24 abril, 2011

¿De qué país viene el jamón del país?

 

Obviamente del país de los jamones infectos. Con esta reflexión que me hacía ayer respecto a la vida y milagros de los jamones (malos), alguien me recordó amablamente que llevaba demasiado tiempo sin actualizar: el título de la última entrada actuaba sin piedad como un dedo acusador que me recordaba mi desidia bloguera. Lo prometido es deuda, y le he regalado al mundo mi brillante reflexión sobre ese tipo de jamón nauseabundo que venden hasta en las gasolineras y que ni siquiera sirve para sustuir la suela de mi zapato. Me acusarán algunos que con la que está cayendo allá fuera no debería andar haciendo apologías de las delicias del embutido ibérico, acusaciones que augmentarán por parte de aquellos que conozcan de primera mano mi exigua nómina de becaria. Y sin embargo, aquellos que me  tratan saben también lo muy en serio que me tomo yo el lujo y la frivolidad, que mi gato no se llama Isidoro Rufete por afán de extravangancia, no señor. Al menos no sólo por eso. El insigne apellido de mi hermoso minino hace honor a Isidora Rufete, protagonista galdosiana de La desheredada (1881) y de mi trabajo final de máster. Si bien es cierto que a día de hoy mi opinión en contra de seguir haciendo trabajos de investigación de Galdós está más que arraigada, debo reconocer que mi admiración por ciertas heroínas decimonónicas -que no por los cansinos de su crítica- no termina de decaer. Básicamente, Isidora Rufete me atrae porque está convencida de que es una aristócrata, y decide vivir como tal a pesar de una insidiosa realidad en la que la falta de dinero y de título nobiliario se empeña en demostrarle lo contrario. 


Más o menos, viene a ser lo que yo, que antes me dejo arrancar la cabeza  que comprar el mal llamado jamón del país, a pesar de que mi nómina se empeñe en recordarme cada mes mi molesta falta de sangre azul. Además, el consumo levanta el país, por lo que estoy segura que mis intentos de vivir por encima de mis posibilidades ayudan a reactivar la economía, cosa que nadie me agradecerá nunca. Putadas de no haber  nacido duquesa, aunque haya por ahí unos cuantos macumbas que amablemente así me apoden. Aristócrata o no, el aprender a morir con las joyas puestas como Santa Catalina no es algo con lo que nace. Que se lo digan a Isidora Rufete, que terminó metida a puta, una salida muy digna tanto para heroínas del XIX como para becarias precarias como una servidora. 


Y para compensar el discurso sobre cuestiones tan pedestres como el jamón y mi falta de sangre azul, dejo tres imágenes de una auténtica Duquesa, Violet Lindsay Manners, Duquesa de Rutland (1856-1937), aristócrata finisecular como dios manda, diletante como dios manda y dedicada en cuerpo y alma a la ajetrada vida de ser aristócrata. Como dios manda.