22 abril, 2009

Sant Jordi, primer intento

Sí, ya sé que Sant Jordi es mañana. Pero en Sant Jordi nunca compro libros, a pesar de un tentador 10% de descuento. No me gustan las colas, ni las aglomeraciones, ni los libros de Ruiz Zafón. Pero sí me gusta Sant Jordi. Para un filólogo el día del libro viene a ser como la semana santa para un católico sevillano. Una excusa para no trabajar, salir a la calle, gastar dinero y terminar en un bar. Y tengo la manía de regalar libros. Para qué negarlo, saber de literatura implica tener idea de qué regalarle a quién. Cosa que a veces no ocurre al contrario, especialmente a la hora de regalarme libros que ya tengo. No obstante, nunca se ha dado la desgracia de que alguien me regale El Código da Vinci. Desgracia, sobre todo, para el inocente que osara tal empresa, que iba a terminar comiéndose todas las rosas de las Ramblas, una a una y con espinas.
Ante esta perspectiva, he sacrificado lo que podría haber sido una hermosa mañana decimonónica y me he ido de compras a la única librería que tenemos en Terrassa. El hecho de que en una ciudad de 200.000 habitantes haya una sola librería que pueda llamarse como tal dice mucho del lugar en el que vivo. Y aún así, se trata de una de las librerías más patéticas e ineficaces que he visto nunca, poblada de niñatos que no diferenciarían El Quijote de un manual de autoayuda sobre como convertirse en una mujer multiorgásmica. No obstante, debo reconocer que disfruto, por ejemplo, pidiendo por las poesías de Jaime Gil de Biedma y viendo como las buscan en el estante de narrativa. Como no me van a hacer ningún descuento por decirles que Las personas del verbo no es una novela, dejo que sufran y se desesperen mientras la cola augmenta peligrosamente. Ya, como placer perverso es bastante cutre, pero es MI placer perverso. Y estar en el paro es muy duro.
Después de mi sesión de subida de autoestima en la que me he demostrado que sé más de literatura que los libreros de mi pueblo, ha venido la parte de la locura crematística. Tengo un problema: por cada libro que le compro a alguien, encuentro diez que me gustan a mí. El problema es que nadie adivina nunca qué libros realmente me apetece leer o necesito -aunque siempre termine recibiendo regalos interesantes- así que al final termino comprándomelos yo. Hoy me he emocionado ante el estante de Foucault. No ha sido tanto por libros como por la mera existencia del estante. Este máster me arrastrará a la locura, lo veo.
Mañana, segunda parte: ya que estaremos en Sant Jordi, el mejor poema que se ha escrito nunca sobre una rosa. Lo sé, como técnica para crear suspense no vale mucho.

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