27 noviembre, 2007

La ciutat

Plena de carrers per on he tombat
per no passar els indrets que em coneixien.
Plena de veus que m'han cridat pel nom.
Plena de cambres on he cobrat records.
Plena de finestres des d'on he vist créixer
les piles de sols i de pluges que se m'han fet anys.
Plena de dones que he seguit amb la vista.
Plena de nens que només sabran
coses que jo sé, i que no vull dir-los.

(Gabriel Ferraté)

(Foto: vista aérea de Terrassa)

22 noviembre, 2007

Que baje un pedagogo y lo vea


Dedicado a los compañeros de fatigas del CAP.

Que el mundo de la educación está mal es un tópico repetido, manido y para el cual todo el mundo tiene una solución. A pesar de ello, el mundo de la educación sigue estando mal. Sin ánimo de hacer perversas asocionaciones, siguiendo la línea de hipótesis aleatorias y divertidas de los simpáticos seguidores del Espagueti Volador, me atreveré a decir que, sospechosamente, el mundo de la educación a ido a peor a medida que aumentaba el número de expertos en didáctica, pedagogos, y apóstoles varios de las ciencias de la educación. Sí, señores. Ésos que redactaron la LOGSE. Los que han redactado la LOE. Exactamente los mismos que han prohibido poner ceros en las notas de los adolescentes para que no se traumaticen, haciendo verdad la leyenda de que poner el nombre en un examen te da un punto. Curiosamente, también son aquellos que llevan años sin pisar las aulas, en sus maravillosos despachos universitarios, con sus grandes libros, sus sesudas investigaciones y una batería de soluciones que salvarán a los adolescentes patrios de cualquier fracaso escolar. Todavía estoy esperando a que alguien me explique porque un señor que ha estudiado una carrera que se llama Pedagogía y que no ha dado en su vida una clase de lengua, historia o matemáticas tiene autoridad para establecer como hay que dar una clase de lengua, historia y matemáticas. "¡El aula es un espacio de vida! ¡Hay que motivar a los alumnos!" - claman a coro mientras yo me pregunto cuáles deben ser las drogas que les motivan a ellos para entregar su vida a tan noble causa.
Y, a pesar de ellos, ahí está el mundo de la educación...

19 noviembre, 2007

Cómo me deshice de quinientos libros (Augusto Monterroso)

"Poeta: no regales tu libro; destrúyelo tú mismo." (Eduardo Torres)


Hace varios años leí un ensayo de no recuerdo qué autor inglés en el que éste contaba las dificultades que se le presentaron para deshacerse de un paquete de libros que por ningún motivo quería conservar en su biblioteca. Ahora bien, en el curso de mi existencia he podido observar que entre los intelectuales es corriente oír la queja de que los libros terminan por sacarlos de sus casas. Algunos hasta justifican el tamaño de sus mansiones señoriales con la excusa de que los libros ya no los dejaban dar un paso en sus antiguos departamentos.

Yo no he estado, y probablemente no lo estaré jamás, en este último extremo; pero nunca hubiera podido imaginar que algún día me encontraría en el del ensayista inglés, y que tendría que luchar por desprenderme de quinientos volúmenes.

Trataré de contar mi experiencia. De pasada diré que es probable que esta historia irrite a muchos. No importa. La verdad es que en determinado momento de su vida, o uno conoce demasiada gente (escritores), o a uno lo conoce demasiada gente (escritores), o uno se da cuenta de que le ha tocado vivir en una época en que se editan demasiados libros. Llega el momento en que tus amigos escritores te regalan tantos libros (aparte de los que generosamente te pasan para leer aún inéditos) que necesitarías dedicar todos los días del año para enterarte de sus interpretaciones del mundo y de la vida. Como si esto fuera poco, el hecho es que desde hace veinte años mi afición por la lectura se vino contaminando con el hábito de comprar libros, hábito que en muchos casos termina por confundirse tristemente con la primera.

Por ese tiempo, di en la torpeza de visitar las librerías de viejo. En la primera página de Moby Dick Ismael observa que cuando Caton se hastió de vivir se suicidó arrojándose sobre su espada, y que cuando a él le sucedía hastiarse, sencillamente tomaba un barco. Yo, en cambio, durante años tomé el camino de las librerías de viejo. Cuando uno empieza a sentir la atracción de esos establecimientos llenos de polvo y penuria espiritual, el placer que proporcionan los libros ha empezado a degenerar en la manía de comprarlos, y ésta a su vez en la vanidad de adquirir algunos raros para asombrar a los amigos o a los simples conocidos.

