23 agosto, 2007

Si yo pudiera Granada, contigo me casaría...


Alhambra

Grata la voz del agua
a quien abrumaron negras arenas,
grato a la mano cóncava
el mármol circular de la columna,
gratos los finos laberintos del agua
entre los limoneros,
grata la música del zéjel,
grato el amor y grata la plegaria
dirigida a un Dios que está solo,
grato el jazmín.

Vano el alfanje
ante las largas lanzas de los muchos,
vano ser el mejor.
Grato sentir o presentir, rey doliente,
que tus dulzuras son adioses,
que te será negada la llave,
que la cruz del infiel borrará la luna,
que la tarde que miras es la última.

(Jorge Luís Borges, "Poemas del Alma")



Mientras el verano se deshace entre las tormentas y los madrugones, no puedo evitar acordarme de veranos anteriores de más éxito, y Granada se erige entre uno de los destinos que más añoro. Ha dado la casualidad, además, de que ayer regresó una amiga de allá, con una tetera violeta bajo el brazo para mí (gracias petita) y completamente enamorada de la ciudad. Viendo la cara que pone cada vez que se acuerda de la ciudad no puedo evitar acordarme de la primera vez que pisé Granada, viajando y durmiendo en una furgoneta en pleno agosto -algo poco recomendable - con perro incluido. El calor era asfixiante, debíamos llevar el perro a todos lados, no teníamos donde ducharnos y tuvimos que dormir en un descampado con las puertas abiertas para no morir deshidratados. Pero a pesar de todo me enamoré locamente de la ciudad. De la calle Elvira, de las teterías, del Albaicín, de la Alhambra (a la que no llegamos a entrar, pero el acceso libre a los jardines fue una bendición), de las tapas, de la gente y de sus calles. Y creo que todavía no había descubierto a Luis García Montero. El verano pasado volví, y aunque esta vez gozaba de un piso con aire acondicionado, la sensación fue exactamente la misma. Tengo un amigo que dice que hay que subir cada día al mirador de San Nicolás a ver la Alhambra al atardecer, porque cada día se ve de un color distinto. Sé que en algún momento de mi vida tendré el tiempo suficiente para comprobarlo. Esa ciudad y yo todavía tenemos un idilio pendiente.

Nota: el poema de Borges ha sido un descubrimiento que he hecho esta misma tarde mientras buscaba otra cosa relativa a la Alhambra. Resulta que el Borges poeta es bastante menos pedante y elitista que el cuentista. Ya me lo habían advertido, pero hasta hoy no la había comprobado. Y la foto la hice yo, con la boca abierta, en los palacios del Generalife.

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