19 enero, 2010

Cadáveres exquisitos

"What a magnificent body! Shouldn't I like to see it on the dissecting-table!" (Turgenev, Padres y hijos)


Me temo que los consejos espirituales sobre investigación que recibo últimamente, y cuya máxima se resume en la metodología de la lectura a cascoporro, me están llevando por un camino extraño. Ya sé, que prometí hablar de mi querida Augustine en el próximo post, pero una nueva obsesión se ha erigido en el horizonte y tengo que saciarla de alguna manera: las imágenes de disecciones anatómicas en el siglo XIX. Como tema de obsesión yo sé que suena raro, por no decir inquietante. Peores miradas me echa la tipa de la biblioteca cuando le doy las listas de libros del fondo antiguo para pedir al almacén. La cuestión es que en el siglo pasado muestran un interés mucho más preocupante que el mío por representar a los forenses en plena faena, desmontando, observando, fijando y -por qué no- generando toda una legión de cuerpos femeninos. Y es que el arte del despiece de cadáveres es algo que ha funcionado desde siempre, aunque con distintos matices. Quizá las imágenes más famosas son las del siglo XVI, sobre todo las de los tratados anatómicos de Vesalio. Sin embargo, mi odio ancestral a los renacentistas, a pesar de lo maravillosa de puede llegar a ser De humani corporis fabrica, me obliga a saltar a imágenes mucho más morbosas, perversas e inquietantes. Resulta que la representación del cuerpo femenino en plena disección es un tema histórico específicamente decimonónico. Al igual que en la novela y en los tratados médicos, la ciencia permea cualquier producto cultural y configura una mirada obsesionado con el cuerpo femenino. Si la mujer representa por excelencia la naturaleza, lo atávico y el estado más puro de primitivismo, la medicina se empeñará en escrutar ese misterio orgánico hasta límites inimaginables.
La ciencia decimonónica (y la ciencia a secas, sólo que como nadie duda tan a menudo de su utilidad autorreflexionan menos que las letras) se caracteriza por una serie de metáforas de género bastante obvias. La mirada del venerable forense es, a todas luces, cualquier cosa menos inocente. Las fantasías del discurso masculino se congregan en una serie de cadáveres femeninos extremadamente bellos. Por un lado, el escrutinio del cuerpo en nombre de la ciencia, la obsesión por desvelar una naturaleza femenina codificada como una diferencia irreductible. Por otro, una mirada sexualizada. El deseo siempre tiene género, por más que mi querida Lady Bergman se empeñe en decir lo contrario. Y el deseo en este caso se convierte en un dispositivo de poder sobre el cuerpo femenino. Sexualidad y medicina van de la mano y corroboran mi teoría , mencionada a menudo, de que en el siglo pasado eran todos una panda de depravados.

Con una puesta en escena similar a las exhibiciones de la histeria, en la imagen superior ni siquiera vemos un rostro más o menos bello. Vemos un pecho impúdico que basta para hacer alusión al género femenino, rodeado de miradas que son de todo menos científicas. O quizá, precisamente, son totalmente científicas. Y no mientan, nosotros nos convertismos en cómplices de esa mirada que disciplina en la misma medida que desea. La Mulvey diría que ahora mismo estoy haciendo gala de una mirada transvestida al afirmar que -no me lo nieguen- esos cadáveres son bellos, divinos y exquisitos. Y que la abuelita Ofelia de los prerrafaelitas se queda un tanto descafeínada al compararla con mis damas naturalistas.


Sin embargo, mi cadáver favorito pertenece, por raro que parezca, a un español. Enrique Simonet (1866-1927) pintó un cuadro cuya mala leche sólo ha sido emulada cien años después por los guionistas de Nip/Tuck. Sé que tiendo a hacer asociaciones extrañas pero es que ésta está justificadísima. La imagen se llama Anatomía del corazón, pero por una suerte de confabulación extraña aparece en casi todos los catálogos con el título de ¡Y tenía corazón!, juzguen ustedes mismos por qué...


Lo que decía, una sublime mala leche: si no entiendes el alma de una mujer, disecciona su corazón. La imagen tiene tantas lecturas que hasta marea. Por un lado, se suele leer como un aviso moral a las mujeres de vida disipada: por mucha belleza y éxito que tengáis acabaréis siendo carne de ciencia, os guste o no. Aunque hay otras lecturas que a mí me resultan mucho más divertidas. No me dirán que no es inevitable pensar en perversiones necrofílicas por muy seria que sea la cara del señor médico. Si me pongo en plan foucaltiana, obvio que aquí tenemos a la mirada clínica en todo su esplendor ejerciendo el poder y el control sobre un cuerpo femenino que aparece silenciado y disciplinado. Por otro lado, es evidente que estos cadáveres son un campo de estudio de los más interesante para los estudios de género. Más allá del poder que ejerce una racionalidad marcada en masculino con los cuerpos sexuados en femenino a mí me interesa más el hecho de cómo un cuerpo femenino se convierte en un espacio para el espectáculo. Eso está clarísimo en el cuerpo histérico y en muchos personajes literarios pero... ¿qué hay de los cadáveres? ¿No son cuerpos demasiado parecidos a la enferma o a la automáta? ¿No terminan ostentando una centralidad, generando un deseo que, cuanto menos resulta amenazador? ¿Se levantarán algún día y les devorarán los sesos a los venerables forenses? Preguntas, demasiadas preguntas...

