30 agosto, 2009

Y en la medianoche del sexto día, ella dijo "ábrase la botella". Y así se hizo.

"Después del primer vaso, uno ve las cosas como le gustaría que fuesen. Después del segundo, uno ve las cosas que no existen. Finalmente, uno acaba viendo las cosas tal y como son, y eso es lo más horrible que puede ocurrir" (Oscar Wilde)

Llegó el día anunciado, la culminación de todo un año insistiendo que en el siglo XIX ya lo habían inventado todo, fiestas incluidas. Después de una semana de esfuerzo a la búsqueda infatigable del atuendo adecuado, de terminar metiendo el arroz en una picadora para hacer polvos y de enfrentarme por primera vez a un invento de Satanás como son los rizadores del pelo, saqué las mejores galas del armario y me propuse hacer la mejor performance decimonónica del siglo XXI. Ya que los asistentes a tan magno evento también están muy interesados en performatividades varias, debo decir que la etiqueta se siguió, en casi todos los casos, rigurosamente. Madame Vernona ejerció de anfitriona prostibularia envuelta en tules, perlas y plumas. Rosalía de Bringas se limitó a vestirse de ella misma. Y qué decir de Lady Bergman, reconvertida en un joven y atractivo dandy del siglo pasado. Claro que nada hubiera sido igual sin la llegada de nuestra Guía Espiritual, única dama en este mundo capaz de llevar guantes en agosto por puro decoro, que llevó a confirmar la idea de que este tipo de fiestas de guardar hay que hacerlas en invierno. La expectación se cernía en torno a una -aparentemente inofensiva- botella...

Como era de esperar, nada de lo que lleve la Guía Espiritual metido en su bolso puede ser inofensivo, y una botella de la mejor absenta del mercado es una de las armas más peligrosas que existen. Con una concentración digna del momento, nuestra querida corruptora procedió con los rituales pertinentes a iniciarnos en arte tan sutil como el de preparar una copa de absenta como manda la tradición. Aprovecho para pedir perdón a mi señora maestra por dejarle el quemador ennegrecido de azúcar chamuscada. El camino del discípulo siempre es arduo y complicado. Aunque reconozcamos que ese fuego tiene algo hipnótico que hace que se olvide que la jarra de agua que hay al lado sirve para algo.


A partir de aquí, logramos resucitar el exquisito cadáver de la señorita Ten Brinken, que cayó en la tentación de servirse una copa de tan espirituosa bebida. Y una segunda que servidora tuvo el honor de prepararle. Destapada la caja de Pandora (o en este caso botella de absenta), la cosa resulta algo confusa de explicar, porque de repente eran las 8 de la mañana y en la calle había luz. Podemos destacar que entre las 12 de la noche y las 8 de la mañana Lady Bergman Reconvertida en Atractivo Jovencito hizo méritos para ganar el título de prerrafaelita del grupo por su inevitable tendencia a quedarse dormida en fiestas de todo pelaje. Por su parte, el Macho Ibérico Alternativo demostró su hombría -puesta en duda después de ciertas fotos envuelto en boas de plumas- saliendo junto al Señor Alterno a la caza y captura de cerveza y tabaco, acto heroico que le valió una palmadita en la espalda por parte de Ten Brinken y servidora. Finalmente, debo añadir que la tormenta que cayó en algún momento de la noche era un prueba más de que ayer los dioses estaban de nuestra parte, afirmación que se corrobora con mi sorprendente ausencia de dolor de cabeza. No obstante, dado que la semana que termina ha sido turbulenta en lo que a eventos festivos se refiere, debo retirarme por el momento de tales excesos y volver a recogerme en una biblioteca a partir de mañana, no sin antes agradecer a todos los asistentes de la noche su decoro y buen hacer. Benditos sean.


29 agosto, 2009

Today is the day

Hoy sacamos nuestros tirabuzones del armario, orgullo decimonónico. Maquillaje, artificialidad y absenta a partir de las diez de la noche. Fiesta del XIX en casa de Madame Vernona.

