07 marzo, 2015

Yo también opino sobre Cincuenta sombras de Grey

Desde mi exilio búlgaro, mientras intento inculcar la lengua de Cervantes a los adolescentes patrios, he asistido a la explosión en Internet del furor y la indignación hacia Fifty Shades of Grey, basada, como ya sabrán ustedes, en el libro homónimo. De hecho, no veía yo desde Twilight tal explosión de odio hacia una película. Y yo me pregunto, si Hollywood ya nos tiene acostumbrados a sus producciones, no particularmente feministas, no particularmente nada, ¿por qué esta en concreto ha recabado legiones de haters, miles de parodias e incluso ha movilizado a las actrices porno?




Antes de nada, primera aclaración: no he leído el libro ni visto la película, pero como estoy lejos de mi patria me siento impelida a hacer algo tan español como opinar sin tener ni puta idea, porque, al fin y al cabo, para eso se tiene un blog. Segunda aclaración: mis intereses por el feminismo y los estudios de género me llevan a cometer actos absurdos, como hacer tesis doctorales, publicar artículos que nadie lee e interesarme por fenómenos de la cultura popular como el que nos ocupa. Tercera aclaración: yo siempre he sido más de Sacher Masoch, que ya inventó este tema en 1862, así como de los deliciosos casos clínicos que los médicos europeos del siglo XIX se empeñaban en narrar, alcanzando unos niveles de pornografía mucho más entretenidos.
Dicho esto, al grano que voy y expongo ya mi teoría, que en realidad no es mía y nos remite otra vez al siglo XIX:

las mujeres no saben leer

Ojo, que no lo digo yo. Lo dijo Flaubert cuando escribió Madame Bovary a mediados del XIX. ¿Mujeres y novelas románticas? ¡¡Cuidado!! Miren lo que pasa, las interpretan mal, confunden la ficción con la realidad, no entienden nada y luego todo son adulterios, ruinas económicas y suicidios por arsénico. Las mujeres, claro está, siempre han tenido fama de malas hermeneutas. También lo dijo Galdós, cuando escribió La desheredada en 1881: fíjense en esa pobre desgraciada de Isidora Rufete*, que ha leído mil y un folletines y, como Emma Bovary, ha pensado que eran la pura verdad y que ella era la hija pródiga de una aristócrata. Debido a esa nefasta actitud se ha acabado convirtiendo, ¡sorpresa! en una prostituta. También algo parecido insinuó otro insigne padre de la novela decimonónica, Leopoldo Alas, "Clarín", cuando puso a Ana Ozores, la protagonista de La Regenta, a leer a Fray Luis de León, Santa Teresa o San Juan de la Cruz: obviamente la pobre Ana no entendió nada, y a lo único que le condujeron sus edificantes lecturas fue a tirarse al guapo del pueblo, y a casi cepillarse paralelamente al cura del mismo pueblo. 
La lista de ejemplos podría ser muy larga y quizá, si han tenido el cuajo de leer hasta aquí, se estarán preguntando qué tiene esto que ver con el empotrador de Christian Grey. De hecho, con él no tiene que ver nada, pero sí mucho con las mujeres que lo ven como tal. Y es que el mundo cincuenta-sombras-de-Grey-es-una-mierda mantiene exactamente la misma premisa que los venerables escritores citados: las mujeres que ven dichas películas, que leen novelas románticas y que en general consumen ficción que entra de algún modo u otro bajo la compleja etiqueta de lo "femenino" se creen que sus lecturas son reales, que aparecerá un maromo a azotarlas, se las chuscará y luego las paseará en su jet privado... Ello conduce directamente a otra premisa que estoy hasta el chirri de oír: 

las mujeres consumen mierda cultural 

Evidentemente, como somos unas hermeneutas lamentables y no sabemos entender nada de lo que leemos, sólo nos gustan porquerías como las novelas románticas (sean del XX o del XIX), las películas de Sandra Bullock, Twilight y la cincuenta sombras de marras. Se trata de una asunción tan extendida que está incorporada casi siempre a la mayoría de parodias que he visto un Youtube. Alerta a partir del minuto 1.08:



