14 septiembre, 2007

Libros, libros y más libros

Brutalmente poseída por el síndrome de septiembre, aunque no me ha dado por coleccionar dedales ni casas de muñecas por entregas, me he lanzado a la ardua tarea de intentar volver a tener mis libros en la misma habitación en la que me duermo. La mudanza a Salamanca de hace un año provocó un mi casa un caos bibliográfico al que hasta hoy no me había enfrentado todavía. Cuando regresé llegamos a la conclusión familiar de que había que poner estanerías en mi nueva habitación porque, sencillamente, los libros no cabían en casa. Colocado el nuevo espacio, he tenido no sólo que trasladar los libros sino también que hacer limpieza de los que ya habían. Obras repetidas en distintas ediciones, libros de la adolescente que era no hace tantos años, enciclopedias a las que la Wikipedia ha relegado al olvido, manuales de autoayuda inútiles y autores que deberían avergonzarse de los árboles talados para publicar sus libros (esta vez seré políticamente correcta y no daré nombres). Después de un par de días agotadores apenas he logrado un poco más de espacio y una caja llena de libros infantiles con los que no sé qué hacer. Hasta hoy yo había sido una de esas personas que apreciaba el libro como un objeto simbólico al que se le debía respetar, venerar y quitar el polvo. Ahora empiezo a entender por qué Carvalho alimentaba la chimenea de su casa con libros o por qué tantos autores acaban reflexionando en algún momento de sus vidas sobre la posiblidad de quemar su biblioteca. Yo, desde luego, he visualizado ya una enorme hoguera en mi patio y he llegado a ver la columna de humo que subía piso arriba, acordándome de una frase de la estupenda película de Adolfo Aristarain, Lugares comunes, en el que un personaje se pregunta, ante un montón de cajas llenas de libros, cómo podían existir "tantas palabras para un mismo desconcierto".

1 comentario:

Anónimo dijo...

No quemes nada !
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