10 enero, 2010

Locas de la historia que nunca seré, pero como las que podría terminar: Carlota de Habsburgo

Bien saben los que me conocen que nunca he sido dada a devociones monárquicas, mostrando más bien un ramalazo republicano con preocupante tendencia hacia el uso de la guillotina. Sin embargo, la cosa cambia cuando hablamos de una emperatriz fallida que terminó viuda y loca de castillo en castillo por la decadente Europa de finales del XIX y principios del XX. La locura femenina siempre ha sido muy interesante, todavía más si la situamos en una aristócrata decimonónica, educada en los principios del liberalismo europeo, que termina convertida en emperatriz de México por motivos tan variopintos como los intereses de Napoleón III, las peticiones de las facciones conservadores del país y la propia ambición de poder. Un ejemplo perfecto, tanto del mito exotista en el que Latinoamérica es el lugar al que los europeos vamos a perder la cordura, como del maravilloso mundo de la psiquiatría decimonónica, que construye la idea de locura en torno a la metáfora de género.
Pero volvamos a mi querida Carlota: casada con Maximiliano de Habsburgo y enemiga de la petarda de la Emperatriz Elisabeth -Sissí- en la corte de Viena, en 1864 la pareja viaja a México para ser coronados emperadores del país. Obviamente y conociendo el carácter de los aztecas, a éstos no les hizo mucha gracia que les colocaran a un archiduque austríaco por governante. La pareja se instaló en el Castillo de Chapultepec, en el DF, que a día de hoy permanece en pie y bien cuidado. Y como nunca he pensado que mi espíritu republicano tenga que estar en contradicción con las carrozas de oro, la Macumba Mayor y yo fuimos a visitarlo en mis días mexicanos.


El castillo, invadido por turistas de todo pelaje entre los que me encontraba, tenía la gracia de conservar las dependencias reales con cierto estilo. Después de pasearnos arriba y abajo husmeando salones barrocos, mi anfitriona y yo llegamos a varias conclusiones tajantes, que podrían resumirse en el hecho de que habíamos nacido para ser emperatrices. Sin embargo, mi amada Macumba me dijo que quizá Carlota de Habsburgo no era un modelo a seguir, ya que terminó demente. Sin embargo, ese dato fue lo que me convenció de forma definitiva: el personaje emperatriz-loca es mi aspiración de vida. De castillo recuerdo bien el suelo de mármol al estilo Alicia-en-el-país-de-las-maravillas, que fue decidido unánimemente para decorar nuestras futuras mansiones, así como la carroza de paseo, que hizo exclamar a mi compañera el significativo a la par que elocuente grito de "¡Yo la quiero!".




Volvamos, no obstante, a Carlota de Habsburgo. Mientras Benito Juárez pone al emperador contra las cuerdas, Carlota decide regresar a Europa a pedir ayuda a la rancia aristocracia del viejo continente. Aquí es donde parece empezar la locura de la emperatriz, fomentada por las promesas vanas y los oídos sordos que recibe de líderes como Napoleón III o el Papa Pío IX. En 1867, con Carlota todavía en Europa, el emperador Maximiliano es fusilado en México. A partir de este momento la locura de la viuda parece agravarse hasta su muerte en 1927. Por lo visto andaba por ahí convencida de que seguía siendo emperatriz de México y de que Maximiliano no había muerto (extraña locura, dada la ausencia de vida sexual de la pareja desde 1860. O quizá debido a ello). Su hermano el Conde de Flandes la tenía rodeada de médicos que declararon que estaba como una cabra. Conociendo a los psiquiatras de la época, mataría por leer esos informes. Durante los sesenta años de locura estuvo alojada en tres castillos distintos, el primero en Trieste y los otros dos en Bélgica. Que digo yo, que sesenta años de locura son muchos años, y pasarlos encerrada en palacios aristocráticos con todos los lujos del mundo quizá no está tan mal. Por ello, declaro mi aspiración a convertirme en emperatriz que luego termine histérica vagando su locura por los palacios que hagan falta. Teniendo en cuenta las situaciones kafkianas a las que me ha sometido el AGAUR últimamente, no será difícil llegar a un esplendoroso ataque de histeria. Eso sí, con el valor añadido de la rancia aristocracia.
Y para quitarle brillantina al asunto, les dejo una de las últimos fotos que se tomaron de la emperatriz, en plena decadencia. El parecido con las locas de los psiquiátricos decimonónicos es espeluznante. Pero ya sabe que el régimen de la mirada en el siglo XIX unifica a las histéricas que da gusto.


1 comentario:

Albert Lázaro-Tinaut dijo...

Me parece muy interesante tu blog, que voy a vincular a mi bitácora TRANSEÚNTE EN POS DEL NORTE (http://transeuntenorte.blogspot.com/), el cual te invito a visatar.
Saludos.