07 agosto, 2008

Veraneo en la ciudad

Deslizábanse después de este día, con lentitud tediosa, los del mes de agosto, el mes en que Madrid no es Madrid, sino una sartén solitaria.
(Galdós, La de Bringas)

Nueve de la mañana. En un atentando contra mi biorritmo nocturno, llevo despierta dos horas. Lo que se hace por dinero. El día se perfila de un gris plomizo tras el cristal, y esta vez no se trata de una metáfora. Parece que la climatología se ha puesto de mi parte y se prepara una de esas tormentas de verano que inundan pueblos sobreconstruidos por la avaricia del ladrillo. Construir en sobre torrentes naturales tiene sus problemas, ciertamente. Me consuela pensar que los señores del cemento están cayendo como moscas. Creo que a toda España le consuela. Estupendo un artículo de Almudena Grandes al respecto, en un dominical de El País de hace unas semanas que no he logrado encontrar en la hemeroteca digital.
Bostezo. Miro por la ventana. Atiendo al telefóno. Procuro no mirar el reloj y calcular las horas que me quedan, pero es inevitable. Repaso mentalmente el trabajo que tengo que hacer en casa, del cual acabo siempre haciendo sólo la mitad. No puede decirse que me esté aburriendo este verano. Hay que preparar lo de Galdós -estupenda La de Bringas y, de momento, muy interesante la bibliografía que nos recomendó Montse- y tengo que hacer los "deberes" que me mandó Meri, la coordinadora del Máster que haré el año que viene. Deberes que, al igual que lo de Galdós, se hacen con mucho gusto. Y por si decidiera que me sobran horas de sueño, prefiero no pensar en el número de palabras que me quedan del maldito CORPES, un proyecto de la Real Academia para el que, vía convenio con la Autónoma, trabajo desde mi casa. Otro día me dedico a contar en que consiste.
Media hora para irme a desayunar. Mierda. Ha salido el sol.

No hay comentarios: