21 diciembre, 2010

Quiero ser santa

Gian Lorenzo Bernini, El éxtasis de Santa Teresa, s. XVII

En estas épocas de recogimiento y buenos deseos, acude a mí, por motivos congresiles que no vienen al caso, un renovado interés por algo que hubiera jurado caía fuera de todo mi interés: la mística. No teman que mi ateísmo recalcitrante no se ha visto afectado por el momento, pero es que una a veces siente tentaciones al finisecular modo: ¿acaso no terminó Huysmans hincando las rodillas ante la cruz? Aunque una duda mucho de que acabe tomando opciones tan radicales, más que nada porque la fe es un don que no poseo, no deja de ser interesante preguntarse por qué toda una patulea de señores decadentes de repente se vio atacada por un fervor que ni Santa Teresa. Yo reconozco que mis hobbies no son preocisamente populares, pero queridos, la mística está de moda. Y es que ya lo decía la Pardo, que el misticismo decadente no dejar de ser una especie de religiosidad invertida. La Pardo, qué grande era y cuánto mataría yo por tomarme un café con ella: una señora católica gallega rodeada de catetos que no tenía problema en decir que Barbey D'Aurevilly era un estupendo creyente, gran escritor y mejor persona. Pero claro, la crítica literaria, que miente más que habla, se limita a decir que mi doña Emilia era una lectora inconsistente y ecléctica (estoy citando literalmente de un artículo cuya referencia me callo). La cosa es que cuando una se topa con montón de gabachos decadentes que, de repente, abrazan la religión como si no hubiera un mañana pues claro, se inquieta. Y es que ya lo dice Bourget, cuando su racional, frío y positivista filósofo de Le Disciple acaba la novela entre lágrimas pensando en un dios que literalmente orina en la boca del positivismo científico: "Tu ne me chercherais pas si tu ne m'havais pas trouvé" [No me hubieras buscado si no pensabas encontrarme]. Bueno quizá literalmente no, pero es que yo soy muy del tremendismo. ¿Y el amado e idolatrado Jean Des Esseintes? El personaje más decadente, citado, manoseado y a menudo sobrevalorado de la literatura de fin de siglo, después de pasar casi cuatrocientas páginas jugando al dandismo y haciendo  unos experimentos sinéstesicos con absenta y opio que para mí los quisiera yo, termina implorando piedad a dios: 
Dans deux jours, je serai à Paris; allons, fit-il, tout est bien fini ; comme un raz de marée, les vagues de la médiocrité humaine montent jusqu'au ciel et elles vont engloutir le refuge dont j'ouvre, malgré moi, les digues. Ah! le courage me fait défaut et le cœur me lève! Seigneur, prenez pitié du chrétien qui doute, de l'incrédule qui voudrait croire, du forçat de la vie qui s'embarque seul, dans la nuit, sous un firmament que n'éclai- rent plus les consolants fanaux du vieil espoir! (Huysmans, À Rebours)
[Dentro de dos días estaré ya en París. Todo se ha terminado; como un maremoto, las olas de la mediocridad humana suben hasta el cielo y van a sepultar el refugio cuyos diques estoy abriendo, muy a pesar mío. ¡Ah! ¡Me falta valor y me duele el alma! Señor, ten piedad de este cristiano que duda, de este incrédulo que quisiera creer, de este galeote de la vida que se embarca, en plena noche, solo, bajo un firmamento que ya no iluminan los daros consoladores de la antigua esperanza!]
Jeanne Mammen, Woman at the Cross, 1908

Y es que de decadentes arrepentidos está el mundo lleno. Ahora, yo me pregunto para mis fueros: ¿arrepentidos? Porque a mí me da, y en eso andaré en los próximos meses, que la línea que separa al satanismo del misticismo es muy delgada. Y es que oponerse al postivismo burgués, tiene mucho que ver con darse a la mística. Porque ahí tenemos a uno de mis personajes favoritos de Emilia Pardo Bazán, Lina Mascareñas -que se llama igual que una salmantina querida a la que irónicamente reubauticé como Fortunata, pero es que los caminos de la onomástica son inescrutables-, una decadente y rica heredera que se dedica a disfrutar de su colección de perlas ante el espejo de su habitación. Tres mediocres amantes y un montón de seda después:
La hórrida erupción brotó con furia. La cara fue presto la de un monstruo. Las moras de las pupilas, de un negro violeta tan intenso, tan fresco, desaparecieron tras el párpado abollonado. [...] Nuevamente percibíla herida en lo secreto del ánimo; y más viva, más cortante, más divinamente dolorosa. [...] Dentro de mí, todo se ilumina. Alrededor, un murmurio musical se alza se alza del suelo abrasado con el calor diurno. No sé dónde me hallo. [...] Venga ignominia, fealdad horrible, dolor, enfermedad, ceguera; venga lo que sea, hiéreme, hazme pedazos... pero no te apartes, quiéreme, acompáñame, porque ya no podría vivir sin ti, sin ti, sin ti...
Y palpitando en mis labios, la queja deliciosa repite, sin pronunciarlo, sin rasgar el aire:
- Dulce Dueño...
¡Ay mi Lina querida! ¿De verdad claudica? Porque yo creo que mi Guía Espiritual tiene razón cuando dice que ciertos arrebatos místicos son rebeliones contra la ordinariez, amén de un proyecto radical de inscripción del propio deseo. Las lecturas obtusas que han hecho de esta novela así parecen demostrarlo. En realidad, no se fíen de casi nada de lo que lean sobre la Pardo Bazán, a no ser que tengan particular interés en aberrarse o en hacer una tesis doctoral. Yo suelo combinar ambos motivos. Y para escandalizar más a algún venerable crítico... ¿no se parece sospechosamente el dolor de Lina a ese "me duele España" de Unamuno sobre el cual se han dicho tantas tonterías? ¿No será que el cuerpo tiene mucho que ver con las crisis espirituales? ¿No tendrá el dolor algo que ver con la crisis de fin de siglo? Reflexiones al respecto próximamente.
Y como los textos son ubicuos y me quedo con la idea de que el misticismo puede ser un proyecto identitario tan subversivo como los devenires perras varios, ahí queda un versión punki que, personalmente, me  da qué pensar.