¿Cómo tiene lugar este proceso? Un día uno está tranquilo leyendo en su casa cuando llega un amigo y le dice: "¡Cuántos libros tienes!". Eso le suena a uno como si el amigo le dijera: "¡Qué inteligente eres!", y el mal está hecho. Lo demás, ya se sabe. Se pone uno a contar los libros por cientos, luego por miles, y a sentirse cada vez más inteligente. Como a medida que pasan los años (a menos que se sea un verdadero infeliz idealista) uno cuenta con más posibilidades económicas, uno ha recorrido más librerías y, naturalmente, uno se ha convertido en escritor, uno posee tal cantidad de libros que ya no sólo eres inteligente: en el fondo eres un genio. Así es la vanidad esta de poseer muchos libros.

En tal situación, el otro día me armé de valor y decidí quedarme únicamente con aquellos libros que de veras me interesan, hubiera leído o fuera realmente a leer. Mientras consume su cuota de vida, ¿cuántas verdades elude el ser humano? Entre éstas, ¿no es la de su cobardía una de las más constantes? ¿A cuántos sofismas acudes diariamente para ocultarte que eres un cobarde? Yo soy un cobarde. De los varios miles de libros que poseo por inercia, apenas me atreví a eliminar unos quinientos, y eso con dolor, no por lo que representaran espiritualmente para mí, sino por el coeficiente de menor prestigio que los diez metros menos de estanterías llenas irían a significar.

Día y noche mis ojos recorrieron una y otra vez (como decían los clásicos) las vastas hileras, discriminando hasta el cansancio (como decimos los modernos). ¡Qué increíble cantidad de poesía, qué cantidad de novelas, cuántas soluciones sociológicas para los males del mundo! Se supone que la poesía se escribe para enriquecer el espíritu; que las novelas han sido concebidas, cuando menos, para la distracción; y aun, con optimismo, que las soluciones sociológicas se encaminan a solucionar algo.

Viéndolo con calma, me di cuenta de que en su mayor parte la primera, o sea la poesía, era capaz de empobrecer el espíritu más rico, las segundas de aburrir al más alegre y las terceras de embrollar al más lúcido. Y no obstante, qué consideraciones hice para descartar cualquier volumen, por insignificante que pareciera. Si un cura y un barbero me hubieran ayudado sin yo saberlo, ¿habrían dejado en mis estantes más de cien? Cuando en 1955 visité a Pablo Neruda en su casa de Santiago me sorprendió ver que escasamente poseía treinta o cuarenta libros, entre novelas policiales y traducciones de sus propias obras a diversos idiomas. Acababa de donar a la universidad una cantidad enorme de verdaderos tesoros bibliográficos. El poeta se dio ese gusto en vida; único estado, viéndolo bien, en que uno se lo puede dar.

No haré aquí el censo de los libros de que estaba dispuesto a desprenderme; pero entre ellos había de todo, más o menos así: política (en el mal sentido de la palabra, toda vez que no tiene otro), unos 50; sociología y economía, alrededor de 49; geografía general e historia general, 3; geografía e historia patrias, 48; literatura mundial, 14; literatura hispanoamericana, 86; estudios norteamericanos sobre literatura latinoamericana, 37; astronomía, 1; teorías del ritmo (para que la señora no se embarace), 6; métodos para descubrir manantiales, 1; biografías de cantantes de ópera, 1; géneros indefinidos (tipo Yo escogí la libertad), 14; erotismo, ½ (conservé las ilustraciones del único que tenía); métodos para adelgazar, 1; métodos para dejar de beber, 19; psicología y psicoanálisis, 27; gramáticas, 5; métodos para hablar inglés en diez días, 1; métodos para hablar francés en diez días, 1; métodos para hablar italiano en diez días, 1; estudios sobre cine, 8; etcétera.

