05 noviembre, 2009

Mitomanías

México es una gran país para la mitomanía: desde que convirtieron a Frida Kahlo en una marca registrada una puede dar rienda suelta a todo tipo de arrebatos místicos en ese país. Y comprarse un posavasos con la pinturas de Diego Rivero y Frida Kahlo reproducidas cual moderna serigrafía warholiana. Importa poco si es un mural socialista o una imagen de la Virgen de Guadalupe, madre de América y equivalente icónico a Mickey Mouse en versión mexicana. Y aquí a servidora, como a Emma Bovary, le interesan sólo los sentidos en función de las formas. En realidad, las infinitas reproducciones de la Virgen de Guadalupe también son muy warholianas. La serigrafía no la inventó una persona, sino un mercado.

Obvio está en que luego cada cual se genera su propia constelación bizarra en la que Lupita convive sin conflictos al lado de Frida o Emilia Pardo Bazán. Dentro de esa genealogía personal que tiendo a construirme hay una figura que los conocedores de mis tendencias e intereses burgueses no se creerían a la primera: León Davidovich Bronstein, más conocido por León Trotsky. Todos tenemos un pasado revolucionario. O en mi caso unos padres de confusas tendencias socialistas y antisoviéticas. Para los legos en la materia diré que León Trotsky fue un comandante del ejército rojo durante la Revolución Rusa de 1917, sucesor inicial de Lenin a quien sus críticas hacia el régimen estalinista le valieron el exilio y posterior asesinato en México a manos de un sicario soviético (y catalán por más señas). En mi casa de Trotsky siempre se habló como un abuelo lejano, como ese personaje que mantuvo las raíces del socialismo sin venderse a la burocracia de la URRSS. Lo dicho, justo a la izquierda de la Virgen de Guadalupe.
La cuestión es que, obviamente, yo no podía irme de México sin darme un paseo por la casa museo en la que vivió el ruso: el lugar tiene esa mezcla de ironía, tragedia y genealogía personal en la que me siento tan cómoda. En primer lugar, cuando yo fui estaba desierto: apenas atendido por un matrimonio que no sabía muy bien que hacía yo allí, fue agradable pasear sola por la casa y tomar las fotos que se me antojaron, después de llevar dos semanas paseando por museos en los que prohibían flashes y era sistemáticamente perseguida por vigilantes aburridos y paranoicos. Como estaba sola casi sin darme cuenta terminé silbando la internacional mientras pasaba la mano por los agujeros de bala que había en la pared, fruto del primer atentado que sufrió la familia. Comandado, por cierto, por el pintor mexicano Diego Alfaro Siqueiros, que aquí ocupa el panteón nacional al lado de Diego Rivera. Insisto en el matiz de tragedia irónica: en ese atentado se metieron varios hombres en la casa armados hasta los dientes y empezaron a disparar a todo lo que se movía. Trostky y su mujer sobrevivieron situándose en el único ángulo de la habitación, entre la cama y la pared, al que no llegaban las balas. Apenas unos meses después, a Trostky lo asesina de forma chapucera un tipo que se había ganado la confianza de la familia, clavándole un piolet en la cabeza mientras le mostraba unos manuscritos en su estudio. Con el relato histórico detrás, toda la casa toma un aire de absurdo extraño: la casa de los guardas, las puertas blindadas, la torre de vigilancia, las ventanas tapiadas... y las cenizas de Trostky en un mausoleo en el jardín. El edificio es un monumento al pesimismo, de un desencanto que luego pillaría desprevenida a la izquierda tras la caída del muro de Berlín. Como si todo la casa estuviera gritando un idealismo enterrado, literalmente, allí mismo.


Disfrutando de la ausencia de vigilancia, me senté en el jardín, sorprendentemente bien cuidado, y me fumé un cigarro mientras contemplaba las ruinas de una juventud que no era la mía. No pude evitar la tentación de saludar a León Davidovich Bronstein de parte de mis padres.


Imágenes
Fig. 1: la puerta de la casa museo
Fig. 2: El mausoleo en el jardín de la casa, debajo del cual están las cenizas de León Trotsky y su mujer
Fig. 3: las puertas blindadas de la habitación de León Trotsky y los agujeros de bala en la pared
Fig. 4: placa del mausoleo

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