14 octubre, 2008

"Dulce y sabrosa" o porque un señor del XIX es más moderno que "Sexo en Nueva York"

La actualización que últimamente estoy haciendo de este blog deja mucho que desear. La cantidad de tiempo libre que tengo también. El inicio del Máster en Literatura Comparada, la maldita Real Academia (mal rayo os parta), el congreso de Galdós y, ya de paso, unas cuantas lecturas que me van regalando aquí y allá. Como era de esperar, ando a vueltas con mis señoras burguesas y sus cuerpos hiperconstruidos a base de corsés, polisones y demás aparatos de tortura decimonónica. Ya aviso, sin embargo, para futuras entradas: el concepto de "tortura" es muy discutible.
Quería hablar, sin embargo, de la última novela que me he leído. Publicado en 1891 por un señor llamado Jacinto Octavio Picón, tiene un título que espantaría al lector contemporáneo más aguerrido: Dulce y sabrosa. Se trata de una novela que, en los últimos ciento cincuenta años, debe haber sido leída por cinco personas como máximo: el autor, su madre, el editor, la profesora que me lo recomendó y yo. Y, sin embargo, el señor Picón (uno de esos autores tipo Galdós, con los que sus lectores desearían poder irse de cañas) habla, en plena época de la Restauración, de una idea del amor y de un personaje femenino que, salvando las distancias, supera con creces a la petarda de Bridget Jones o los putones postvictorianos de Sexo en en Nueva York. Me explicaré. ¿A qué se dedica, fundamentalmente, Bridget Jones? Al igual que sus homólogas neoyorquinas, básicamente, a lamentarse de su situación de soltería. Ergo, a afirmar que una mujer no debe/puede estar sola y, en consecuencia, a buscar "la media naranja". Ergo, la figura masculina protectora sin la cual la mujer no puede concebir su existencia (ni, de paso, su propia identidad). No recuerdo como acaba Bridget Jones (no tengo tanto estómago para leerme dos novelas), pero sí me tragué la película y la serie de Sexo en Nueva York (no voy a justificarme por ello, otro día me dedicaré a reflexionar sobre cómo los individuos nos medimos con la tradición). Es fácil imaginar que de las cuatro tipas que protagonizan la serie, tres acaban casadas. Y la única que se queda soltera no lo hace por rebeldía, sino por idiosincrasia del propio personaje que encarna ¡alabado sea el tópico! al putón irredento. Es decir, el modelo de mujer que nos presenta el discurso actual es el de una treinteañera soltera, con independencia económica, habitante de una gran ciudad, sabedora de sus posibilidades y que... ¡tiene las mismas preocupaciones que una dama victoriana! Preocupaciones consistentes, básicamente, en "pescar" un buen marido.
En anacrónico contraste, Picón crea el personaje de Cristeta. No nos engañemos: la novela de Picón roza un idealismo rayano en la cursilería. Y sin embargo, Cristeta escapa a ciertos modelos. En primer lugar, vive de su propio trabajo como actriz de teatro. Y, a lo largo de toda la novela, prácticamente no se la ve nunca en casa. Se trata de un personaje femenino que, de un modo u otro, conquista el espacio público. Que nadie interprete a Picón como nada parecido a lo que podría llamarse feminismo. Cristeta es una ficción idealista. Todas sus compañeras del teatro son, como mínimo, prostitutas. Y sin embargo, el personaje aporta mucho a la tradición de la mujer seducida y abandonada. El lector perspicaz habrá imaginado que la virtud de Cristeta se pierde con la misma facilidad con la que su seductor le desabrocha el corsé. Y es aquí donde Picón introduce una idea nueva e interesante. Cristeta puede perder la castidad, pero no la virtud. Y a partir de ese momento, la protagonista deja de ser un objeto pasivo, se sale del papel de mujer doliente para iniciar una serie de estrategias encaminadas a lograr el -llamémosle "amor eterno"- de su seductor/burlador que ¡sorpresa! se llama Don Juan. Evidentemente, como lectores apegados y acostumbrados a la tradición, llega la escena final en la que, finalmente Don Juan reniega de sí mismo, y cae arrodillado a los pies de aquella de la que en otro tiempo se burló ofreciendo la ¿anhelada? propuesta de matrimonio:

Entonces -nadie sabrá jamás si fue sincero arranque o astucia premeditada- volvió
a mirarla fijamente, y presentándole la mano derecha, preguntó con increíble valor:
-¿Quieres ser mi mujer?
Ella desasiéndose de sus brazos, aparto el cuerpo, se restañó con el pañuelo de lágrimas,
y revelando la energía de quien en todo y tiene, hace tiempo, adoptada una resolución,
contestó:
-¡Eso... jamás!

Aprende, Carrie Bradshaw... Y como a los escasos lectores de esta entrada les he jodido medio final, me reservo el explicar qué ocurre después. Al fin y al cabo, tampoco creo que después de esto nadie vaya a fundar el club de lectores de Picón.



05 octubre, 2008

El día después...


Pues ya lo dijo dios: no sólo de pan vive el hombre...