29 marzo, 2013

Animalidades


Ella es consciente de su superioridad. 

Para aquellos que están habituados a mi carácter poco afable, suele resultar una sorpresa el ir paseando por la calle y que la visión de mamíferos de cuatro patas -suelen ser gatos y perros, pero admito con entusiasmo otras especies menos favorecidas por los caprichosos gustos humanos- me convierta en un loca cursi que empieza a hablar con voz aguda y de deshace en prodigalidades hacia el bicho en cuestión. A menudo se me ha señalado que este amor desmesurado hacia los bichos contrasta con mi desmesurado odio hacia la humanidad. Es posible que no hiciera falta, pero este post quiere confirmar las sospechas y plantear una justificación lo menos racional posible al respecto, así como sublimar mis naturales impulsos de llenar el muro de Facebook con fotos de mis gatos.
Vayamos por partes: sí, me gustan los bichos. Me caen bien los mamíferos que no hablan, en general. Me gusta su mirada leal (perros) o despreciativa (mis gatos), me gusta, si son salvajes, que rehuyan tu humana y a menudo molesta presencia. Qué quieren que les diga, pero yo a menudo me siento identificada. 
No quiero, sin embargo, que se equivoquen: no soy una hippie abraza-árboles que cree que los antibióticos son veneno, ni que comer carne sea delito, ni que separar la basura orgánica del resto es una cuestión de vida o muerte. Mi perspectiva sobre la ecología difiere de Greenpeace, básicamente en lo que concierne a la peace, puesto que, como dice mi tía March, la postura más ecológica del mundo consiste en defender la total aniquilación de la raza humana. 
Así que amor a los animales, efectivamente, está íntimamente relacionado con mi desprecio hacia la gente: un bicho no te decepciona, no te explota (bueno, mis gatos sí), no expresa su opinión pensando en que a mí debe importarme, no conoce la hipocresía y no ha inventado cosas como instagram, los cupcakes o la lechuga iceberg. Así que, efectivamente, cuándo se me indica con cierto espíritu crítico que me gustan más los animales que los humanos, la respuesta es sí, y cuánto mayor sea el tono de reproche de mi interlocutor, en mayor grado consideraré su estulticia. 

Ésta es la cara de desprecio a la que me refería.