12 abril, 2009

La Semana Santa ya no es lo que era... (II)

Releo una y otra vez el post anterior. Seguramente, la descripción de la procesión más erótica de la literatura española. También comprendo que a alguien el fragmento le haya parecido un horror. A mí tambien me parecieron horribles las 1.200 páginas de La Regenta la primera vez que la leí, redimidas al año seguiente por Nuestra Señora de la UAB (acá, Montse Amores) y sus dramatizaciones maravillosas. Imaginaos a servidora y a Rosalía de Bringas extasiadas en clase, con un brillo extraño en la mirada, oyendo leer el fragmento en que Ana Ozores se siente como el puro mojado y consumido de su marido, transmutadas en las damas decimonónicas de provincias que siempre hemos sido. Qué momento.
De ese fragmento de la procesión hay dos aspectos que me encantan. Por un lado, el deseo lésbico de Obdulia, al que, por cierto, aprovecho para sumarme: me pone Ana Ozores. He dicho. Lo interesante del texto es que ni Ana ni la procesión han llegado todavía. Es Obdulia imaginándosela, recorriendo todo su cuerpo, pensando en lo inútil de su carne comparado al erotismo que desprende Ana. Eso es lo que yo llamo un cuerpo espectacularizado. Poco importa que Ana vaya con una túnica de nazareno. Los pies de Ana son el cuerpo de Ana, son Ana, generando significaciones, una detrás de otra, sin que ella pueda hacer nada para remediarlo. Y un apunte importante: en el siglo XIX se leían los pecados en el cuerpo de los penitentes. Los pies desnudos de Ana son de un penitente que ha pecado contra el sexto. Purga tus pecados, y acabarás excitando a toda una ciudad.
Por otro lado, hay algo que siempre he encontrado muy irónico respecto a esta novela. Una de las intenciones de Clarín al escribirla era precisamente criticar como la religión se había convertido en una serie de actos rituales y rutinarios totalmente alejados de la espiritualidad. Es decir, casi toda Vetusta está presa de obsesiones sexuales reprimidas por una doble moral y una religiosidad que se ha olvidado de Dios. No obstante -y esto lo hace contínuamente en la novela- al querer criticar la falta de espiritualidad de Vetusta, terminó escribiendo uno de los pasajes más eróticos de la literatura española. Y tiene gracia, porque en el fondo Clarín era bastante meapilas. Meapilas espiritual, no de iglesia. Un tipo con el que una no se iría de cañas, al fin y al cabo. Otra vez, una brillante demostración de que no se debe hacer mucho caso a eso que llaman "las intenciones del autor".

(Foto: Aitor Pérez. Yo misma, ocultándome con una reproducción de la primera edición de La Regenta, en el Café La Regenta en Salamanca)

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