08 agosto, 2013

Swimming pools

we snuck into the swimming pool
you dove headfirst, I waded in
the scent of chlorine upon our skin 
Hace ya muchos días que llegó ese primer día de verano, de otro verano en el que me he vuelto a olvidar de las celebraciones de San Juan, de sentir aquella sensación extraña en que la piel indica la llegada del verano, o siquiera de una resaca que parece necesaria un día como hoy. Han pasado muchas cosas, en cierto modo bastante irrelevantes, como el hacerme doctora y que se mude la gente y que se hunda España, y más relevantes, como que empieza a haber demasiada gente a la que ya no se puede volver a ver. Recuerdo que el verano pasado, por estas fechas, me traje a mi amigo Madrileño (que en realidad no es de Madrid) a cenar a casa de mis padres, porque, como él dice, entrar en casa de unos padres y abrir la nevera da sensación de plenitud. Y supongo que ambos íbamos muy necesitados de eso. Un año después, él se ha ido a vivir a Berlín, yo soy doctora, ya no tengo trabajo y seguimos yendo necesitados de muchas cosas. 
En compensación a tanto desprecio por el mes de agosto, me he instalado sin ritual ninguno una piscina en la azotea, que es como un jacuzzi, pero de plástico, sin burbujas y para pobres. Una nueva manera de beber, pero en remojo y con la posibilidad de meter la cabeza bajo el agua, que en el fondo es una opción mucho más cómoda que hacerlo bajo la tierra. Las piscinas, igual que las casas de los padres, siempre aluden a recuerdos similares, como el de las neveras llenas, los sofás cómodos, el olor a cloro y las picaduras de avispa. Meterse en una piscina, en cierto, es volver a casa de los padres, y en mi caso, es intentar recordar que hace años había veranos y neveras llenas.

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