14 agosto, 2009

Degas, Facebook y excusas variopintas para escribir una entrada

En los ratos muertos que paso boicoteando al capitalismo (véase post anterior) tengo tiempo de sobra ya no sólo para escribir ponencias, sino para pasar de ellas y dedicarme a mi otra pasión oculta: hacer tests en Facebook. Que como pasatiempo sea algo estúpido es algo innegable, pero nadie dijo que acabar con todo un sistema bancario desde una centralita de teléfonos fuese sencillo. La cuestión es que hoy he dado con un test que, rompiendo con la tónica general, no era vomitivo. La cosa iba sobre identificarse con una pintura del XIX (esta vez he tardado medio párrafo en mencionar el siècle, voy mejorando) y me ha salido el insigne Edgar Degas. Me encanta la frase de "ta situation d’exception n’échappe pas aux critiques, souvent déstabilisées par ton avant-gardisme", que resume mi último año peleándome con una crítica más galdosista que el propio Galdós, a los cuales se les erizan los pelos cuando oyen cualquier palabra que no sea la suya o la de sus aguerridos discípulos. El tema es que, junto los tests de Facebook, la historia del arte es algo que me apasiona en la misma medida que desconozco. Así que he empezado a husmear por Google a ver qué encontraba. Una cosa está clara: Degas pintó bailarinas.

Y luego pintó más bailarinas.

Y luego hizo una escultura de una bailarina, pero a esas alturas ya me había cansado de ellas. Harta de tutús y lánguidas danzantes, me he ido a la Wikipedia (quién diga que nunca la mira miente como un bellaco) a por más información, que, igual que con el comentario virgiliano de infausta memoria, me ha iluminado algo. Información esencial: Degas abandona los paisajes naturales y se centra en espacios artificiales y urbanos, algo que, de entrada, ya se gana mis simpatías. Luego he descubierto, corroborando mis tesis sobre la mirada fascinada de todos los artistas del XIX, que también pintaba desnudos.

Aich, el cuerpo, el cuerpo femenino está por todas partes en todos los discursos de todas las artes decimonónicas. Pero los desnudos femeninos también están muy manidos, y que Degas fuese un pervertido no lo diferencia mucho del resto de sus correligionarios/as. Finalmente, y aunque he tardado un buen rato, he descubierto por fin unas cuantas pinturas de esas que me inspiran ganas de atravesar el lienzo y sacar el corsé y el abanico que llevo dentro. Voilà...

Ahí estoy yo, harta de tanta pardala con tutú, reclinada en una silla de madera, abstraída en la lectura como toda decimonónica que se precie. Que los cuadros en los que aparecen lectoras me vuelven loca no es ninguna novedad. Que la novela del siglo está llena de lectoras voraces que se vuelven locas tampoco. Basta con verme a mí, aunque tenga la pretensión de llamar algún día a esa locura "tesis doctoral". Si Lombroso me pillara por banda me mandaba directa a La Salpetrière. Claro que, obviamente, servidora no sólo vive de literatura y bibliotecas. La vida de bar es inherente a todo estudiante de letras que aspire a ser investigador. Más que nada porque no caer en el alcoholismo es difícil, tal y como está el patio académico. Ahí la tienen, meditando sobre no se sabe qué, sin esperar nada, con una copa de absenta delante:

Es una de las imágenes más deprimentes que he visto nunca, por lo que me resulta bastante inquietante mi identificación con ella. De todas formas, lo de transmutación en bebedora de absenta todavía está en un proceso que no culminará hasta finales de este mes. No digo más, pero hay una fiesta nónica de por medio que va a poner al gremio de los Macumba Studies mucho peor que a la señorita de arriba. Sólo falta una imagen que complete el dúo bares-literatura: el tocador. Se preguntarán, los que estén acostumbrados a mi estampa, qué interés puedo tener yo en tan insigne mueble. Básicamente, que es el centro de operaciones de cualquier artificialización decimonónica que se precie, que sobre los espejos y las burguesas hay mucho que decir y que nada me embelesa más que una dama mirándose a sí misma tan embelesada como yo la miro a ella.

