08 marzo, 2011

Feliz ocho de marzo

Porque cuando una se dedica a lo que se dedica, tampoco está de más recordar que otras no pudieron acceder a los placeres de tener que sorportar un montón de intelecualidades masculinas que te tratan con condescendencia por ser joven y ser mujer. Y es que las maravillas de ser una becaria que además intenta buenamente hacer estudios de género son infinitas. En homenaje a las señoras sufragistas con las que en realidad tengo una relación un tanto problemática, resumiré mis motivos para seguir dedicándome en cuerpo y alma al feminismo:

1. Idiotas que me dicen que están en contra del feminismo porque no creen que la mujer sea superior al hombre, evidenciando una ignorancia temeraria sobre lo que significan los estudios de género. 

2. Catedráticos que le preguntan a mi Guía Espiritual cuándo leerá la tesis, porque en sus estrechas mentes es imposible asumir la idea de que una mujer que viste botas militares sea doctora. Algún día esas botas pisotearán cabezas, yo lo sé.

3. Mentes obtusas que se quejan de que el feminismo es una moda académica, o hablan de ello sin haber leído en su vida nada a lo que se le pueda llamar estudios de género.

4. Mentes todavía más obtusas que me alertan de que los estudios de género solo se ocupan de la mujer.

5. Todos aquellos que leen a Harold Bloom, y se lo creen. 

6. Catedráticos que, no lo olviden, son un sueldo de muchos miles de euros con patas, me miran con cara de nada cuando menciono a Judith Butler o cualquier teórica feminista de la que no han oído hablar. O de la cual han oído hablar mal (véase punto 3).

7. Subnormales que usan el término "literatura de mujeres". 

8. Catedráticos -remito al punto seis sobre su sueldo- que me han confesado orgullosos que a pesar del feminismo ellos consideran un signo de respeto abrirme la puerta cuando entro en cualquier lugar. 

9. Feministas folclóricas que se creen que el mundo es una útero gigante y llaman "copa lunar" a un tapón antihigiénico que por decoro no voy a decir para qué sirve. Busquen, busquen en google.

10. Profesores de universidad que me han comparado el santo grial con una vagina (sí, lo he vivido).

HE DICHO.


02 marzo, 2011

Emborráchate, Lili Marleen


Ignorante de mí, yo siempre pensé que Lili Marleen pertenecía a Marlene Dietrich por derecho propio, igual que Drácula pertenecerá a Bela Lugosi por mucho que se entrometa Brad Pitt o igual que a mí debería pertenecerme un título nobiliario, y no uno de filóloga. Sin embargo, gracias a mis experimentos docentes una indaga en los textos que ya creía conocer, les da la vuelta y termina metida en un viaje por youtube que, aunque jamás evitará que siga arrodillada a los pies de la Dietrich por toda la eternidad (que me perdonen la Castiglione y la Bernhardt), te hace descubrir unos doscientas reescrituras de ese personaje abstracto, militar y antaño fascistoide llamado Lili Marleen.
Los que me conocen ya saben lo que me gusta a mí una versión musical. Digo versión, no atentando musical al estilo de Operación Triunfo. Bien lo saben en Salamanca, por donde ronda una grabación de un programa de Radio Universidad que espero que nunca cruce el Tormes y en el que me dedico a plasmar mis obsesiones con las reescrituras musicales. Bien lo sabe también mi querida Fortu, custodia de ese documento inédito, que además de enseñarme a leer a Cervantes me enseñó mucho de la vida y más todavía de música. Pero a lo que iba, la cuestión es que una se topa con viejos textos que se repiten  y que se reactualizan. Puede ser por el fondo marcial que siempre tuvo la canción, que se renueva con mi admiración in crescendo a cualquier sistema jerárquico que se precie; puede ser porque me trae recuerdos salmantinos o quizá simplemente porque, como la versión de Interterror, este fin de semana pienso emular a la Lili Marleen más punki de todas. La cuestión es que no me resisto aquí a poner mis versiones preferidas. 
Un primer lugar y encabezando la lista por derecho propio, dispuesta a bailar sobre la tumba de Audrey Hepburn, mi querida, amada e idolatrada Marleen Dietrich. Que a diferencia de lo que cree mi santa madre, estuvo lejos de apoyar a Hitler: a pesar de ser alemana, se nacionalizó estadounidense pronto, llegando incluso a cantarle a las tropas americanas durante la II Guerra Mundial. A quién le importa, la Dietrich es divina, además de ser una imagen reapropiada últimamente por las estudios gays. Marlene, inspirando a las divas y poniendo a las lesbianas desde tiempos inmemoriales:



Como la ubicuidad de los textos es una cosa maravillosa, paseando por youtube encontré una versión que, si bien prescinde del glamour y la sexualidad equívoca de la Dietrich, entronca sin embargo con otro de mis poemas favoritos. Y es que los punkis son gente que versionan sin pudor cualquier cosa que le eches por delante y además, lo hacen bien, llevándome a la conclusión que frente a tanto poeta petardo que ronda por esos mundos de dios, los punkis son una gente que sabe leer los textos mejor que muchos presuntos postmodernos.



Embórrachate, Lili Marleen, podría ser el lema de algunas de mis noches, pero también podría serlo del poema de Jaime Gil de Biedma con el que termina la entrada. Porque la Lili Marleen de Interterror y la de Biedma son la misma, una prostituta envejecida y medio loca que ronda por un Berlín decadente. Y porque yo sé, dado mi morboso interés por los personajes locos de la tradición occidental, que podría ser yo la que terminara acodada en la barra del bar y jugueteando con un guante negro que pasó mejores épocas. De terciopelo, eso sí. Y es que me hago mayor.

Ruinas del tercer reich
Todo pasó como él imaginara,
allá en el frente de Smolensk.
Y tú has envejecido -aunque sonrías
wie einst, Lili Marlen.
            
Nimbado por la niebla, igual que entonces,
surge ante mí tu rostro encantador
contra un fondo de carros de combate
y de cruces gamadas en la Place Vendôme.
            
En la barra del bar -ante una copa-
plantada como cimbel,
obscenamente tú sonríes.
A quién, Lili Marlen?
            
Por los rusos vencido y por los años,
aún el irritado corazón
te pide guerra. Y en las horas últimas
de soledad y alcohol,
            
enfurecida y flaca, con las uñas
destrozas el pespunte de tu guante negro,
tu viejo guante de manopla negro
con que al partir dijiste adiós.