17 junio, 2012

Malanguito que estás en los cielos

Diría que en los últimos dos días he dicho más veces que nunca en mi vida que me había quedado sin palabras. Los filólogos solemos tener palabras para todo, a menudo estamos empeñados en rellenar las dobleces de la realidad con palabras: sabemos que el mundo es lenguaje y nos lanzamos a nombrarlo todo compulsivamente, no vaya ser que quede algo innombrable, un vacío lingüístico al que nos tengamos que enfrentar con la boca cerrada y los ojos abiertos.
Eso es exactamente lo que ocurre con la muerte, que es un enorme agujero negro de palabras ante el cual sólo podemos quedarnos en silencio y a menudo estupefactos. Una vez me dijeron que todas las muertes tenían algo de inesperado, pero como en todo, supongo que hay gradaciones.
El lunes mataron a Félix Ernesto Chávez, Malanguito para mí, compañero de penas y fatigas, en un asesinato absurdo, del cual he buscado obsesivamente -e irracionalmente- todos los detalles, que voy a a ahorrar acá. Quizá porque necesitaba leer una y mil veces la misma nota, en distintas versiones copiadas en distintos periódicos para creérmelo. Porque una muerte convertida en suceso se hace todavía menos creíble: una foto, una crónica, un asalto, otro caso más de violencia en México que esta vez tiene cara, tiene cuerpo y tiene voz. La deconstrucción miente como bellaca... el lenguaje sí tiene referente, y eso es lo terrible, que cuando falta me veo obligada a llenar con palabras que no salen un vacío aterrador.
Incluso el panegírico, como discurso, tiene sus normas. Obliga a una lamentación, obliga a un elogio, a menudo forzado, de quien ya no está. No necesito recordar el corazón de oro que tenía Félix. Me alegra más recordarlo por su excepcionalidad. A Félix siempre lo quise por lo raro, porque era un histérico y un gregario. Y porque me incluyó en su vida, con ese modo tan extraño y usual en él de seleccionar a la gente, y ahora me deja un vacío inquietante, de repente una ausencia flotante cuya realidad solo puedo justificar con recortes de periódico.
El lenguaje es terrible: te obliga a cambiar, en apenas un minuto, de los verbos en presente a los de un pasado que todavía no se puede concebir como tal, y reformular los futuros planeados en un condicional ya imposible. Ya nunca me voy a poder volver a meter con esas fotos tuyas que ahora circulan en crónicas negras que me siguen pareciendo irreales, esa imagen, que obvio colgar aquí, porque nunca me gustó, en las que te retratas en unas poses académicas que nunca te hicieron justicia.
Que nadie se crea la imagen que ha aparecido en todos los periódicos, porque ese no es Félix. Félix era tímido, dramático y tremendamente miedoso, nada que ver con el ceño fruncido de serio profesor con el que se empeñaba en retratarse. Esa siempre fue la foto de alguien que no existía y ahora me encuentro con la verdad terrible de que la única imagen que me queda de él remite irremisiblemente a una ausencia de otra ausencia. Maldito Roland Barthes y sus teorías sobre la fotografía, maldito México que me has dado tanto y ahora me quitas el doble. Maldita muerte, que sólo me dejas recurrir al silencio impotente, a la invocación necesaria e incluso a un rezo prefijado. Te has ido, y sólo me queda la evocación y la certeza de que algo demasiado profundo para articularlo ha cambiado. 
Malanguito, que estás en los cielos, no sabes cómo odio que lo único que me quede de ti sean palabras.