20 octubre, 2009

El DF y la neurosis


Casi un año obsesionada con la histeria y las distintas enfermedades mentales que pueblan las intricadas mentes decimonónicas y yo sin darme cuenta que aquí al lado, en el mismo año 2009, tenía a unas cuantas horas de avión la ciudad más neurótica del mundo. Según la RAE, la neurosis es una enfermedad nerviosa caracterizada por la inestabilidad emocional. Multipliquen esto por diez y ahí les queda un retrato perfecto del DF. Mi estudio clínico, realizado exhaustivamente a lo largo de los cinco días que llevo aquí, revela unos síntomas inequívocos.
En primer lugar, conviene destacar la falta de neurosis de los defeños. Este hecho, que en principio conduciría a pensar en una hipótesis contraria a la que planteo, resulta especialmente chocante cuando veinte millones de habitantes se mueven con una calma proporcionalmente inversa a la cantidad de gente en la que se hallan inmersa. Caso práctico: domingo en el metro. Una inocente europea mexicanizada y una mexicana europeizada andan por sus pasillos con sensación de desconcierto. Algo falla y no sabemos el qué. De repente, iluminación: nosotras andamos al ritmo del metro barcelonés (que huele igual de mal que éste, por cierto), el resto caminan como si pasearan por los Campos Elíseos. Resultado: inicio del proceso de extrañamiento.
El segundo síntoma tiene relación directa con los tópicos que circulan sobre la inseguridad ciudadana. El extranjero recibe instrucciones básicas al llegar a la ciudad: guardar el dinero en los bolsillos, no bajar las ventanillas del coche, agarrar bien el bolso. Nada que no sirva también para el Raval de Barcelona a según qué horas. No obstante, como el extranjero llega con complejo de turista unido al complejo de culpabilidad española por la conquista de América, termina acentuando demasiado ciertas obsesiones que de no controlar, preferentemente con alcohol, pueden derivar en paranoia europea alucinatoria.
El tercer síntoma hace referencia a una climatología incomprensible incluso para los propios habitantes del DF. De nuevo remito a la falta de neurosis de los mismos: los naturales del lugar han optado por no intententar descifrar el clima y se limitan a soportarlo. El europeo, con los restos de su lógica de la razón heredadas de la Revolución Francesa, cree ingenuamente poder comprenderlo. El resultado es pasar un frío de muerte o un calor horrible o terminar cargando varias chaquetas "por si acaso". Todo eso en un mismo eje espacio-tiempo. A esta impredicibilidad se le suma la contaminación propia del lugar: no son nubes, es polución. Resultado: principio serio de histeria.
Cuarto síntoma (que no último). Éste es especialmente definitivo: la ciudad de DF literalmente se está hundiendo sobre el suelo fangoso que antes ocupaban los lagos de Tenochtitlán. Por decirlo de forma coloquial, se trata de una ciudad que se está yendo al carajo desde hace años. Eso altera las nociones básicas de perspectiva y ángulos rectos en algunas zonas. El visitante se da cuenta de que, de repente, la calle está torcida y los edificios también. El concepto de línea recta deviene una noción imaginaria y es necesario desarrollar otro sentido del espacio. Resultado: neurosis definitiva.
Y como a estas alturas ya no es cuestión avergonzarse de los delirios mentales de cada cual, hagamos gala de nuestras histerias recién adquiridas convirtiéndolas en himno de la mano de Liliana Felipe.


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