05 abril, 2009

Domingo primaveral...

...ideal para sentarse en el escritorio a leer cualquier teoría -preferentemente en inglés, para facilitar las cosas- sobre aspectos de hace 150 años. La inspiración divina ahora se llama lectura de bibliografía. Y mis queridas decimonónicas todavía me siguen planteando muchas dudas, cosa que en el fondo, es una ventaja, porque podré dedicar mi trabajo de investigación a redactar todos mis delirios mentales sobre el cuerpo de las señoras burguesas.
No obstante, reconozco que de vez en cuando también me doy una vuelta por el siglo XXI. Especialmente por los bares del siglo XXI. Aspirante a recibir la nacionalidad mexicana honorífica, he descubierto que los extraños habitantes de la tierra del Chavo del 8 poseen un estómago genéticamente distinto que les permite tragar sin límite cuantos litros de cerveza se les pongan por delante, combinar patatas bravas y mojitos o chupar la botella de tequila cual seno materno. Chicos de ciencias, que sé que los temas de tesis doctoral están mal en todos sitios, ahí tenéis un campo por explorar. No, no hace falta que me deis las gracias.
Mientras tanto, y felizmente acompañada por la expedición multicultural máster and comander, me dedico a reconquistar mi espacio natural en la ciudad condal: las mesas de los bares. Especialmente las mesas de los bares de cañas a un euro. No, no pienso decir dónde está ese edén. Por desgracia, el final de curso planea amenazador e impone sus rutinas: abandonar el derroche y el exceso aristocrático y adoptar las prácticas burguesas de ahorro y trabajo. Al menos durante más de 48 horas. Ahí quedan cuatro fotos de mi juventud perdida...

Aquí, nuestro ángel guardián dándose cuenta de que le ha tocado la generación de alumnos más alcohólica de las historia. Afortunadamente, esa mesa es sólo una mínima parte de lo que fue el cuerpo del delito aquella noche. (Foto: Pedro Sánchez)


Los dados que terminaron con nuestro hígado hace un par de días. Antes comentaba sobre los mexicanos. Tampoco os fiéis de los vascos. Saben juegos extraños y siempre logran ponerlos en práctica. Instauraron el imperio del Señor del Tres, con interesantes resultados. (Foto: Verónica Elizondo)


El origen. El Big Bang. El génesis. Ahí empezó todo, con la excusa inocente de ir a ver a un compañero brasileño que, por no romper tópicos, toca samba. Y ahí siguen, cada miércoles en el Can Can, para el que quiera ir a verlos. (Foto: Verónica Elizondo)

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