aquella noche. (Foto: Pedro Sánchez)


Los dados que terminaron con nuestro hígado hace un par de días. Antes comentaba sobre los mexicanos. Tampoco os fiéis de los vascos. Saben juegos extraños y siempre logran ponerlos en práctica. Instauraron el imperio del Señor del Tres, con interesantes resultados. (Foto: Verónica Elizondo)


El origen. El Big Bang. El génesis. Ahí empezó todo, con la excusa inocente de ir a ver a un compañero brasileño que, por no romper tópicos, toca samba. Y ahí siguen, cada miércoles en el Can Can, para el que quiera ir a verlos. (Foto: Verónica Elizondo)