25 enero, 2013

5 mitos que nadie te contó sobre París

Para el que creyese que mi estancia en París se iba a convertir en una fértil crónica sobre la capital del siglo XIX, siento decepcionarlo. Para eso pueden leer a Hemingway y Henry Miller y ver la película de turno de Woody Allen. En todos esos textos encontrarán los tópicos que buscan sobre la ciudad, amén de múltiples descarríos machistas que satisfarán de sobra sus expectativas. Sin embargo, yo he venido aquí a hablar de mi libro, a realizar mis habituales despotricaciones lapidarias sobre el país vecino, y de paso, elevar un tanto la moral nacional propia. Olviden por un momento que París es más limpio, que los franceses son más educados y que su educación pública no es un asco, e inflámense de espíritu nacional, tan Spanish style, que nos recorre cada vez que oímos las miserias del vecino. Porque ahí van cinco cosas que nadie les habrá contado de París, seguramente, porque tampoco le han importado jamás.


Cuando oigo La Marseillase me entran ganas de ser francesa.


1. La burocracia. 
Si pensabas, joven parado español [inserte aquí su identificación nacional], que el vuelva usted mañana era una cuestión patria, y que esto-en-Europa-no-pasa, estás totalmente equivocado. La burocracia francesa está diseñada por una mente claramente psicópata destinada a minar la moral de los más débiles. Especialmente si no hablas bien francés. Estoy hablando de un lugar en el que, para que te acepten en una residencia, debes entregar una attestation sus l'honneur en el que prometes por tu honor que tienes dinero suficiente para pagar. También les encantan los certificados médicos: para la vida colectiva, para el deporte, para la música. A un compañero mío contrabajista le pidieron uno para matricularse en el conservatorio. Así son ellos. 

2. Aunque vivas en París, no eres parisino
No te engañes. No lo serás jamás. Lo parisinos son una gente muy suya, odiada por el resto de franceses, que consideran que París abarca sólo un puñado de barrios en los que jamás podrás pagarte un piso. Tampoco te creas que por salir de fiesta por la Rue Mouffetard, el Marais y Châtelet ya has cumplido el acto épico-bohemio de la vida parisina y emulado a tus ídolos literarios. Primero de todo, cambia de ídolos literarios. Segundo, ¿tú has visto algún catalán comiendo en las Ramblas alguna vez? Pues tampoco verás a un francés cerca de Notre Dame. Tampoco conocerás a ninguno, porque no te dirigirán la palabra. 

3. En Francia hay trabajo
Claro que hay trabajo, para ti, joven español emigrante. De canguro y limpiasuelos encontrarás todo el que quieras. Olvídate de cualquier otra cosa sin no hablas un francés perfecto. Y no, hablando catalán no se habla automática francés. Creédme. En París, Europa acaba en los Pirineos, o incluso antes. 

4. Los inventores de las libertades
No hace falta ser un pedante insoportable que ha leído a Lyotard para saber que el asunto la modernidad con la que nos alumbraron nuestros amigos franceses tiene unos cuantos peligros. A pesar del amor que le tienen a su République y sus Lumières, en pocos sitios he visto tanta xenofobia y conservadurismo como  París. Miento, quizá en Vic. Poca gente sabe, por ejemplo, sabe que en el país de la Revolución Francesa los gays tienen prohibido donar sangre.

5. Las buhardillas
El mito del artista en la buhardilla es, en cierto modo, bastante real. Pero no tanto porque sean lugares de inspiración literaria mágica, sino porque solían ser las habitaciones más baratas. De hecho, buscar piso en París es un infierno en el que puedes encontrar agujeros de diez metros cuadrados por más de mil euros al mes. Las buhardillas suelen ser habitaciones pequeñas, situadas en pisos altos sin ascensor, en edificios antiguos viejos en los que, por mucha vida bohemia que uno tenga en mente, puede ser un horror vivir. París está lleno de ese tipo de edificios, y aún así la demanda supera con creces a la oferta de tal modo que el gobierno francés ofrece ayudas al alojamiento de entre cien y dos cientos euros de forma casi automática a estudiantes y trabajadores para pagar el alquiler. Leer a Henry Miller es fantástico, pero tú, seguramente, no escribes como él. Tampoco tienes que sufrir igual.



Pero ellos tienen a Edith Piaf.