09 noviembre, 2011

México revisited

Llevo dos semanas en México. Vuelvo a la madre patria en breve, y podría haber escrito un estupendo diario de viaje: sobre los retornos a lugares que (casi) se sienten de una, acerca de volver a ver a los viejos amigos, de hacerlos nuevos, o del descubrir, de forma poco cosmopolita, lo mucha que una echa de menos su sofá y sus gatos. Quién sabe, visto el percal del investigador patrio, pudiera ser que en unos años los gatos y yo acabáramos adoptando la nacionalidad mexicana (chilanga hasta la médula, eso sí, nada de provincianismos, por mucho que adore mis poblanos).
De cualquier modo, andaba pensando que el blog hubiera debido ser actualizado dignamente, pero es que no ha sido como la primera vez: en esta ocasión me he dado el placer de volver al lugar ya conocido, sin la prisa por hacer de turista: museos y edificios emblemáticos ya están vistos, y el mayor gusto de todos ha sido el de sentarme a tomar cervezas en mi terraza favorita de Coyoacán, sobrándome los veinte millones restantes de habitantes del DF. Sin revelaciones, ni apasionamientos especiales... solamente una relación que se hace duradera, a fuerza de nostalgias, de distancias y de reencuentros. De México ya no estoy enamorada, es algo mejor: empiezo a sentirme como en casa. Y sabe la Virgen de Guadalupe que volveré, tarde o temprano.
Otra cosa que tiene México es que cada vez que vengo, me da por escuchar rancheras. Porque es un verdadero placer que el DF me espere en el lugar de siempre, con la misma canción, y con la misma gente.


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