02 agosto, 2009

El paraíso de las damas

Los tales salones eran angostas celdas, que cerraban unas lunas esmeriladas, y a las que los hombres no podían pasar, ni siquiera los maridos, por un prurito de decencia de la dirección. Las dependientes entraban y salían con prisas, y, en cada ocasión, dejaban intuir, en el rápido vaivén de la puerta, visiones de mujeres en camisa y enaguas, con el cuello y los brazos al aire, unas gruesas, de carnes blancas, otras flacas, con piel de marfil antiguo. Una hilera de hombres, acomodados en sillas, esperaban con cara de aburrimiento. [...] Toda la ropa íntima de mujer, esas prendas interiores blancas que quedan ocultas a la vista, se mostraba a sus anchas en una serie de estancias consecutivas, repartidas por categorías en varios departamentos. Los corsés y los polisones estaban en un mostrador: corsés con costuras, corsés de talle bajo, corsés con refuerzo, y, sobre todo, corsés de seda blanca, con cuchillos de color, que se exponían aquel día de forma especial, un ejército de maniquíes sin piernas ni cabeza, una hilera de torsos, de pechos de muñeca que, aplastados bajo la seda, brindaban una mutilación turbadoramente lúbrica; y, junto a ellos, en otros soportes, los polisones de lustrina y crin añadían a aquellos palos de escoba unas posaderas enormes y turgentes que, vistas de perfil, eran de una caricaturesca falta de recato. Comenzaba luego una pícara siembra de prendas por las anchas galerías, como si un grupo de lindas jóvenes se hubiese ido desvistiendo, de departamento en departamento, hasta desnudar por completo el raso de la piel.

Emile Zola, Au bonheur des dames [1883]. Traducción al español de María Teresa Gallego y Amaya García. Barcelona: DEBOLS!LLO, 2009

Me he visto obligada, a riesgo de perecer bajo un ataque de histeria si no lo hacía, a colgar este fragmento de la novela de Zola, que me plantea ciertas reflexiones. La primera es que el naturalismo no es ni de lejos como me lo habían vendido, y que todo eso de la novela experimental y de retratar la realidad no funciona nunca, menos cuando la voz narrativa se pone caliente describiendo el departamento de lencería de unos grandes almacenes. Eso me lleva a pensar que, efectivamente, mi guía espiritual tiene toda la razón del universo (casi siempre la tiene) cuando dice que las definiciones habituales del naturalismo son una de las mayores manipulaciones que ha llevado a cabo la historia de la literatura. En segundo lugar, el texto demuestra que un cuerpo sin artificialidad no es un cuerpo, es un filete. El erotismo termina centrado en la prótesis, confirmando mi teoría de que en el siglo XIX eran todos una panda de fetichistas depravados. Finalmente, sólo debo añadir que esto es una de las grandes explicaciones sobre por qué últimamente tengo tantas ganas de revolcarme entre montañas de seda y comprarme corsés compulsivamente. Aviso para navegantes: las estupideces que venden en tiendas de ropa interior y sex shops anodinos no son corsés: no ahogan, no aprietan, no provocan abortos y no generan un cuerpo decimonónico como dios manda. Hasta la Wikipedia lo dice. Por ello, no permitiré que se cometa tamaña ignominia contra prenda tan sutil. Quedan avisados.

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