La imagen no puede estar más clara. Sí, ya sé que es una parodia, que es humor y tal... pero estoy un poco hasta el moño del mismo humor de siempre, privilegiado, hecho por hombres occidentales y más previsible que una fecha de caducidad. Conste que esta visión de la mujer como idiota cultural es aplicada también, como ya señaló sesudamente la gran Rita Felski, al modo de relacionarse con la cultura de las clases bajas y en general, de las masas. Y es que, queridas y queridos, el ser un intelectual es lo que tiene: uno debe señalar a aquellos pobres desgraciados excluidos del selecto círculo de los que entienden a Joyce y decir, miren, aquí tenemos a la clase obrera, o a las mujeres, o a X alienado por la basura cultural que produce [inserte aquí su malo malísimo particular, normalmente Hollywood o la industria editorial].  Porque queremos una revolución, sí, pero ya si eso que la hagan los intelectuales, que la clase obrera no ha leído suficiente y ya no digamos las amas de casa, que si no acuérdate del 36, que ellas eran las que votaban a la derecha... ¿Eh, Pablo Iglesias?


¿Y qué dice el feminismo...?

Pues así, en general, el feminismo dice esto y todo lo contrario porque, a ver si nos vamos enterando, el feminismo no es un credo monolítico en el que todas quemamos nuestros sujetadores, enseñamos las tetas a lo Femen y nos dejamos crecer los pelos del sobaco. Aunque en cierto modo, aplaudimos a aquellas que lo hacen... y a aquellas que no. El feminismo, como el vello de mis axilas, no es uno, si no muchos y muy variables. Si eso ya lo buscan en la Wikipedia, que yo por dar clases magistrales suelo cobrar dinero. 
Sin embargo, he detectado cierta tendencia general en los feminismos cibernáuticos que sigo basada en poner a parir Cincuenta sombras de Grey, con pocas fisuras respecto a los discursos más habituales en torno a la alienación cultural, añadiendo en estos casos una visión en la que se afirma con alarmante unanimidad que tanto el libro como la película producen mujeres sumisas que reproducen los esquemas patriarcales de género. Incluso una revista que me parece un modelo bastante digno para aproximarse al feminismo como Píkara anunciaba el otro día por FB su intención de aproximarse al "fenómeno" de forma un poco más abierta, metiendo en mi opinión estrepitosamente la pata en el intento:**


¿Perdón? ¿Debo daros las gracias, hermanas, por no sacar el "feministómetro"? ¿Soy menos feminista porque no veo cine independiente? Honestamente, jartita estoy de que, precisamente desde una posición básicamente caracterizada por su maldita y constante revisión de las identidades, ahora resulte que para ser buena feminista haya que encajar en un perfil determinado. Lo siento amigas: no soy lesbiana (la mayoría del tiempo), ni me rapo el pelo, ni vegana, ni poliamorosa. Ni me gusta el cine alternativo por pesado y cansino y, es más, tengo una relación monógama con un varón blanco y, que me conste, heterosexual. Y estoy un poco hasta el coño de que el feminismo, en lugar de tender puentes de solidaridad, comprensión y celebración con todas esas mujeres que han disfrutado, se han tocado, han sido tocadas y han ido a la ferretería secretamente a comprarse una cuerda después de ver la película, las trate como a incultas catetas que no merecen entender un buen libro. ¿Ah, calla, eso no es lo que hacía el machirulismo de toda la vida?

concluyendo...

Dejen a las mujeres tranquilas: usted no es mejor, ni más feminista, por leer a Henry Miller (mucho más machista que las Sombras, por otra parte) en lugar de Harry Potter.

Las lectoras / espectadoras, no son tan imbéciles como usted cree: nadie que lea Macbeth se convierte en un maltratador por ello, premisa que sí se asume respecto a la cultura popular. 

El consumo, reapropiación e interpretación que realizan las fanses de Grey siempre será variable y complejo y no puede reducirse a un maniqueísmo dicotómico, bueno/malo; machista/feminista; alienante/transgresor.

Feministas: vamos a empezar a valorar el placer como parte intrínseca de cualquier ficción, y a empezar a mirar críticamente como el patriarcado contempla a las consumidoras de ficción. 

En resumen... dejen de tratar a las mujeres estúpidas.

Contenta me tienen. 


* Adivinen por qué mi gato se llama Isidoro. 
** Nada mal el artículo de María Castejón, una de las pocas voces críticas que me he encontrado por la red.

PD.: ¡Feliz casi ocho de marzo! Sigan luchando, por favor, que la batalla es larga.

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