27 diciembre, 2007

Feliz supervivencia a la Navidad

Vuelvo a escribir en el blog desde donde nació: la pecera en la que me pasé medio verano atendiendo al teléfono. Por lo visto lo atendía bastante bien porque aquí estoy otra vez, pasando unas no-vacaciones de Navidad.
Ya sé que lo de decir que la Navidad es un horror suena a tópico. Qué le voy a hacer, dejó de gustarme cuando descubrí a dos jubilados peleándose por un caramelo infecto debajo de las ruedas de una carroza en la cabalgata de Reyes. Hay cosas que marcan. Reconozco, sin embargo, que el día menos molesto de todos es, precisamente, el día de Navidad. La comida del día 25 en mi casa siempre suele ser bastante memorable. Igual que mi resaca. Lo que suele fastidiarme es ese ambiente prenavideño que empieza cada año antes (leí hace poco en el universo de la blogosfera que podrían poner las luces en agosto, y así cuando llegara diciembre todo el mundo estaría tan harto que nadie celebraría nada), aunque no sé por qué, ya que de todas formas el día 24 hay masas ingentes recorriendo Cortes Ingleses en busca del regalo estrella. Regalo que suele acabar subastado en Ebay antes de que se acaben los turrones.
Retomaré, sorprendentemente, los grandes momentos navideños. Recuerdo que cuando éramos pequeños mis padres convencieron a un primo suyo para que se disfrazase de Papá Noel y nos diera una sorpresa a mí y mis primos. Desgraciadamente, no contaron con que por aquel entonces (a veces también por este entonces) yo era una niña muy repelente. Y muy observadora también. Por lo visto toda la familia se quedó blanca cuando, indignada, afirmé que el auténtico Papá Noel no llevaba aquellos mocasinos tan cutres, sino unas botas de eso, de Papá Noel. Creo que en aquel momento la Nochebuena estuvo a punto de convertirse en un infanticidio.
En otra ocasión mi casa estuvo a punto de incendiarse por culpa de un belén. Mi padre, que de técnico electricista nunca dio el perfil, decidió iluminar el pesebre (curioso que en una casa de ateos recalcitrantes como nosotros montáramos belenes; ahora también los montamos, pero de otro tipo) con una bombilla de un montón de vatios. Y como quedaba todo tan bien, con su musgo y su cueva de madera, lo dejó encendido mientras nos sacaba a pasear a mi hermana y a mí. Al volver, yo sólo sé que del belén salía humo. Fue una lástima, porque podríamos haber iluminado el barrio entero si hubiéramos tardado más en regresar.
A pesar de estos grandes momentos y de los canelones de mi abuela, si pudiera compraría, sin duda alguna, un abono de conversión al islam que durase veinte días (sin fiesta del cordero, por favor).
Pues eso. Que felices fiestas. O no.

1 comentario:

Roedor Viajero dijo...

Vaya, llevo tanto tiempo deseando no tener que celebrar la navidad que ya casi había olvidado las anécdotas de tiempos mejores en los que solo importaba abrir los regalos para ponerse a jugar en seguida...