Pero esto constituía nada más el principio. Pronto descubrí que eran pocas las personas que querían aceptar la mayor parte de los libros que yo había comprado cuidadosamente a través de los años perdiendo tiempo y dinero. Si bien esto me reconcilió algo con el género humano al descubrir que el mero afán de acumular no era una aberración tan generalizada, me causó las molestias consiguientes, por cuanto una vez decidido a ello, deshacerme de esos libros se convirtió en una necesidad espiritual apremiante. Un incendio como el de la Biblioteca de Alejandría, al que están dedicados estos recuerdos, es el camino más llano, pero resulta ridículo y hasta mal visto quemar quinientos libros en el patio de la casa (suponiendo que la casa tuviera). Y se acepta que la Inquisición quemara gente, pero la mayoría se indigna de que quemara libros. Ciertas personas aficionadas a estas cosas me sugirieron donar todos esos volúmenes a tales o cuales bibliotecas públicas; pero una solución tan fácil le restaba espíritu aventurero al asunto y la idea me aburría un poco, además de que estaba convencido de que en las bibliotecas públicas serían tan inútiles como en mi casa o en cualquier otro sitio.

Tirarlos uno por uno a la basura no era digno de mí, de los libros, ni del basurero. La única solución eran mis amigos. Pero mis amigos políticos o sociólogos poseían ya los libros correspondientes a sus especialidades, o eran enemigos de ellos en gran cantidad de casos; los poetas no querían contaminarse con nada de contemporáneos suyos a quienes conocieran personalmente; y el libro sobre erotismo era una carga para cualquiera, aun despojado de sus ilustraciones francesas.

Sin embargo, no quiero hacer de estos recuerdos una historia de falsas aventuras supuestamente divertidas. Lo cierto es que de alguna manera he ido encontrando espíritus afines al mío que han aceptado llevarse a sus casas esos fetiches, a ocupar un lugar que restará espacio y oxígeno a los niños, pero que darán a los padres la sensación de ser los depositarios de un saber que en todo caso no es sino el repetido testimonio de la ignorancia o la ingenuidad humanas.

Mi optimismo me llevó a suponer que, al terminar estas líneas, comenzadas hace quince días, en alguna forma justificaría cabalmente su título; si el número de quinientos que aparece en él es sustituido por el de veinte (que empieza a acortarse debido a una que otra devolución por correo), ese título estará más apegado a la realidad.


Augusto Monterroso, Cuentos Completos, Madrid, Alianza, 1986.



09 noviembre, 2007

"Y entonces entró con una bazoca y los mató a todos." ¿Veis? ¡Eso es fantasear!

Descubro, para mí desesperación egocéntrica, que me he constituido como el único bastión de inmoralidad que queda en este mundo. Estupenda frase que he leído en un fotologuero amigo de una amiga de dudosa estabilidad mental. El fotologuero, no mi amiga. Bueno... quizá ambos.
Descubro, y esta vez no plagio a nadie, que los adolecentes españoles, colistas en todas las listas de todos los informes sobre todos los desastres de la educación en Occidente, han inventado una nueva semiótica. No lo digo yo, me lo han contado hoy en clase. Por lo visto el hecho de que los chavales compongan textos a base de cortar y pegar otros textos de Internet remueve los cimientos culturales más básicos, mata al autor definitivamente y cambia totalmente el concepto de texto y de creación, haciendo realidad el desasosiego postmoderno. Genial, Foucault y Barthes estarán haciendose pajas en el más allá. - ¡Manifiéstate Roland! - ha dicho hoy una profesora al ver que una bombilla parpadeaba. ¡Deja de manifestarte, Boris Izaguirre! grito yo al ver que la televisión emite unos sonidos extraños. Lo que quizá no saben esos apóstoles de la semiótica es que lo de fusilar textos en los trabajos y omitir al autor es algo que se hacía ya antes de Internet. Se llamaban enciclopedias. Un día aparecía por casa un señor que acusaba a unos padres inocentes y aterrorizados de no velar por el futuro de sus retoños. Siempre llevaba corbata y su especialidad era augurar tremendos fracasos escolares. Al día siguiente había una estantería nueva con una enciclopedia. Y cuando los encantadores retoños debían hacer un trabajo sobre cualquier personaje ilustre, abrían la enciclopedia y copiaban como los pequeños cabrones que eran. Éramos. Es probable que lo sigamos siendo. Y con eso ningún apóstol de la semiótica hacía tesis doctorales.