02 febrero, 2008

Ironía carnavalesca

Ironía. Eso es lo que necesito para tomarme con humor el maldito Carnaval. Que nadie se confunda, a mí el Carnaval me gusta, con todos esos hombres disfrazados de mujeres dando rienda suelta a su ambigüedad sexual (siempre me pregunto por qué al revés no es tan común), esos niños a los que su madre les ha enchufado el pijama de Spiderman para ahorrarse un disfraz, el bebé dormido en un carro y que no sabe que ese vestido estúpido que le han puesto se convertirá en su primer trauma, los friquis emulando personajes que nadie conoce, convirtiéndose en una copia cutre y casposa de los mismos (tú no, tú estás genial), las adolescentes vestidas de caperucita, enfermera, colegiala o "pon aquí tu disfraz", con un toque de putón prepúber (cuánto daño hiciste, Nabokov), un amigo mío que un año se envolvió en film transparente y se autodenominó "lomo embuchado"...
En fin, hay para todos los gustos. El Carnaval, sin embargo, dejó de tener sentido hace unos años cuando empezó a coincidirme con el apogeo de la época de exámenes. Así que hoy voy disfrazada de estudiante de literatura española del siglo XIX que se alegra de que esa panda de pesados denominada genéricamente como "autores decimonónicos" estén hoy bien muertos (¡Herejía filológica! ¡A la hoguera con ella! - clama mi consciencia). Pero es que es muy duro mezclar a Galdós con la música hortera de la rúa que pasa dos veces al lado de mi ventana. A pesar de tenerlas cerradas y del doble cristal que hay en toda la casa, una de esas cosas que sólo a una madre se le ocurre instalar y que hay que agradecerles toda la vida en vez de la tontería esa del haberte parido.

2 comentarios:

Tempus dijo...

K bueno, mira k es difícil encontrar un blog interesante...aunque parece que de vez en cuando tropiezo con una perla.

Alba dijo...

¡Gracias! ¡Me alegro de que te guste!