29 marzo, 2012

Cerrado por huelga general




Por una vez y sin que sirva de precedente, voy a dejar de lado mis inútiles hallazgos finiseculares para hablar de la gris contemporaneidad.
Después de una semana llena de fricciones con piquetes de estudiantes que decidieron por su cuenta y riesgo empezar la huelga general la semana pasada, impidiendo entre otras lindezas el acceso a las aulas al resto de alumnos, no estaba yo en mi mejor ánimo hacia la huelga. Especialmente cuando el martes me encontré el aula en la que doy clase literalmente ocupada por un profesor simpatizante de la asamblea de estudiantes que estaba dando una conferencia "alternativa" sobre el declive de algo. En primer lugar, a mí el concepto de "actividad alternativa" me produce una sensación inquietante, por la proposición implícita de que las clases deben ser demasiado mainstream para algunos. En segundo lugar, algo falla cuando voy a dar una clase de Foucault -sí, Foucault, el gran teórico de las estructuras del poder- y no puedo hacerlo porque no es suficientemente alternativo, ni ha sido pactado con la asamblea. Tercero, yo, que tengo un espíritu inclinado al disfrute de lo aberrante, me quedé en la conferencia a ver qué decía el insigne intelectual. Y llámenme rara, pero si yo dudo a la hora de leer e interpretar un texto, en lo que a cambiar el mundo y subvertir los discursos del poder (Foucault speaking) se refiere dudo todavía más, a todas horas y de muchas maneras. Así que un acto de paternalismo y divismo académico a partes iguales de un señor que parece tenerlo todo claro y que da una conferencia en forma de clase magistral desde la posición privilegiada de intelectual que le ha otorgado la academia, que quieren qué les diga... a mí me hace dudar. 
Debido a las circunstancias que acabo de resumir, no me encontraba, por lo tanto, en la mejor de las disposiciones huelguísticas. Anoche todavía estaba atrapada en una profunda crisis existencial relativa a seguir o no seguir la huelga, consumir o no consumir, ir o no ir a la manifestación, que me estaba poniendo al borde de un colapso nihilista, entre cervezas y capítulos de Breaking Bad. Afortunadamente, en la vida una siempre se encuentra a algún gilipollas que le aclara las ideas. Y es que estaba yo con mi crisis y me llegó un correo de un compañero de los cursos de inglés que estoy tomando últimamente afirmando que él estaba en contra de la huelga. Respetable. Luego añadió que los jóvenes lo que deberíamos hacer es manifestarnos pidiendo más flexibilidad a la leyes laborales y no lo contrario, porque eso sería lo que realmente nos beneficiaría. No voy a hacer sangre de tan magna estupidez, pero sólo diré que este señor, de clase media, con una edad que rondará la cuarentena pasada y un trabajo fijo con horarios estables, a lo mejor podría quedarse sin trabajo y empezar a disfrutar de las múltiples opciones flexibles que ofrece el mercado laboral. No sé, como experiencia positiva y enriquecedora. Claro que este colega es el mismo que en clase me dijo una vez que la universidad española estaba llena de zánganos -entre los que me incluía de forma sutil- y que también era muy positivo para nosotros salir a formarnos al extranjero. Aprovecho para aclarar una cosita desde ya: los investigadores que se van, en general, no vuelven. Y sobre este caso en concreto, no sólo invito a quién quiera a gozar de las maravillas de la flexibilidad laboral incrustadas por dónde el sol no brilla, si no que propongo a todo aventurero que pruebe a largarse del país, siquiera un año o dos (que ya es demasiado poco) dejando colgada aquí toda su vida personal y social, a ver qué les parece. Que ver mundo es positivo, pero ya les digo que está muy sobrevalorado.


Curioso que siempre tengan que ser señores blancos de clase media los que dan lecciones a los demás sobre a qué tienen que aspirar en la vida. Definitivamente, DWEM power is still alive, aunque estos estén bien vivos.
Dicho esto, finalmente me acordé de mi propia genealogía familiar, porque al final, lo político siempre termina siendo una cuestión sentimental. Aunque no se lo crean, yo recibí una estricta educación marxista-leninista-trotskista que incluía una tremenda dosis de mala conciencia por no seguir una huelga. Y me he pasado la vida escuchando a mi santo abuelo explicar cómo, a lo largo de todos los años de su vida laboral, no tuvo un domingo de fiesta. Claro que mi señor abuelo dice que esta huelga es una mariconada, porque en sus tiempos las huelgas eran de una semana y paralizaban el país. No sé a qué tiempos se refiere porque durante el franquismo las huelgas estaban prohibidísimas, pero razón no le falta. Total, que terminé pensando en los dos cientos años de revolución industrial y reivindicaciones obreras, y yo, con esto y los programas de animales abandonados, qué quieren que les diga, me pongo sentimental. Y aunque sólo sea por fastidiar a unas cuantas mentes preclaras como la citada, yo, hoy, haré huelga. Porque mi deseo de volver al siglo XIX tiene que ver con la moda y el decoro, y no con las leyes laborales.  
Y si con esto no les basta, también pueden echarle un ojo a la portada de la Razón


3 comentarios:

Grupo NT dijo...

Buenas.

Una crítica a la Reforma Laboral y a las movilizaciones de los "sindicatos".

http://sindicatount.blogspot.com.es/2012/03/comunicado-de-unt-ante-la-huelga.html

Anónimo dijo...

Perdone, este comentario lo debía haber puesto con mi perfil. Pero como es un coñazo salir para meterme en el mío aparezco ahora como anónimo.

ANGELUS-RUY

Yo dijo...

Un post genial ;)
Coincido con tu abuelo en eso de que esta huelga es una mariconada, él si que sabe...