Y el que quiera hacerme feliz y ganarse mi amor eterno puede regalarme esto. Amazon siempre termina sorprendiendo.

13 enero, 2010

Of course I am an hysterical


Llamadme Augustine y deseadme suerte en el star system frenopático, AGAUR mediante. Próxima entrega de las locas de la historia sobre las estrellas de la Salpetrière: Augustine, o como convertirse en la celebrity del manicomio.

Si no me han encerrado antes.

(Imagen: Iconographie photographique de la Salpêtrière, 1878)

10 enero, 2010

Locas de la historia que nunca seré, pero como las que podría terminar: Carlota de Habsburgo

Bien saben los que me conocen que nunca he sido dada a devociones monárquicas, mostrando más bien un ramalazo republicano con preocupante tendencia hacia el uso de la guillotina. Sin embargo, la cosa cambia cuando hablamos de una emperatriz fallida que terminó viuda y loca de castillo en castillo por la decadente Europa de finales del XIX y principios del XX. La locura femenina siempre ha sido muy interesante, todavía más si la situamos en una aristócrata decimonónica, educada en los principios del liberalismo europeo, que termina convertida en emperatriz de México por motivos tan variopintos como los intereses de Napoleón III, las peticiones de las facciones conservadores del país y la propia ambición de poder. Un ejemplo perfecto, tanto del mito exotista en el que Latinoamérica es el lugar al que los europeos vamos a perder la cordura, como del maravilloso mundo de la psiquiatría decimonónica, que construye la idea de locura en torno a la metáfora de género.
Pero volvamos a mi querida Carlota: casada con Maximiliano de Habsburgo y enemiga de la petarda de la Emperatriz Elisabeth -Sissí- en la corte de Viena, en 1864 la pareja viaja a México para ser coronados emperadores del país. Obviamente y conociendo el carácter de los aztecas, a éstos no les hizo mucha gracia que les colocaran a un archiduque austríaco por governante. La pareja se instaló en el Castillo de Chapultepec, en el DF, que a día de hoy permanece en pie y bien cuidado. Y como nunca he pensado que mi espíritu republicano tenga que estar en contradicción con las carrozas de oro, la Macumba Mayor y yo fuimos a visitarlo en mis días mexicanos.


El castillo, invadido por turistas de todo pelaje entre los que me encontraba, tenía la gracia de conservar las dependencias reales con cierto estilo. Después de pasearnos arriba y abajo husmeando salones barrocos, mi anfitriona y yo llegamos a varias conclusiones tajantes, que podrían resumirse en el hecho de que habíamos nacido para ser emperatrices. Sin embargo, mi amada Macumba me dijo que quizá Carlota de Habsburgo no era un modelo a seguir, ya que terminó demente. Sin embargo, ese dato fue lo que me convenció de forma definitiva: el personaje emperatriz-loca es mi aspiración de vida. De castillo recuerdo bien el suelo de mármol al estilo Alicia-en-el-país-de-las-maravillas, que fue decidido unánimemente para decorar nuestras futuras mansiones, así como la carroza de paseo, que hizo exclamar a mi compañera el significativo a la par que elocuente grito de "¡Yo la quiero!".




Volvamos, no obstante, a Carlota de Habsburgo. Mientras Benito Juárez pone al emperador contra las cuerdas, Carlota decide regresar a Europa a pedir ayuda a la rancia aristocracia del viejo continente. Aquí es donde parece empezar la locura de la emperatriz, fomentada por las promesas vanas y los oídos sordos que recibe de líderes como Napoleón III o el Papa Pío IX. En 1867, con Carlota todavía en Europa, el emperador Maximiliano es fusilado en México. A partir de este momento la locura de la viuda parece agravarse hasta su muerte en 1927. Por lo visto andaba por ahí convencida de que seguía siendo emperatriz de México y de que Maximiliano no había muerto (extraña locura, dada la ausencia de vida sexual de la pareja desde 1860. O quizá debido a ello). Su hermano el Conde de Flandes la tenía rodeada de médicos que declararon que estaba como una cabra. Conociendo a los psiquiatras de la época, mataría por leer esos informes. Durante los sesenta años de locura estuvo alojada en tres castillos distintos, el primero en Trieste y los otros dos en Bélgica. Que digo yo, que sesenta años de locura son muchos años, y pasarlos encerrada en palacios aristocráticos con todos los lujos del mundo quizá no está tan mal. Por ello, declaro mi aspiración a convertirme en emperatriz que luego termine histérica vagando su locura por los palacios que hagan falta. Teniendo en cuenta las situaciones kafkianas a las que me ha sometido el AGAUR últimamente, no será difícil llegar a un esplendoroso ataque de histeria. Eso sí, con el valor añadido de la rancia aristocracia.
Y para quitarle brillantina al asunto, les dejo una de las últimos fotos que se tomaron de la emperatriz, en plena decadencia. El parecido con las locas de los psiquiátricos decimonónicos es espeluznante. Pero ya sabe que el régimen de la mirada en el siglo XIX unifica a las histéricas que da gusto.