19 marzo, 2009

Crónica sentimental de Salamanca

Con la nostalgia de siempre.

Seguramente no me saldrá la crónica que quería escribir. Me hubiera gustado haber podido escribir algo parecido a esto, obra de mi querida dama de Bringas. Como tampoco soy poeta nunca podré escribir un poema (es el tercero) como el de Álex Chico. Ni siquiera creo que pudiera preguntarle a la ciudad lo que pidió Unamuno, di tú que he sido. Tampoco voy a poner fotos. Podría haber puesto cualquiera de las cientos que tengo. Ya no necesito fotos para hablar de Salamanca. Ya no voy a ver catedrales, ni bajo a ver el puente, ni me hago fotos en la Plaza Mayor. Tengo cientos. Lo que yo hago es turismo sentimental. Sentarme en algún café, pasear por alguna calle secundaria, recordar alguna anécdota en cualquier esquina, ir a una clase de literatura medieval... toda una serie de actos banales que sólo hacen aquellos que vuelven a un lugar al que realmente pertenecieron. Y al que ya no podrán volver a pertenecer. A veces tengo la sensación de que cada visita a la ciudad me aleja más de ella. Otras veces pienso que siempre me quedará una cuenta pendiente, imposible de saldar. Podría ponerme a divagar sobre la tendencia que tenemos a convertir en mitología algunos años universitarios, podría justificarme con la conciencia que tenía de ser feliz cuando vivía allí, podría puntualizar que en el fondo no lo era tanto, podría concluir diciendo que me bastaba con ser menos infeliz que en cualquier otro lugar. Daría lo mismo, la memoria no deja de ser una elaboración literaria, en el fondo bastante convencional y recurrente. Pero hoy tengo la extraña sensación de que Salamanca me duele más de lo normal. Y creo que es sólo el miedo a perder otro fragmento de mí, de lo que fui y de lo que no puedo evitar ser. Porque nadie es capaz de olvidar la suma de muertes,/por las que transcurre la vida.