Ya si eso otro día les cuento porque me interesa tanto la estética material del cuerpo ajeno y tan poco la del mío propio. En realidad es una cuestión de pereza: la estetización del cuerpo requiere de un ascetismo y una disciplina que yo no tengo. Y el poco que me queda lo dedico a los bares y las bibliotecas. Quién tuviera un tocador y todo el ocio burgués del mundo. Entonces podría dedicarme a cultivarme como dios manda ante un espejo. Mientras tanto, solo puedo conformarme con soltarle al mundo esa maravillosa frase que dijo Degas en su momento: "Il vous faut une vie naturelle ; à moi la vie factice".

08 agosto, 2009

Matar al ángel

Y a pesar de ciertas sospechas que rondan entre ciertas decimonónicas contemporáneas, resumidas en grandes pensamientos como el de "esto con la calceta no pasaba" y "me dan ganas de aprender a hacer macramé", así como perversos deseos expresados en el núcleo de los Macumba Studies acerca de querer emular a Clarice Lispector con un marido diplomático, y aunque en el fondo Sinués y la Grassi tienen cierta gracia, derivada del mérito que supone defender a la mujer como madre y esposa mientras una es escritora y no ha tocado jamás una aguja de coser, conviene, no obstante, recordar de vez en cuando a los clásicos. Y en estas cuestiones nadie como Virginia Woolf, que, con el permiso de Nicole Kidman, supo matar al ángel del hogar de forma sublime. La cita me la ha proporcionada mi hermana del alma, que sabe mucho de ángeles sin alas. Para releer cuando sientan terribles deseos de convertirse en un ángel del hogar, algo demasiado habitual cuando una pulula por los márgenes de la jungla académica.

Y cuando empecé a escribir, topé con ella justo con las primeras palabras.
La sombra de sus alas tapaba la página, yo oía el crujido de sus faldas en mi cuarto...
E hizo ella el ademán de querer guiarme la pluma...
Me abalancé contra ella y la agarré por el cuello. Intente
con todas mis fuerzas matarla .
Murió de mala gana. Su naturaleza ficticia le ayudaba mucho.
Es mucho más difícil matar a un fantasma que a la realidad.

Virginia Woolf, "Profesiones para mujeres" (1931)

03 agosto, 2009

Boicoteando el capitalismo

Llega el mes de agosto, y mientras España entera corre a encandenarse al chiringuito más cercano a fin de salvarlos de la Ley de Costas yo, que siempre he sido muy dada a ir a contracorriente, me pongo a trabajar en una caja de ahorros. Con la que está cayendo ahí fuera, pensarán. Efectivamente, porque entre fusiones y crisis económicas ahora mismo soy la que está más tranquila dentro de este edificio: mientras yo sé que dentro de un mes volveré a estar en la calle, el resto de pringados que pululan por aquí sólo lo sospechan. Así que aquí me tienen: atendiendo a un teléfono desde las ocho de la mañana cual teleoperadora estilo años 20'. Al menos tiene una ventaja, y es que meterme en esta oficina del diablo me obliga a volver a procuparme por mi desharrapado aspecto, cuyo abandono estaba tomando tintes preocupantes durante las últimas semanas. La culpa la tiene la biblioteca, un lugar que nunca ha invitado al espectáculo, a pesar de mis secretos deseos de tener algún día una aventura entre las estanterías de literatura del siglo XIX. Así que al menos ahora vuelvo a estar bien vestida, peinada como Dios manda y sutilmente maquillada. Aunque el maquillaje que no pretende ser artificial es una burla a su propia esencia. Total, que con mi aspecto inmejorable me dedico a boicotear el capitalismo pasando siete horas diarias metida en Facebook y echándole vistazos a artículos en línea que tengo por leer. Piensen que, mientras les cobran comisiones por mantenimiento de cuenta, se han negado a arreglar el aire acondicionado del cubículo donde estoy metida porque consideran que me refresco suficiente con el de al lado. Y, a estas alturas, ya no es cosa de ponerme a quemar cajeros...

[Nota: resulta que al final sí que me han arreglado el aire acondicionado, aunque, como decimos por aquí, una flor no fa estiu, y, total, les siguen cobrando comisiones por respirar]

02 agosto, 2009

El paraíso de las damas

Los tales salones eran angostas celdas, que cerraban unas lunas esmeriladas, y a las que los hombres no podían pasar, ni siquiera los maridos, por un prurito de decencia de la dirección. Las dependientes entraban y salían con prisas, y, en cada ocasión, dejaban intuir, en el rápido vaivén de la puerta, visiones de mujeres en camisa y enaguas, con el cuello y los brazos al aire, unas gruesas, de carnes blancas, otras flacas, con piel de marfil antiguo. Una hilera de hombres, acomodados en sillas, esperaban con cara de aburrimiento. [...] Toda la ropa íntima de mujer, esas prendas interiores blancas que quedan ocultas a la vista, se mostraba a sus anchas en una serie de estancias consecutivas, repartidas por categorías en varios departamentos. Los corsés y los polisones estaban en un mostrador: corsés con costuras, corsés de talle bajo, corsés con refuerzo, y, sobre todo, corsés de seda blanca, con cuchillos de color, que se exponían aquel día de forma especial, un ejército de maniquíes sin piernas ni cabeza, una hilera de torsos, de pechos de muñeca que, aplastados bajo la seda, brindaban una mutilación turbadoramente lúbrica; y, junto a ellos, en otros soportes, los polisones de lustrina y crin añadían a aquellos palos de escoba unas posaderas enormes y turgentes que, vistas de perfil, eran de una caricaturesca falta de recato. Comenzaba luego una pícara siembra de prendas por las anchas galerías, como si un grupo de lindas jóvenes se hubiese ido desvistiendo, de departamento en departamento, hasta desnudar por completo el raso de la piel.

Emile Zola, Au bonheur des dames [1883]. Traducción al español de María Teresa Gallego y Amaya García. Barcelona: DEBOLS!LLO, 2009

Me he visto obligada, a riesgo de perecer bajo un ataque de histeria si no lo hacía, a colgar este fragmento de la novela de Zola, que me plantea ciertas reflexiones. La primera es que el naturalismo no es ni de lejos como me lo habían vendido, y que todo eso de la novela experimental y de retratar la realidad no funciona nunca, menos cuando la voz narrativa se pone caliente describiendo el departamento de lencería de unos grandes almacenes. Eso me lleva a pensar que, efectivamente, mi guía espiritual tiene toda la razón del universo (casi siempre la tiene) cuando dice que las definiciones habituales del naturalismo son una de las mayores manipulaciones que ha llevado a cabo la historia de la literatura. En segundo lugar, el texto demuestra que un cuerpo sin artificialidad no es un cuerpo, es un filete. El erotismo termina centrado en la prótesis, confirmando mi teoría de que en el siglo XIX eran todos una panda de fetichistas depravados. Finalmente, sólo debo añadir que esto es una de las grandes explicaciones sobre por qué últimamente tengo tantas ganas de revolcarme entre montañas de seda y comprarme corsés compulsivamente. Aviso para navegantes: las estupideces que venden en tiendas de ropa interior y sex shops anodinos no son corsés: no ahogan, no aprietan, no provocan abortos y no generan un cuerpo decimonónico como dios manda. Hasta la Wikipedia lo dice. Por ello, no permitiré que se cometa tamaña ignominia contra prenda tan sutil. Quedan avisados.